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El Militante.— Con el Partido Popular en el gobierno eliminando derechos sociales fundamentales y devolviéndonos a las condiciones de los años 50 y 60 del siglo pasado, y con un PSOE haciendo una oposición prácticamente inexistente, ¿tiene algún interés, además del meramente histórico, analizar el papel jugado por las organizaciones socialistas en la revolución española de los años 30?

Carlos Ramírez.— La necesidad de conocer a fondo la historia y la experiencia de la lucha del movimiento obrero, tanto la del Estado español como la de la clase obrera internacionalmente, es fundamental para los que aspiramos a acabar con el capitalismo. Creo que ningún revolucionario debería dejar de estudiar la revolución española en todos sus aspectos; el caudal de enseñanzas es inagotable. Pero desde mi punto de vista, este aspecto no agota la cuestión, es simplemente su punto de partida.
La socialdemocracia española intentó poner en práctica la clásica teoría reformista de que “haciéndose con el poder del Estado”, desde esa posición, poco a poco, con paciencia, habilidad, sentido de la responsabilidad (sí, esos términos que hoy se nos presentan tan modernos, en 1930 ya llevaban varias décadas formando parte del lenguaje habitual de los partidos socialistas de la vieja Europa), etc., conseguirían colocar al país en la senda de la modernidad, el desarrollo y el bienestar social. Si en esos años esta teoría se derrumbó estrepitosamente en países mucho más desarrollados como Alemania o Francia, en el Estado español el fracaso de estos planteamientos se produjo mucho más rápidamente.
El endémico atraso del capitalismo español y la especialmente reaccionaria clase dominante española, en el contexto de la mayor crisis económica mundial conocida hasta ese momento, mostró lo irreal de esta perspectiva que fue contradicha inmediatamente por la práctica. El Gobierno de conjunción republicano-socialista fracasó de forma inapelable. De 1931 a 1933, las esperanzas de millones de obreros del campo y la ciudad y campesinos pobres fueron defraudadas. Ni una sola de las cuestiones centrales que condicionaban la vida de millones de personas vio mejoras decisivas y mucho menos fueron resueltas. Los salarios, aunque crecieron, seguían siendo muy bajos; la tierra seguía en manos de los grandes terratenientes y estos a su vez continuaban manteniendo en la miseria a los jornaleros y arrendatarios; los derechos democráticos, incluidos los de las nacionalidades históricas, seguían estando muy limitados, etc. Mientras ese gobierno era muy paciente y comprensivo con los capitalistas y los terratenientes, golpeaba duramente a los obreros y campesinos que luchaban por materializar las promesas de mejoras que significó el advenimiento de la República. La represión gubernamental se cebó contra decenas de miles de trabajadores que luchaban por conseguir de verdad una vida digna.
Este aspecto creo que debe de servir de lección para la realidad actual: el reformismo, en su acepción más “moderna”, fracasó hace muchas décadas y en numerosas ocasiones. Aunque parezca que durante años las tesis reformistas de un cambio gradual eran acertadas, y que esa fuera la base para una ofensiva sin cuartel contra las ideas del marxismo revolucionario, la crisis del capitalismo ha demostrado que no era así.
También me gustaría señalar otra cuestión que considero de especial interés tanto histórico como por las grandes lecciones que creo encierra de cara a los acontecimientos futuros que se están gestando en la lucha de clases. Me refiero a la profunda y aguda fractura que la revolución provocó en las organizaciones socialistas.
El empuje de las masas que vieron frustradas sus aspiraciones de una vida mejor, la ofensiva de la reacción a la que le parecían excesivas incluso las tímidas reformas realizadas por el gobierno de conjunción y la amenaza del triunfo del fascismo, acentuada por la subida de Hitler al poder en Alemania y el aplastamiento de la clase obrera austríaca, entre otros factores, tuvieron una honda repercusión en las organizaciones obreras destacando su efecto en las socialistas. En el PSOE, la UGT y las Juventudes Socialistas se produjo un auténtico terremoto que rompió a estas organizaciones de arriba abajo.
Dirigentes que hasta ayer eran protagonistas de la política reformista aplicada hasta ese momento, empezando por el propio Largo Caballero, giraron bruscamente a la izquierda incorporando a su vocabulario términos como dictadura del proletariado y revolución socialista, presentándolos como objetivos a alcanzar para solucionar los problemas de las masas. Otros dirigentes, como Julián Besteiro o Indalecio Prieto, por supuesto que se mantuvieron en sus tesis y lucharon para mantener al Partido, el Sindicato y las Juventudes en la senda del reformismo y la colaboración de clases. La lucha interna fue intensa y dura.
El discurso izquierdista atrajo la atención de millones de obreros, y decenas de miles se afiliaron a las organizaciones socialistas para fortalecer su ala izquierda frente al sector más derechista. En definitiva, estas organizaciones que parecían monolíticas y estaban ancladas en una práctica reformista, reflejaron en su seno de forma brusca y profunda la intensa ola revolucionaria que estaba recorriendo el Estado español. En el desarrollo de esta batalla interna estuvo una de las claves centrales del posterior desenlace de la revolución española.
EM.— ¿Hasta qué punto el cambio de discurso de este sector era sincero y no se trataba de una maniobra para seguir manteniendo su influencia en el movimiento?
CR.— Desde luego había (y volverán a surgir en el futuro) dirigentes cuya honestidad deja mucho que desear, que están dispuestos a decir casi cualquier cosa para seguir manteniendo su posición dentro del movimiento obrero, y probablemente también los hay, que desilusionados de la experiencia reformista y contagiados del ambiente revolucionario entre la clase obrera, buscan sinceramente en el marxismo revolucionario la guía para seguir desarrollando su actividad política.
Esta cuestión, aun siendo importante, no la considero la fundamental. El aspecto central, como ya he señalado, es que ese giro, ese nuevo lenguaje, respondía a la realidad revolucionaria del país y tuvo un efecto eléctrico entre sectores decisivos de la clase obrera. ¡Por fin hay dirigentes que en nuestras organizaciones plantean soluciones radicales, entremos en ellas para ayudarles a librarse de los derechistas de siempre! Esa era la idea que cautivó a millones de obreros y el ala de izquierdas que se formó dentro de las organizaciones socialistas fue el canal al que se dirigieron esos trabajadores para luchar por la revolución socialista.
El desarrollo concreto de ese proceso de diferenciación interna y su efecto entre los trabajadores, es una de las cuestiones tratadas con más detalle en el libro. Es necesario resaltar que esa afluencia de obreros a las organizaciones socialistas no se produjo de forma acrítica. Los obreros exigían que las palabras se convirtieran en hechos; la convulsión fue tan profunda que podemos concluir que los dirigentes socialdemócratas (izquierdistas o no) perdieron en gran medida el control sobre sus organizaciones, abriéndose un ancho camino a través del cual las ideas del auténtico socialismo, las del marxismo revolucionario hubieran podido penetrar en ellas hasta convertirse en una fuerza real.
El marxismo genuino podría haber conquistado a los obreros socialistas y, a través de ellos a las masas en general, y probablemente la revolución española hubiera tenido un resultado totalmente distinto. Este aspecto también es analizado en este trabajo. Dirigentes socialistas, sobre todo los de las muy radicalizadas Juventudes Socialistas (JJSS), con Santiago Carrillo a la cabeza hicieron numerosos llamamientos a la Izquierda Comunista Española (ICE), organización que tenía gran prestigio entre un sector de la vanguardia socialista y que formaba parte de la Oposición de Izquierdas Internacional dirigida por León Trotsky. Este grupo, aunque hacía análisis teóricos certeros respecto a la realidad política española del momento, y contaba con un programa más acorde para que la revolución triunfase, mantenía una actitud sectaria respecto a la izquierda socialista liderada por Largo Caballero. Finalmente, despreciando el proceso de diferenciación en el PSOE, UGT y JJSS, en la práctica se quedaron al margen de esta poderosa y numerosa corriente, contribuyendo en gran medida a que todo ese potencial revolucionario que emanaba de las filas de la corriente de izquierda del socialismo español, fuera aprovechada por el estalinismo para hacerse con una potente base de masas.
La radicalización socialista acabó en un gran aborto, pero pudo terminar de otra forma totalmente distinta, con el triunfo de la revolución socialista. En definitiva, y también es un mensaje para el momento actual, las organizaciones de masas sufren los flujos y reflujos de la lucha de clases, las presiones de la burguesía y las del movimiento obrero y la juventud cuando se radicalizan y traspasan los límites de la protesta para inicar la senda de la participación consciente en política. Por tanto, con este libro y con la colección “Revolución Socialista y Guerra Civil, 1931-1939” no pretendemos realizar un trabajo de carácter académico, sino abordar las lecciones de la lucha de clases del pasado de cara a las tareas que la crisis actual está planteando: acabar con el capitalismo para construir una sociedad más justa, una sociedad socialista.

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