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Prólogo de la autora a la presente edición

La publicación de una versión adaptada al castellano de mi libro sobre Mayo del 68 es un motivo de gran alegría. Ha pasado medio siglo desde que la huelga general revolucionaria en Francia estuviera a punto de cambiar el curso de la historia, y no es ninguna exageración afirmar que, si el deseo de transformación social de la clase obrera y la juventud francesas hubiese culminado en una victoria, su ejemplo se habría extendido a otros países y continentes, incluso a una escala superior a la de la Revolución de Octubre de 1917.

En 1968 el mundo todavía estaba profundamente dividido entre Este y Oeste, bajo la llamada guerra fría. En la Unión Soviética, China, Europa del Este, Corea del Norte y Cuba, la industria y la tierra pertenecían al Estado, pero la burocracia estalinista controlaba con mano de hierro esos regímenes. En el resto del mundo, el capitalismo seguía siendo la formación socioeconómica dominante. Las armas nucleares parecían estar siempre a punto para usarse entre sistemas sociales antagónicos, pero el enemigo principal de todo capitalista eran los trabajadores y los sectores oprimidos de la sociedad.

El derrocamiento del capitalismo en un país avanzado como Francia no sólo habría polarizado la lucha de clases en los países industrializados de Europa y en EEUU, también habría cambiado la naturaleza de los movimientos de resistencia contra las dictaduras en el Estado español, Portugal y Grecia: las aspiraciones democráticas se habrían ligado sin dificultad a la lucha por la transformación socialista. A su vez, las masas desposeídas de los países excoloniales, que estaban librando una heroica batalla contra la opresión imperialista, habrían encontrado la inspiración para derrocar tanto a sus opresores extranjeros como a sus oligarquías nacionales, iniciando la construcción de la nueva sociedad socialista.

Durante la segunda mitad de la década de los años sesenta del pasado siglo, las movilizaciones de masas sacudían todos los rincones del planeta.

En Estados Unidos, la potencia capitalista más poderosa del mundo, las masivas protestas contra la guerra de Vietnam, unidas a la tenaz resistencia del pueblo vietnamita, que en enero de ese año alcanzó su clímax con la ofensiva del Tet , marcaron un punto de inflexión. A su vez, la radicalización creciente del movimiento en defensa de los derechos civiles de la población afroamericana estaba creando unas condiciones extraordinariamente favorables para la lucha contra el capitalismo. Martin Luther King evolucionaba hacia la izquierda, y ese fue el motivo de su asesinato en Memphis (Tennessee) el 4 de abril de 1968, ciudad a la que se había trasladado para apoyar una huelga de los barrenderos.

En los Juegos Olímpicos de México, celebrados en octubre, los corredores estadounidenses afroamericanos Tommie Smith y John Carlos hicieron su famoso saludo desde el podio levantando su puño enfundado en un guante negro como protesta contra la política de su gobierno. Millones de personas alrededor del mundo aplaudieron su gesto y los vieron como héroes, aunque los medios de comunicación estadounidenses los demonizaran ferozmente.

Sólo diez días antes del comienzo de dichos Juegos, en Ciudad de México tuvo lugar uno de los sucesos más horrorosos de ese agitado año. Miles de jóvenes, que en junio habían iniciado la lucha contra el régimen priista de Díaz Ordaz, marcharon hacia la plaza de Tlatelolco reivindicando más democracia y libertad. En un cerco planificado por las fuerzas de seguridad y el Ejército, y con el beneplácito de EEUU, fueron recibidos con una violenta descarga de balas. Hubo más de trescientos muertos. Las imágenes de los cadáveres apilados dieron la vuelta al mundo. Quienes las vieron no podrán olvidarlo jamás. Y quienes conocieron de primera mano los hechos no podrán perdonar.

El año 1968 también supuso la rebelión contra todas las formas de opresión del sistema. Asistimos a una nueva y poderosa oleada feminista y al nacimiento de las primeras organizaciones en defensa de los derechos de la comunidad LGTBI. La perspectiva de alcanzar un mundo libre de explotación, hambre y guerra parecía al alcance de la mano.

Crisis del estalinismo

Ese año también marcó un ascenso en el movimiento de los trabajadores que luchaban contra la burocracia estalinista en la Unión Soviética, Europa del Este y China.

En la década anterior, numerosas huelgas y protestas de masas habían sido aplastadas en la antigua República Democrática Alemana y en Polonia. En 1956, una auténtica revolución obrera y popular había estallado en Hungría, ferozmente aplastada por la intervención de los tanques enviados por la burocracia de Moscú. A pesar de todo, el movimiento no se detuvo. En 1968, bajo el gobierno de Alexander Dubcek, se produjo la Primavera de Praga. Aunque no llegó tan lejos como la revolución húngara, el desafío de las masas checoslovacas abogaba por el establecimiento de una auténtica democracia obrera y el mantenimiento de una economía planificada bajo la gestión de los trabajadores. Como en Hungría, los tanques rusos invadieron el país en agosto para restablecer la dictadura burocrática.

El régimen chino de Mao Zedong también estaba en aprietos tras el fracaso de la Revolución Cultural. Como en la Unión Soviética, los burócratas chinos, que gobernaban en nombre de “la clase obrera”, no podían tolerar que los trabajadores participaran real y efectivamente en la toma de decisiones políticas. En la propia URSS, el descontento se expresaba tanto en los escritos de la intelectualidad como en las protestas esporádicas de los trabajadores.

Todos estos acontecimientos venían a confirmar las previsiones de León Trotsky: si los trabajadores no llevaban a cabo una revolución política contra la burocracia para tomar el poder en sus manos, la restauración capitalista podría tener éxito. Desde finales de los años veinte, y ya plenamente en la década de los treinta del siglo XX, cuando Stalin llevó a cabo su sangrienta contrarrevolución política contra los trabajadores y liquidó físicamente a la vieja guardia leninista y a cientos de miles de militantes bolcheviques, los mal llamados partidos comunistas de todo el mundo, sometidos por completo al estalinismo, empeñaron todas sus fuerzas en proteger a la burocracia de Moscú de la amenaza de una revolución socialista victoriosa.

Durante más de dos décadas, los partidos de la “Internacional Comunista”, lejos de promover el levantamiento de los trabajadores y la toma del poder en los países capitalistas y coloniales, tuvieron órdenes de frenar cualquier plan en ese sentido. No hay más que ver la negativa a formar un frente único para derrotar a Hitler en 1933 o la traición a las huelgas obreras durante el gobierno del Frente Popular francés en 1936 y a la heroica Revolución española en la misma época.

Finalmente, el estancamiento económico de los países del llamado “socialismo real” y el enorme descontento social con la dictadura de la burocracia, junto a las derrotas de la clase obrera en Occidente y el boom capitalista de finales de los años ochenta, favorecieron que la mayoría de la burocracia estalinista se inclinara por restablecer del mercado y la propiedad privada de los medios de producción.

La transición al capitalismo y la terapia de choque alentada por estos sectores permitieron a la casta dirigente utilizar sus posiciones privilegiadas dentro del aparato del Estado para convertirse en capitalistas puros y duros.

Lecciones de la historia

Mayo de 68, el mes de la revolución fue escrito en abril de 1988, con motivo del vigésimo aniversario de aquellos acontecimientos. Contiene material de la prensa británica y francesa de aquel entonces, incluidos numerosos testimonios de protagonistas y de testigos presenciales. Pero la fuente fundamental son los artículos publicados en el periódico Militant y en la revista Militant International Review a lo largo de 1968, cuyos análisis siguen hoy tan vigentes como entonces. Estos textos excepcionales describen con rigor por qué no sólo el general De Gaulle, sino también las élites de todo el mundo, llegaron a pensar que había llegado su hora y temblaron ante la perspectiva de una victoria de la revolución en Francia.

Con el paso del tiempo, los medios de comunicación procapitalistas, o bien ignoraron estos eventos históricos o bien los distorsionaron. Su mayor mentira, repetida por los estalinistas, es que se trató sólo de estudiantes acomodados, hijos de papá, rebelándose contra el autoritarismo, no de un gran movimiento revolucionario con potencial para derrocar el capitalismo.

Pero, ¿habrían podido? ¿Son ahora las condiciones muy diferentes a las de entonces?

Desde la restauración capitalista en la URSS, los países del Este y China, los viejos partidos estalinistas, cuyos líderes actuaron tan a menudo como freno para el movimiento obrero, sufren una profunda crisis y decadencia. Y aquellos que todavía conservan cierta fuerza en algunos sectores han fracasado en la tarea de liderar y movilizar a los trabajadores y la juventud para acabar con el capitalismo.

La situación de la socialdemocracia no es, ni mucho menos, mejor. En 1968, los partidos “socialistas” —tanto en el Estado español como en Francia— apenas existían. En Francia, la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera) había perdido mucho apoyo por su colaboración con la clase dominante tras la guerra. En el Estado español, con las organizaciones obreras y de izquierdas prohibidas por el régimen de Franco, el PSOE sólo permanecía como una sombra en el exilio.

El Partido Socialista Francés que actualmente conocemos nació tras Mayo del 68. Fundado en 1971, alcanzó el gobierno diez años después, con la elección de François Mitterrand como presidente de Francia. Su gobierno generó muchas esperanzas, pero sus tímidas reformas nunca cuestionaron las reglas de juego capitalista y finalmente fueron revertidas por la presión de los grandes poderes económicos franceses e internacionales.

En el caso del Estado español, la heroica lucha de los trabajadores y la juventud contra la dictadura franquista sentaron las bases para un gran crecimiento del Partido Comunista de España y para la recuperación del PSOE. Este último, refundado por Felipe González en 1974, todavía mantenía algunos elementos de marxismo en su discurso. El PSOE se convirtió en una fuerza de masas y, sobre todo entre sus juventudes, las posiciones revolucionarias empezaron a ganar fuerza.

En Portugal, el odiado dictador Salazar había muerto en 1968 y fue sucedido por Marcelo Caetano. El Partido Socialista Portugués fue igualmente reconstruido en 1973 y participó, junto al Partido Comunista, en los acontecimientos revolucionarios de abril de 1974, que acabaron con la dictadura y pusieron en jaque al capitalismo. Pero la Revolución de los Claveles no se coronó con la victoria del socialismo: la ausencia de un genuino partido comunista basado en el programa de Marx, Engels, Lenin y Trotsky, que proporcionara a la clase obrera una estrategia clara para la toma del poder, dejó el camino libre a la socialdemocracia para descarrilar aquel movimiento maravilloso y conducirlo a posiciones “seguras” para la clase dominante.

Algo similar ocurrió en Grecia, donde, tras la caída de la Junta de los Coroneles en 1974, el partido socialista (PASOK), creado por Andreas Papandreu, creció con rapidez.

En aquellos tiempos, los marxistas de Militant en Gran Bretaña habíamos previsto el desarrollo de estas nuevas fuerzas socialistas de masas, debido a la radicalización de una nueva generación que había vivido bajo dictaduras y era atraída por la idea del socialismo, pero rechazaba el estalinismo. Este análisis sobre el desarrollo de organizaciones de masas de la clase obrera, y la necesidad de intervenir en ellas defendiendo las ideas del marxismo para construir el partido revolucionario, alumbró en 1974 la formación del Comité por una Internacional de los Trabajadores (CIT/CWI).

Tanto en Francia como en el Estado español, Portugal y Grecia, los dirigentes de los partidos “socialistas” se convirtieron en obedientes lacayos de sus respectivas burguesías nacionales y, en consecuencia, sufrieron una gran pérdida de apoyo entre los trabajadores y la juventud. En algunos casos, esos partidos han sufrido un retroceso casi irreversible. Por supuesto, los nuevos acontecimientos en la lucha de clases han provocado también variantes que es necesario analizar.

Una nueva situación

En Gran Bretaña, el Partido Laborista, bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn y sus promesas de llevar a cabo una política que rompa con la austeridad, parece tener un futuro más prometedor que el Partido Socialista francés, el PASOK griego o el PSOE, que han terminado por aplicar a pies juntillas la agenda de recortes y políticas antiobreras dictadas por la clase dominante. Pero si Corbyn y el Partido Laborista llegan al gobierno y, como ha ocurrido en muchas ocasiones, renuncian a poner en práctica políticas socialistas que garan­ticen una sanidad y educación públicas de calidad, empleos dignos y salarios decentes —algo que es posible mediante la nacionalización de la banca y las grandes empresas bajo la gestión democrática de los trabajadores—, entonces el futuro del partido estará de nuevo en cuestión.

Tras la caída del estalinismo y el abandono de cualquier vínculo con el marxismo y el socialismo de los partidos socialdemócratas tradicionales, los movimientos sociales —antiglobalización y orientados a la acción directa, como Occupy Wall Street— crecieron en apoyo y audiencia. Este tipo de movimiento llegó mucho más lejos en el Estado español con la irrupción del 15-M y la posterior creación de Podemos. Más tarde, las luchas obreras de 2016 en Francia alentaron el movimiento llamado Nuit Debout (Noche en Pie), grupos de gente, principalmente joven, discutiendo en las plazas de París, que recordaba los debates públicos que se mantenían durante los acontecimientos de 1968.

Llenando el vacío político dejado por los viejos partidos estalinistas y la socialdemocracia tradicional, estas nuevas formaciones (Podemos, Die Linke, Francia Insumisa) ganaron un apoyo importante. En Grecia, tras años de huelgas generales y movilizaciones de masas contra la agenda de austeridad y recortes de la Troika comunitaria y la derecha griega, Syriza creció hasta alcanzar el poder. Pero, en el verano de 2015, Alexis Tsipras ignoró el resultado del referéndum y traicionó a la clase obrera griega, aceptando los recortes masivos impuestos por la UE, el FMI y el Banco Mundial.

La Francia actual y las perspectivas para la revolución

Los acontecimientos de 1968 demostraron que los poderes bonapartistas consagrados por la constitución de la V República, establecida por el propio general De Gaulle, no eran suficientes para evitar el ascenso de la revolución socialista. Como mostraremos en las páginas de este libro, en el momento álgido del movimiento, De Gaulle abandonó Francia y le confesó al embajador de Estados Unidos que “el juego había terminado”. El poder estaba realmente en las manos de los más de diez millones de trabajadores que estaban en huelga y habían ocupado sus fábricas. En las semanas posteriores, rechazaron las negociaciones con el gobierno y la patronal que los dirigentes estalinistas realizaron a sus espaldas.

La única razón por la que De Gaulle pudo recuperar temporalmente las riendas del poder fue la política de los dirigentes estalinistas del PCF (Partido Comunista Francés) y la CGT (Confederación General del Trabajo), que negociaron con la patronal y el gobierno a espaldas de la clase obrera. Los líderes del PCF hicieron todo lo que estuvo en su mano para descarrilar la revolución. Incluso portavoces de la gran patronal y de los medios de comunicación capitalistas tuvieron que hacerse eco de este hecho y reconocer que el PCF se había situado “en el mismo lado de la barricada” que el gobierno.

A pesar de lo mucho que cambiaron las cosas en el mundo desde entonces, todo gobierno francés a lo que más teme es a un “nuevo 1968”. Pero hoy en día ni el Partido Comunista ni el Partido Socialista tienen las fuerzas para liderar la revolución, ni tampoco para frenarla.

El Partido Socialista está en peligro de extinción desde que cosechó el peor resultado electoral de su historia. La derecha republicana y gaullista tampoco pudo encontrar un buen candidato electoral. En medio de ese vacío, apareció un personaje aparentemente neutral y de centro, Emmanuel Macron, el antaño banquero de Rothschild y ministro del gobierno socialista, a pesar de no haber sido nunca miembro del partido.

A la lucha electoral se unió Jean-Luc Mélenchon, otro antiguo ministro socialista, pero al menos este sí fue miembro del PS durante un tiempo y también había pertenecido a una organización trotskista. En 2009 organizó el Partido de Izquierda y concurrió a las elecciones europeas en coalición con el PCF y uno o dos partidos ecologistas. Desde entonces es eurodiputado.

En febrero de 2016, Mélenchon impulsó La Francia Insumisa, justo antes de que un movimiento masivo de huelgas y protestas agitara Francia esa primavera. El grito de “¡JLM 2017!” (Jean-Luc Mélenchon, presidente en 2017) atrajo el apoyo de sectores considerables de trabajadores y jóvenes por su programa antiausteridad y su retórica contra los banqueros y burócratas. Su programa incluía el aumento del salario mínimo y el restablecimiento de la jornada laboral de 35 horas semanales. Sus mítines reunieron a cientos de miles de personas para escucharlo, ya fuera en persona o en holograma.

El 23 de abril de 2017, Mélenchon obtuvo más de siete millones de votos. Si los candidatos de los partidos a la izquierda del Partido Socialista (y el propio candidato del PS, Benoît Hamon) hubieran apoyado al candidato de La Francia Insumisa, Mélenchon habría pasado a la segunda vuelta y se habría enfrentado a Macron. Entonces podría haber reunido el apoyo de millones de trabajadores y votantes jóvenes que se abstuvieron o votaron por Macron como el “mal menor” frente a Marine Le Pen.

Mélenchon y La Francia Insumisa han sido comparados con los períodos iniciales de Iglesias y Podemos en España, y de Tsipras y Syriza en Grecia. Los tres reflejaron el rechazo al statu quo y a las estructuras de los partidos tradicionales. (The Economist también se refirió a las conexiones entre Mélenchon y Hugo Chávez).

Una de las grandes lecciones de la gran huelga general de 1968 en Francia es que los estudiantes por sí mismos no pueden llevar a cabo una revolución. Y otra es que el movimiento de los trabajadores desde abajo puede neutralizar a las fuerzas del Estado y abrir la posibilidad de arrebatar el poder a los capitalistas y sus representantes políticos.

Ahora que celebramos los cincuenta años del mes de la revolución en Francia, habrá quienes digan que todo ha cambiado de tal manera que una revolución socialista pacífica no viene al caso. La naturaleza de la propia clase obrera ha cambiado, pero todavía a día de hoy nada se mueve en la economía y en la sociedad sin el concurso de los trabajadores, desde el transporte a las telecomunicaciones, desde los comercios a los hospitales, pasando por la fabricación de cualquier mercancía útil. Al mismo tiempo, amplias capas de las clases medias y de la intelectualidad se han visto arrastradas bajo el ala de la clase obrera, debido a la crisis capitalista y la extensión de la precariedad y la desigualdad social.

La juventud y los trabajadores están cansados de que millones de personas se encuentren sin trabajo ni casa y muriéndose de hambre en todo el mundo cuando la economía supuestamente se está recuperando. Justo antes de que diera comienzo el Foro Económico de Davos, la oenegé Oxfam hizo públicas nuevas cifras sobre la obscena desigualdad social en la que vivimos: el 82% de la riqueza mundial creada en 2017 acabó en manos del 1% de la población más rica del planeta.

La lección más importante de todos los períodos revolucionarios —ya sea la Revolución rusa o el Mayo del 68 francés— es que la clave de la victoria es la existencia de un partido revolucionario con apoyo e influencia entre las masas. Un partido de este tipo puede crecer rápidamente durante el desarrollo de los acontecimientos. Pero el terreno debe ser preparado con antelación con un duro trabajo diario, explicando lo que sucede en la sociedad desde una perspectiva de clase y construyendo una organización fuerte con raíces firmes en el movimiento obrero y la juventud.

No hay duda de que, en las condiciones actuales, la toma del poder por los trabajadores en un país y la eliminación de la dictadura del 1% podrían desatar una ola de levantamientos a nivel internacional. Si los jóvenes y los trabajadores aprenden e interiorizan las lecciones de la historia, se puede abrir el camino a un futuro socialista a escala mundial, incluso para que lo vean quienes vivieron aquel mayo de 1968.

Clare Doyle

Febrero de 2018

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