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Es conocido que Lenin y Rosa Luxemburgo mantuvieron polémicas y diferencias sobre diversos asuntos de la teoría y la práctica revolucionarias: sobre el partido revolucionario, la cuestión nacional y el derecho de las naciones a la autodeterminación, la reproducción ampliada y la naturaleza de la crisis capitalista, las consignas contra la guerra imperialista o toda una serie de cuestiones de la política bolchevique tras el triunfo de la revolución de Octubre.

De este compendio de desencuentros se ha construido un mundo de exageraciones, se han dicho demasiadas tonterías y se ha vertido una gran cantidad de medias verdades. La experiencia de la lucha de clases confirmó o desmintió muchos de los argumentos planteados en esas controversias, pero en lo esencial Rosa Luxemburgo y Lenin compartieron una visión muy similar en las cuestiones verdaderamente principistas.

El estalinismo no sólo momificó a Lenin y, contra la voluntad del dirigente bolchevique lo exhibió en un mausoleo; también utilizó sus escritos para entresacar citas fuera de contexto y cubrir, con su autoridad, la nueva doctrina de los epígonos. Después de muerta, Rosa Luxemburgo también fue embalsamada, no físicamente pero sí intelectualmente. En esta tarea colaboraron muchos declarados anticomunistas, elementos que desde la socialdemocracia oficial querían beneficiarse de su figura para combatir el marxismo y, por extensión, el leninismo.

Los intentos de presentar a Rosa Luxemburgo como una abogada de la “democracia abstracta” o revestirla con un barniz libertario son el equivalente a la caricaturización que de su figura trató de hacer el estalinismo, cuando la condenó por su supuesta teoría de la “espontaneidad”, contraria a unos valores “leninistas” del partido único y monolítico, o por defender la revolución permanente.

Cuestiones de organización de la socialdemocracia rusa

En la atmósfera de la socialdemocracia internacional entre 1903 a 1910, los debates sobre táctica, organización y programa estuvieron marcados por una línea roja inequívoca: una concepción del derrocamiento revolucionario del capitalismo y una política proletaria de independencia de clase, frente a la idea revisionista de avanzar hacia el socialismo utilizando los mecanismos del parlamentarismo y la democracia burguesa. Esta era la esencia que dividía, y divide hoy, las filas del movimiento obrero organizado.

Cuando Rosa Luxemburgo escribió en 1904 el famoso folleto Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, una crítica durísima de las concepciones expuestas por Lenin en su libro Un paso adelante, dos pasos atrás, no podía prever la cantidad de infundios que se montarían a partir de este escrito. 1

¿De dónde partía la polémica y qué la impulsó? Para explicar la actitud de Rosa hacia Lenin hay que remontarse hasta un poco antes de la aparición de su texto, concretamente a las complejas relaciones que a lo largo de 1903 mantuvieron el SDKPiL (Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania, fundado por Rosa y Leo Jogiches) y los organizadores del II Congreso del POSDR2  y a las divergencias que estallaron en él, que abrieron la lucha fraccional entre bolcheviques y mencheviques, en todo lo cual Lenin tuvo un papel decisivo.

El planteamiento de los marxistas rusos del Iskra —crear un partido socialdemócrata ruso que abarcase a la clase obrera de todo el imperio— había causado sensación en Rosa Luxemburgo y sus camaradas. “Desde que empezara 1903 —escribe Nettl—, Warszawski había sido delegado oficialmente por el comité polaco en el extranjero para negociar con el comité organizador ruso acerca de la participación polaca en el congreso y la adhesión del SDKPiL al partido ruso. Los polacos no tenían interés en las complicadas maniobras de los iskristas dentro del partido ruso, ni las conocían bien tampoco; no hay indicios de que ninguno de ellos haya leído el ¿Qué hacer? de Lenin, y es seguro que nadie lo comentó”. 3

El interés común de los revolucionarios polacos y de los bolcheviques era lograr que el Bund, el partido socialista judío, que progresivamente se estaba deslizando hacia posturas nacionalistas, no participara en el nuevo partido como una entidad autónoma, tal como reclamaba. Pero, curiosamente, las mismas condiciones se plantearon respecto a la adhesión de los socialistas polacos. El núcleo dirigente de Iskra propuso la integración del SDKPiL en el POSDR en las mismas condiciones que se ofrecían al resto de los grupos.

Tras varias respuestas ambiguas y vacilaciones de Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches, incluso de un congreso ad hoc de los socialdemócratas polacos para tratar la cuestión, la mayoría de los dirigentes del SDKPiL se inclinaron por una forma de integración que respetara y garantizase su autonomía y dirección en los asuntos concernientes a los trabajadores polacos en el territorio de Polonia bajo control ruso, mientras se dejaría al POSDR tratar con sus propias organizaciones locales en Polonia.

Esta exigencia vino a complicarse con la postura que el POSDR iba a defender respecto a la cuestión nacional, que chocaba frontalmente con la mantenida por Rosa Luxemburgo. Cuando Lenin abogó abiertamente, en el número de Iskra de julio de 1903, por incluir como artículo siete de los estatutos del nuevo partido la defensa del derecho de las naciones a la autodeterminación, la reacción de Luxemburgo y Jogiches fue explosiva. El hecho de que Lenin explicara que de ninguna manera debía interpretarse eso como un apoyo al nacionalismo en general, ni al PPS en particular, no cambió la opinión de ambos: “Si no están dispuestos a modificar el artículo 7, tendremos que suspender la afiliación [propuesta]. Digan a Zasúlich que, después del artículo de Iskra, yo [Rosa Luxemburgo] no tengo ningún interés en la afiliación y que he aconsejado que no se hagan más concesiones”. 4 Rosa no era de las que abandonaban sus posiciones fácilmente.

Lenin y los partidarios del Iskra no aceptaron el ultimátum lanzado por Rosa Luxemburgo y sus camaradas polacos, y todos los intentos para que se retirara del programa del partido ruso la defensa del derecho de autodeterminación fueron infructuosos. Cuando el congreso se reunió por fin, con un desarrollo tormentoso no previsto, el POSDR se colocó ante una escisión de facto. Y no es posible comprender los debates posteriores entre Rosa Luxemburgo y Lenin sin tener en cuenta estos roces que agrietaron las relaciones entre los marxistas rusos, agrupados en la fracción bolchevique del POSDR, y los marxistas polacos, que se situaban tras Rosa Luxemburgo.

En aquellos años, los dirigentes socialdemócratas alemanes se esforzaron por dar una imagen completamente manipulada de las polémicas que mantenían los socialistas rusos. Distorsionaban las posturas de los bolcheviques y defendían las de los mencheviques. “Los mencheviques eran más conocidos y tenían mejores relaciones, sobre todo desde que Plejánov se había puesto del lado de los que se enfrentaban a Lenin. Por consiguiente durante todo 1904, Mártov, Potrésov y Dan pidieron opiniones a sus conocidos alemanes, y principalmente para Iskra, que ahora controlaban. ‘Lo que importa es cómo vencer a Lenin (...) Conviene sobre todo incitar contra él a autoridades como Kautsky, Rosa Luxemburgo y Parvus’. La colaboración no tardó. Cuando Lenin quiso contrarrestar este apoyo crítico a los mencheviques enviando a Liadov para exponer el punto de vista bolchevique, Kautsky dijo a éste francamente: ‘Mire, a su Lenin no lo conocemos. Es para nosotros una incógnita; pero conocemos muy bien a Plejánov y Axelrod. Sólo gracias a ellos hemos podido saber algo de lo que pasa en Rusia. Sencillamente no podemos aceptar lo que usted dice de que Plejánov y Axelrod se han vuelto oportunistas de repente”. 5

La admiración que Lenin profesaba hacia la socialdemocracia alemana en aquellos años nunca fue correspondida por sus dirigentes. Lenin jamás tuvo la oportunidad de que su pensamiento pudiera conocerse entre los cuadros y militantes del partido alemán. Kautsky reprochaba a los bolcheviques su “incapacidad” para “convivir” con los mencheviques. Al fin y al cabo, si en el SPD podían coexistir pacíficamente Bernstein, Kautsky y Rosa Luxemburgo, ¿por qué se empeñaban los rusos en aferrarse a sus querellas domésticas? “Como en la disputa entre los socialistas franceses unos años antes, los alemanes se lanzaban a regañadientes (...) en privado despreciaban aquellas disputas. ‘[Estas] diferencias son pura palabrería si tenemos en cuenta lo que significan en la práctica y lo mucho [y verdaderamente importante] que queda por hacer”.6

Paul Nettl describe la atmósfera en que Rosa abordo la “cuestión” rusa: “Sólo dos personas sabían verdaderamente en Alemania algo de lo que se trataba [en la disputa del POSDR]: Parvus y Rosa Luxemburgo. Ella estaba convencida de que la aportación de Kautsky a la solución de los problemas rusos sería general y teórica en el mejor de los casos, porque ignoraba totalmente los pormenores (...) Los mencheviques sabían, pues, perfectamente lo que hacían al concentrar sus solicitaciones en Parvus y Rosa. Quieras o no, ésta hubo de volver a meterse en los asuntos de Rusia, no como candidato polaco a la admisión en el partido ruso, sino como experto alemán y árbitro entre las fracciones en disputa (...) Los dirigentes mencheviques no eran amigos íntimos suyos sino todo lo contrario, pero tenía una cuenta más reciente con Lenin por lo de la cuestión de las nacionalidades (...) Por consiguiente, al empezar 1904 aprovechó la oportunidad algo tardía de examinar los asuntos suscitados después de la salida polaca del segundo congreso ruso, e inevitablemente dio con el ¿Qué hacer? de Lenin. Su reacción negativa a las proposiciones organizativas de Lenin coincidió así con la petición que le hizo Potrésov de que enviara un artículo a Iskra; y mató dos pájaros de un tiro escribiendo un largo artículo para Die Neue Zeit que ofreció a los rusos para que lo tradujeran”.7  Este folleto sería Problemas de organización de la socialdemocracia rusa.

En él, Rosa descargó una batería de “golpes” contra el supuesto afán centralizador de Lenin:

           “El libro que tenemos ante nosotros [Un paso adelante, dos pasos atrás], escrito por el camarada Lenin, uno de los dirigentes y luchadores más notables de Iskra en su campaña preparatoria del congreso ruso, es la exposición más sistemática de la tendencia ultracentralista en el partido ruso. La concepción que se manifiesta en esta obra del modo más penetrante y exhaustivo es la de un centralismo sin contemplaciones. Su principio vital es, por un lado, poner claramente de manifiesto la separación entre los destacamentos organizados de revolucionarios decididos y activos y el medio que los rodea, desorganizado pero activo revolucionariamente; por otro lado, la disciplina férrea y la injerencia directa, decisiva y determinante de las autoridades centrales en todas las manifestaciones de las organizaciones locales del partido (...)

           “Conceder a la dirección del partido ese poder absoluto de carácter negativo que Lenin propone implica elevar a una potencia peligrosísima el carácter conservador que tiene esencialmente toda dirección. Si es todo el partido o aún mejor, todo el movimiento el que determina la táctica socialdemócrata, en lugar de un comité central, cada organización del partido precisará el margen de maniobra que le permita la utilización completa de todos los medios para la intensificación de la lucha, así como la extensión de la iniciativa revolucionaria que cada situación ofrece. El ultracentralismo que propugna Lenin, sin embargo, no nos parece impregnado en su esencia por un espíritu positivo creador, sino por un espíritu de vigilante”. 8

Hay citas semejantes en todo el material de Rosa. Acusaciones de blanquismo, de jacobinismo, de pretender el dominio de una minoría intelectual sobre la masa proletaria del partido, exageraciones y críticas contra opiniones que Lenin jamás había sostenido, que evidentemente partían de las informaciones distorsionadas que suministraban los mencheviques.

Incluso cuando Rosa plantea el avance del oportunismo y del reformismo en las filas de la socialdemocracia como producto de procesos objetivos, subestima el valor de la denuncia que Lenin realiza de estos elementos en el partido ruso. Es cierto que no se puede combatir el reformismo a base de estatutos, pero sí se puede educar a la militancia revolucionaria en la lucha intransigente contra esas tendencias, empezando por hacer respetar las decisiones adoptadas democráticamente en los organismos, congresos, etc., y colocando los métodos de la democracia obrera como el mejor antídoto contra el individualismo pequeñoburgués. Esta era la esencia de la lucha de Lenin por establecer un régimen interno proletario, que se concretó en el método del centralismo democrático. Y ese método —en su concepción leninista, no en su distorsión burocrática estalinista— sigue manteniendo toda su vigencia.

En Un paso adelante, dos pasos atrás, Lenin planteó lo que en aquel momento (1903-1904) consideraba la esencia de la polémica entre bolcheviques y mencheviques, y puso en guardia a la militancia contra la concepción reformista y oportunista de los segundos, contra su diletantismo e individualismo pequeñoburgués: “En realidad —señala Lenin—, la posición de los oportunistas en materia de organización, consistente en que abogan por una organización de partido amorfa y sin fuerte cohesión; en que rechazan la idea (la idea ‘burocrática’) de estructurar el Partido de arriba abajo conforme al congreso del mismo y a los organismos elegidos por él; en su tendencia a ir de abajo arriba, permitiendo que se tenga por miembro del Partido cualquier profesor, cualquier estudiante de bachillerato, ‘todo huelguista’; en su hostilidad al ‘formalismo’ que exige de los militantes la pertenencia a una de las organizaciones reconocidas por el Partido; en su propensión a la psicología del intelectual burgués, dispuesto tan sólo a ‘reconocer platónicamente las relaciones de organización’; en la facilidad con que se entregan a las elucubraciones oportunistas y a las frases anárquicas; en su tendencia al autonomismo en contra el centralismo”. 9

Y, como ha ocurrido en tantas ocasiones, lo que comenzó siendo una divergencia sobre cuestiones de organización derivó en diferencias políticas de principio respecto a la naturaleza de la revolución rusa, el programa del partido, las alianzas con la burguesa liberal, el campesinado, etc.

Este era el aspecto central de la postura de Lenin, y el mayor error de la revolucionaria polaca fue pasarlo por alto. De todas formas, Lenin respondió pacientemente a las críticas de Rosa en un artículo que Kautsky se negó a publicar 10 y que, tanto por el tono como por la forma, muy alejada del empleado con sus contradictores mencheviques, evidenciaba que Lenin no consideraba a Rosa Luxemburgo una enemiga:

           “No puedo dejar de agradecer a los camaradas alemanes por seguir con tanta atención los escritos de nuestro partido y esforzarse por llevarlos al conocimiento de la socialdemocracia, pero debo decir que el artículo de Rosa Luxemburgo publicado por Die Neue Zeit no hace conocer a los lectores mi libro, sino una cosa muy diferente. Eso es lo que resulta de los ejemplos que voy a mostrar.

           “La camarada Luxemburgo dice notablemente que mi libro es la expresión clara y terminante, en tanto que tendencia, de un ‘centralismo que no respeta nada’. Ella supone, de esta manera, que yo me hago el defensor de una forma de organización frente a otra. En realidad eso no es exacto. A lo largo de todo el libro, de la primera a la última página, defiendo los principios elementales de cualquier modo de organización concebible para nuestro partido (...) La camarada Luxemburgo declara que, según mi opinión, ‘el comité central es el único núcleo activo del partido’. En realidad eso no es exacto. Nunca sostuve esa opinión. Al contrario, mis adversarios (la minoría del segundo congreso) me reprocharon en sus escritos no defender suficientemente la soberanía del comité central y someterlo demasiado al comité de redacción de nuestro órgano central en el extranjero y al consejo del partido (...) La camarada Rosa Luxemburgo pretende que nadie, dentro de la socialdemocracia rusa, duda de la necesidad de un partido unificado, y que la discusión gira en torno a la cuestión de un mayor o menor centralismo. En realidad eso no es exacto. Si la camarada Rosa Luxemburgo se hubiese tomado el trabajo de tomar conocimiento de las resoluciones enviadas por los numerosos comités locales del partido que forman la mayoría, habría comprendido inmediatamente (esto surge claramente de mi libro) que la discusión se refirió sobre todo a la cuestión de saber si el comité central y el órgano central del partido deben o no reflejar la tendencia de la mayoría del congreso. Nuestra estimada camarada no dice una palabra de esta concepción ‘ultracentralista’ y puramente ‘blanquista’, prefiere extenderse en consideraciones contra la sumisión mecánica de la parte al todo, contra la obediencia servil, ciega, y otros horrores de ese género.

           “Le estoy muy agradecido a la camarada Rosa Luxemburgo por las aclaraciones que suministra sobre esa idea profunda de que la sumisión ciega sería mortal para el partido. Pero yo quisiera saber si esta camarada encuentra normal, si juzga admisible, si ella vio en algún otro partido, que la minoría de un congreso retenga la mayoría en las organizaciones centrales, que se presentan como organismos del partido (...) Demostré que algunos ‘veteranos’ de nuestro partido han dado pruebas de su falta de lógica y firmeza y que no tienen derecho de hacer responsable al proletariado ruso de su propia falta de disciplina. Los obreros rusos, varias veces y en diversas ocasiones, han reclamado, en efecto, que fueran respetadas las decisiones del congreso (...) La camarada Luxemburgo olvida completamente que hubiera debido basar su análisis sobre el hecho real constituido por las diversas tendencias de nuestro partido. Justamente, yo consagro más de la mitad de mi libro a ese análisis, apoyándome en las actas del congreso y, en el prefacio, lo señalo expresamente. Rosa Luxemburgo pretende hablar del estado actual del partido y pasa en silencio sobre nuestro congreso, el que, a decir verdad, le ha dado una base real al partido. Confieso que esa es una empresa arriesgada (...) La camarada Luxemburgo se limita a repetir frases huecas sin tratar de darles un sentido. Agita espantajos sin ir al fondo del debate. Me hace decir lugares comunes, ideas generales, verdades absolutas, y se esfuerza por permanecer muda acerca de verdades relativas que se apoyan en hechos concretos que me limito a señalar. Llega hasta a lamentarse de mis simplezas y recurre para ello a la dialéctica de Marx. Sin embargo, el artículo de nuestra estimada camarada no contiene justamente más que cosas triviales e imaginarias y está en contradicción con el abecé de la dialéctica. Ese abecé establece que no existen verdades abstractas y que una verdad debe ser siempre concreta”. 11

Este fue el contexto en que vio la luz el material que Rosa Luxemburgo escribió contra la concepción de Lenin del partido revolucionario. Pero era una polémica de 1904 y, hasta el día de hoy, esas ideas que Rosa Luxemburgo vertió se utilizan como si la revolucionaria polaca no hubiera cambiado de parecer posteriormente, como si no hubiera matizado o rectificado muchas de sus opiniones. En realidad, si nos limitamos a pensar que las diferencias entre Rosa y Lenin se mantuvieron sin ningún cambio, ¿cómo es posible que Rosa Luxemburgo se decidiera a fundar el Partido Comunista de Alemania y a colaborar en tal grado con Lenin y los bolcheviques en la construcción de la Tercera Internacional?

Trotsky mantuvo también posturas muy parecidas a las de Rosa Luxemburgo en esas fechas. Participó en las sesiones del II Congreso del POSDR como delegado por Siberia, y sus críticas a Lenin y los bolcheviques fueron recogidas en su folleto Nuestras tareas políticas12 . Pero Trotsky sí pudo vivir el tiempo suficiente para reconocer públicamente y de una manera franca sus errores. Haciendo balance de sus desencuentros con Lenin tras la división del POSDR entre mencheviques y bolcheviques en 1903, escribió lo siguiente:

          “Me separé, pues, de Lenin por motivos que tenían mucho de ‘morales’ y hasta de personales. Sin embargo, aunque la apariencia exterior fuese sólo esa, en el fondo la divergencia encerraba un carácter político y afectaba a algo más que a las cuestiones organizativas. Yo me consideraba un centralista. Pero es indudable que, por entonces, todavía no podía darme claramente cuenta del centralismo severo e imperioso que exigía un partido revolucionario creado para lanzar a millones de hombres al asalto de la vieja sociedad. (...) El centralismo leninista no podía brotar aún, en mi cerebro, de una concepción revolucionaria clara y definitiva a la que hubiese llegado por mi propia cuenta. Y el deseo de pensar y sacar conclusiones por mí mismo ha presidido siempre, imperiosamente, mi vida intelectual. La agudización del conflicto desatado en el congreso se debió no sólo a las cuestiones de principio planteadas, sino a la incapacidad de los viejos para apreciar la magnitud y la importancia de Lenin (...) Los viejos —y no sólo ellos— se equivocaban; aquel hombre era algo más que un magnífico colaborador: era un líder; su mirada estaba siempre fija en la victoria (...)

          “Desde luego, el II Congreso representa en mi vida uno de los grandes jalones, aunque sólo sea por haberme mantenido separado de Lenin durante muchos años. Volviendo la vista atrás y mirando el pasado en su conjunto, no lo lamento. Es cierto que volví a Lenin más tarde que muchos otros, pero lo hice por la senda que yo mismo me tracé, a través de las experiencias de la revolución, la contrarrevolución y la guerra imperialista, y de sus enseñanzas. Y cuando retorné a él, lo hice con bastante más firmeza y seriedad que aquellos que se dicen ‘discípulos’ suyos; los que, mientras vivió, no hicieron nada más que repetir, viniese o no a cuento, sus palabras e imitar sus gestos, para revelarse, apenas faltó el maestro, como impotentes epígonos, herramientas inconscientes en manos de fuerzas hostiles”. 13

El hecho es que ambos, Rosa Luxemburgo y Trotsky, al estallar la revolución en Rusia y en Alemania, lejos de establecerse cómodamente en el campo de los mencheviques o de Kautsky o de alinearse junto a los anarquistas, se colocaron de manera inequívoca junto al bolchevismo. León Trotsky se integró en el comité central bolchevique, encabezó el Comité Militar Revolucionario que organizó la insurrección armada en Petrogrado, fue designado comisario del pueblo para Asuntos Exteriores en el primer gobierno soviético y dirigió el Ejército Rojo durante la guerra civil contra los blancos. Rosa Luxemburgo, a la cabeza de la Liga Espartaquista, luchó por coronar la revolución socialista en Alemania emulando las ideas, el programa y los métodos del bolchevismo. Quince días antes de su asesinato por las bandas de los Freikorps fundó el Partido Comunista de Alemania.

Lenin y la socialdemocracia alemana

La burocracia estalinista reescribió la historia del partido, incluyendo una vasta y profunda manipulación de la trayectoria militante de los dirigentes bolcheviques, como parte de una deriva contrarrevolucionaria que culminaría con el exterminio de la vieja guardia leninista. Todo ello al servicio de la casta de usurpadores y del culto a la personalidad del nuevo “secretario general”. En ese marco, se entiende perfectamente que la historiografía estalinista no pudiera aceptar que Lenin hubiera considerado a la socialdemocracia alemana y a Kautsky, al menos hasta la capitulación del 4 de agosto de 1914, como un referente teórico y organizativo.

El estalinismo se especializó en la práctica deshonesta y servil de sacar de contexto los debates políticos del pasado, trayendo a colación errores y exageraciones, muchos de ellos ya resueltos, como arma arrojadiza. Deformando la historia y sus acontecimientos para hacerlos completamente imprevisibles, para mejor utilizarlos según soplaran los aires en las esferas dirigentes del partido, esculpieron un sistema burocratizado, autoritario y corrupto. Pero, por mucho que los estalinistas intentaron borrar las huellas de la historia, los documentos más sobresalientes de las polémicas de aquel período, incluidas las opiniones de Lenin sobre la socialdemocracia alemana, se han conservado en numerosos escritos y es fácil acceder a ellos.

Lenin vio con más retraso lo que Rosa Luxemburgo tuvo la oportunidad de entender mucho antes a través de su propia experiencia. He aquí lo que escribía Lenin a mediados de 1905, en su famoso folleto Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática: “¿Cuándo y dónde afirmé que el revolucionarismo de Bebel y Kautsky es ‘oportunismo’? (...) ¿Cuándo y dónde surgieron divergencias entre Bebel y Kautsky, y yo? La total solidaridad que reina en la socialdemocracia internacional en todas las cuestiones fundamentales de programa y táctica es un hecho indiscutible”.

Año y medio después, el 7 de diciembre de 1906, Lenin escribía en el artículo La crisis del menchevismo: “desde el comienzo declaramos (ver Un paso adelante, dos pasos atrás) que no estamos creando una tendencia ‘bolchevique’ especial; siempre y en todas partes sostenemos la posición de la socialdemocracia revolucionaria. Y dentro de la socialdemocracia, hasta el momento mismo de la revolución, habrá inevitablemente un ala oportunista y un ala revolucionaria”.

Al referirse al menchevismo como ala oportunista de la socialdemocracia, Lenin no pensaba en Kautsky, sino en Bernstein. Tanto él como sus seguidores consideraban al bolchevismo en aquellos años como la forma rusa del kautskismo. Hay abundantes citas, artículos y menciones en sus obras que ratifican esta opinión. El 20 de diciembre de 1906, Lenin saludaba entusiasmado la respuesta de Kautsky al cuestionario de Plejánov sobre el carácter de la revolución rusa: “Lo que hemos dicho —que nuestra lucha por las posturas de la socialdemocracia revolucionaria contra el oportunismo de ninguna manera supone la formación de una tendencia ‘bolchevique’ original— se ha visto plenamente confirmado por Kautsky”. En el congreso de Stuttgart de la Segunda Internacional (1907), Lenin pensaba que “la socialdemocracia alemana ha mantenido siempre la perspectiva revolucionaria en el marxismo”.

El 6 de agosto de 1913, el Pravda publicó un artículo de Lenin dedicado a la vida y obra de August Bebel: “Nadie ha encarnado los rasgos particulares, ni las tareas de este período de manera más viva que August Bebel. Obrero, supo abrirse un firme camino hacia recias convicciones socialistas y convertirse en un dirigente obrero modelo, representando y participando en la lucha de masas de los esclavos asalariados por un sistema mejor de sociedad humana”. El 4 de abril de 1914 volvió a expresarse en términos muy claros, reivindicando todavía “los grandes méritos” de la socialdemocracia alemana, “su teoría marxista, forjada en la lucha incansable”.14

Esta actitud la mantendrá hasta el 4 de agosto de 191415 ; de hecho, es bien conocido que, cuando Lenin leyó el ejemplar del Vorwärts que informaba del voto favorable a los créditos de guerra por parte del grupo parlamentario del SPD, pensó que podía tratarse de una falsificación del Estado Mayor alemán.

Los elogios de Lenin al SPD no lo convierten en un revisionista. Es parte de la historia en la que se forjó su pensamiento y acción, y arrojan luz sobre las controversias entre Rosa y el dirigente bolchevique a lo largo de años. “Si en 1903 Lenin hubiese comprendido y formulado todo lo necesario para el futuro —escribió Trotsky—, el resto de su vida no habría sido más que una reiteración”. 16

En aquellos años, las relaciones entre revolucionarios no se conducían de forma zalamera e hipócrita; ese principio reformista y oportunista de “no te metas en mi terreno y yo no me meteré en el tuyo” no tenía cabida. Lenin se consideraba un discípulo de la socialdemocracia alemana cuando trataba de construir una organización proletaria en Rusia. Obviamente no disponía del conocimiento de primera mano de Rosa Luxemburgo y carecía, por tanto, de la visión tan completa de que ella disponía.

Después de pasar años en el partido alemán, de participar activamente en la labor cotidiana, en las agrupaciones, en los congresos, de escribir en sus publicaciones; después de sus polémicas con Bernstein, con el aparato sindical y con Kautsky, Rosa Luxemburgo sabía mucho mejor que Lenin de qué pasta estaba hecha la socialdemocracia alemana, sobre todo su círculo dirigente. Sabía que detrás del “marxismo” de Kautsky, de la leyenda que le acompañaba como heredero teórico de Engels —que él se encargaba de mantener viva como editor de la revista teórica del partido—, había un hombre gastado como revolucionario y cínicamente tolerante con el poder acrecentado de la burocracia privilegiada. En todos los aspectos prácticos que implicaban dar un paso al frente contra el orden establecido, Rosa Luxemburgo y Kautsky chocaban.

Como hemos analizado, fue en 1910, en el transcurso de la discusión sobre la reforma electoral, cuando se precipitó la ruptura entre Rosa y Kautsky. Aparentemente un aspecto menor de la táctica llevó sus relaciones a un punto de no retorno. En realidad, Rosa pasó por su particular “1903”, a semejanza de lo que le ocurrió a Lenin durante el II Congreso del POSDR. En el momento que Rosa Luxemburgo rompió públicamente con Kautsky, acusándolo de abrir la puerta a un nuevo revisionismo, no obtuvo el apoyo de ningún socialdemócrata ruso. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué Lenin no mantenía una actitud lo suficientemente beligerante con el reformismo y el oportunismo? Ver las cosas de este modo es considerar la lucha política revolucionaria de una forma doctrinaria, absurda, carente de vida.

 “Lenin —escribe Trotsky— no participó en esta lucha ni apoyó a Rosa Luxemburgo hasta 1914. Para Lenin, la estatura revolucionaria de Bebel y Kautsky era infinitamente mayor que a ojos de Rosa Luxemburgo, que los observaba muy de cerca, en la acción, y estaba metida directamente en la atmósfera de la política alemana. A Lenin, la capitulación de la socialdemocracia alemana el 4 de agosto lo tomó completamente por sorpresa. Se sabe que creyó que el número de Vorwärts donde se publicó la declaración patriótica del grupo parlamentario socialdemócrata era una falsificación del Estado Mayor alemán. Sólo después de que se convenció totalmente de la horrible verdad revisó su caracterización de las tendencias fundamentales de la socialdemocracia alemana, y lo hizo a la manera leninista, de una vez y para siempre”. 17

Uno de los rasgos sobresalientes de los grandes marxistas capaces de mantenerse firmes en sus posturas principistas es su rechazo a la política de “prestigio”. Lenin siempre supo reconocer cuando se equivocaba. Y en este aspecto, Lenin admitió, sin ambigüedad, que Rosa Luxemburgo tuvo razón y que apreció mucho más claramente y mucho antes que él los síntomas y las causas del hundimiento del SPD alemán. El 27 de octubre de 1914, dos meses después de la capitulación de la socialdemocracia, Lenin le escribió a A. Shlyápnikov: “odio y desprecio a Kautsky ahora más que a todo el resto del rebaño hipócrita, roñoso, vil y autosuficiente (...) Rosa Luxemburgo tenía razón cuando escribió, hace tiempo, que Kautsky poseía en alto grado el ‘servilismo de un teórico’: dicho más claramente, fue siempre un lacayo, un lacayo de la mayoría del partido, del oportunismo”.

Si Lenin veía en el SPD el ejemplo de partido disciplinado, centralizado y dirigido por revolucionarios profesionales que quería levantar en Rusia, ¿por qué entre la fracción bolchevique no se desarrolló la deriva socialpatriota y conciliadora? Es cierto que los bolcheviques habían realizado una labor incansable de organización y propaganda entre los trabajadores rusos, una actividad desplegada en condiciones de clandestinidad, bajo el fuego de la represión policial, de la cárcel y de los destierros a Siberia. Podían haberse adaptado, como hicieron los mencheviques, pero no lo hicieron. Y la razón hay que buscarla, esencialmente, en la lucha intransigente que libraron en todos los planos contra las tendencias revisionistas, por su defensa intransigente de los principios del marxismo —por la que fueron acusados en muchas ocasiones de “sectarios”— y por las raíces que lograron establecer entre los trabajadores, que se convirtieron en la espina dorsal del bolchevismo, templaron su carácter y le proporcionaron la dureza necesaria para perseverar en sus objetivos revolucionarios:

 “Sí, los bolcheviques trabajaban tenaz e incansablemente —escribe Sujánov, que pertenecía al quebrantado partido de los mencheviques—. Estaban con las masas, en las fábricas y talleres, día tras día, de un modo permanente (...) La masa vivía y respiraba conjuntamente con los bolcheviques”. También Miliukov, el jefe del partido burgués de los kadetes, confirma esta visión: “Hablaban y obraban como hombres que se sentían apoyados por la fuerza y sabían que el día de mañana les pertenecía”. 18

La postración reformista, el socialpatriotismo y la colaboración con la burguesía prendieron en la fracción que, en teoría, se rebeló contra las formas “autoritarias” centralistas y “jacobinas” de Lenin. Los mencheviques gritaron mucho contra la “dictadura del comité central”, pero a la hora de la verdad capitularon ante la burguesía rusa, se sometieron al imperialismo y, tras la revolución de Octubre, tomaron las armas contra el Estado obrero.

Conciencia, espontaneidad, partido

Toda polémica se ve mediatizada por exageraciones que, sacadas de contexto, pueden dar lugar a más confusión que claridad, incluso distorsionar completamente el sentido de la discusión. Cuando Lenin escribió su célebre ¿Qué hacer?, dedicó una parte importante de sus reflexiones a desenmascarar las ideas oportunistas de la tendencia economicista 19 y su fetichismo respecto a la espontaneidad de las masas. Para subrayar el papel central del partido revolucionario, precisamente cuando Iskra pugnaba por unificar a todas las tendencias socialdemócratas en una sola organización para toda Rusia, Lenin llegó a afirmar que la clase obrera sólo podría desarrollar, por sus propias fuerzas, una conciencia sindical y que para ir más allá, para adquirir conciencia socialista, los trabajadores requerían de la intervención de un factor externo, el partido revolucionario.

Esta formulación era deudora de las concepciones kautskistas de la época. A finales de 1901, Karl Kautsky escribió en Die Neue Zeit:

          “Como doctrina, el socialismo tiene evidentemente sus raíces en las relaciones económicas actuales, de la misma manera que la lucha de clases proletaria. Así como esta última, proviene de la lucha contra la pobreza y la miseria de las masas, engendradas por el capitalismo. Pero el socialismo y la lucha de clases no surgen uno del otro ni se engendran recíprocamente, provienen de premisas diferentes. La conciencia socialista actual sólo puede surgir sobre la base de profundos conocimientos científicos. En efecto, la ciencia económica contemporánea es una condición de la producción socialista como, por ejemplo, la técnica moderna, y a pesar de todos sus deseos el proletariado no podrá crear ni la una ni la otra, ambas surgen del conjunto del desarrollo social contemporáneo. Luego el portador de la ciencia no es el proletariado, sino los intelectuales burgueses. Es, en efecto, en el cerebro de algunos individuos de esa categoría donde ha nacido el socialismo contemporáneo, y por medio de ellos el socialismo ha sido comunicado a los proletarios intelectualmente más desarrollados, quienes lo introducen luego, donde las condiciones lo permiten, en la lucha de clases del proletariado. La conciencia socialista es por tanto un producto importado desde fuera a la lucha de clases del proletariado, y no algo que haya surgido de ella en su origen. Así el viejo programa de 1888 del partido decía muy justamente que la tarea de la socialdemocracia es la de introducir en el proletariado la conciencia de su situación y la conciencia de su misión. No habría ninguna necesidad de hacer eso si la conciencia emanara por sí misma de la lucha de clases”. 20

Lenin expuso un punto de vista bastante similar en el ¿Qué hacer?:

           “En las huelgas de la última década del siglo pasado vemos muchos más destellos de conciencia: se formulan reivindicaciones determinadas, se calcula de antemano el momento más conveniente, se discuten los casos y ejemplos de otros lugares, etcétera. Si los motines eran simplemente levantamientos de gente oprimida, las huelgas sistemáticas representaban ya embriones de la lucha de clases, pero nada más que embriones. En sí, las huelgas eran lucha tradeunionista, no era aún lucha socialdemócrata; señalaban el despertar del antagonismo entre los obreros y los patronos, pero los obreros no tenían, ni podían tener, la conciencia de la oposición irreconciliable entre sus intereses y todo el régimen político y social contemporáneo, es decir, no tenían conciencia socialdemócrata (...) Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser introducida desde fuera. La historia de todos los países atestigua que la clase obrera, exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar del gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etcétera. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas, elaboradas por representantes instruidos de las clases poseedoras, por los intelectuales. Los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían por su posición social a los intelectuales burgueses”. 21

Esta formulación sobre la conciencia, bastante unilateral, fue rectificada y abandonada por Lenin tras la revolución de 1905, y nada semejante se encuentra en ninguno de sus escritos posteriores. El propio Lenin, en un artículo publicado doce años más tarde, rindió tributo al ¿Qué hacer? y lo situó en el contexto específico de la lucha partidaria de aquel momento:

           “¿Qué hacer? es el compendio de la táctica iskrista y de la política iskrista en materia de organización durante los años 1901 y 1902. Un ‘compendio’, ni más ni menos. Quien se tome el trabajo de revisar los archivos de Iskra de 1901 y 1902, indudablemente se convencerá de ello. Y quien juzgue este compendio sin conocer la lucha de Iskra contra el economicismo corriente, a la sazón predominante, y sin comprender esa lucha, no hará sino lanzar palabras al viento”. 22

Las polémicas teóricas y las diferencias tácticas hay que juzgarlas en el marco histórico en que se producen y analizarlas en su evolución contrastándolas con la experiencia viva de la lucha de clases. Ese método se aplica también para la llamada discusión sobre la espontaneidad, famosa palabra con la que se ha pretendido crear toda una amalgama de medias verdades, insinuaciones y acusaciones jamás demostradas que confirmarían la brecha profunda que separaba el pensamiento de Rosa Luxemburgo del de Lenin. Un estudio atento y detallado de esta supuesta polémica demuestra que, sobre todo, la leyenda fue fabricada por los epígonos estalinistas, y más tarde retomada por algunos exmarxistas pasados al campo del anarquismo. 23

La discusión sobre la espontaneidad se puede rastrear en la obra de Rosa Huelga de masas, partido y sindicatos, un alegato contra la colaboración de clases y el conservadurismo burocrático de los dirigentes del SPD y de los sindicatos. Resaltando la gran experiencia de lucha revolucionaria del movimiento huelguístico ruso, insistiendo en la enorme importancia de la acción directa de la clase obrera, que en el caso de la huelga general adquiría por razones obvias su más amplia dimensión, y contraponiéndola a la esclerosis reformista de los dirigentes sindicales alemanes, Rosa fue acusada por sus contradictores de “desviacionismo anarquista” y de dejarse arrastrar por el “espontaneísmo”.

Los ataques que encajó en 1906 fueron más tarde retomados por los estalinistas. “Rosa Luxemburgo —escribe Frölich— incurrió en una falta. Al escribir no pensó en las eminencias que corregirían sus pensamientos después de su muerte. De esta forma se pudo demostrar su ‘teoría de la espontaneidad’, con docenas de citas entresacadas de sus escritos”.

Rosa Luxemburgo y Lenin entendían perfectamente, sin necesidad de ningún manual, que la dinámica de la lucha de clases y la intervención de los revolucionarios en ella no podían ser decididas por un plan milimétrico elaborado en los despachos del partido. Ambos no se cansaban de repetir que la revolución era más compleja y diversa en acontecimientos que cualquier fórmula doctrinaria. “La historia en general, y de las revoluciones en particular, es siempre más rica de contenido, más variada de formas y aspectos, más viva y más ‘astuta’ de lo que imaginan los mejores partidos, las vanguardias más conscientes de las clases más avanzadas”.24 Esto lo escribió Lenin en 1920, e ideas semejantes se pueden encontrar en decenas de obras de Rosa Luxemburgo.

Partiendo de esa visión dialéctica, no mecánica, Rosa Luxemburgo jamás renegó del papel de la organización, del partido y, por supuesto, de la dirección revolucionaria en la orientación y en la táctica de la lucha obrera. Hablar de una Rosa Luxemburgo semianarquista es, simplemente, una grosera tergiversación que no se sostiene al leer sus escritos y observar su trayectoria vital y militante.

Cuando rompió con Kautsky en 1910, el factor que precipitó el divorcio fue la exigencia de Rosa Luxemburgo de un plan de acción para arrancar al gobierno prusiano una ley electoral progresista: “Nuestro partido debe elaborar un esquema claro y definido acerca de cómo ampliar los movimientos de masas que él mismo ha provocado (...) Las manifestaciones callejeras no son, como las demostraciones militares, solamente el comienzo de la batalla (...) la expresión del conjunto de las masas en una lucha política (...) debe reforzarse e intensificarse, debe adoptar nuevas formas y más eficaces (...) Si al partido que las manda le falta determinación y no da a las masas la consigna acertada, habrá desánimo, desaparecerá el impulso y la acción entera se desbaratará”.25

Como se puede apreciar, Rosa Luxemburgo era muy consciente del valor del partido, de su influencia decisiva para el desarrollo victorioso de la lucha de clases.

En todas las fases de su actividad militante hasta que fue asesinada —en el SDKPiL, en el SPD, en el USPD y, por supuesto, como dirigente indiscutible de la Liga Espartaquista y del Partido Comunista de Alemania—, Rosa trabajó incansablemente para construir el partido marxista. Su insistencia en la fuerza creadora de las masas, en su relevancia a la hora de inspirar y ayudar a corregir los errores del partido, representa en el pensamiento de Rosa una medida de autodefensa, una forma de enfatizar su confianza en la capacidad revolucionaria de la clase obrera frente al conservadurismo del aparato revisionista, frente a una dirección socialdemócrata que pronunciaba bellos discursos a favor del socialismo en los congresos y fechas conmemorativas, pero volvía la espalda a esas mismas ideas en la labor cotidiana.

Es cierto que Rosa no llegó a ver tan lejos como Lenin en este terreno, que no otorgó al núcleo organizado de cuadros revolucionarios el papel sobresaliente que puede y debe jugar en el desarrollo del factor subjetivo, en todo el trabajo previo, preparatorio, fundamental, que tiene que realizarse antes de llegar a una situación revolucionaria porque no puede improvisarse en el transcurso de la misma. Tenía una visión más abstracta, menos concreta y efectiva que Lenin, y esa carencia la pagó cara. Los combates cotidianos de la clase obrera, y qué decir de los grandes movimientos de masas, constituyen una escuela gigantesca en la que los trabajadores aprenden valiosas lecciones. Pero esto no excluye ni contradice el papel del partido revolucionario como educador colectivo y como factor decisivo para la victoria.

En 1940, poco antes de caer asesinado, Trotsky estaba trabajando en un texto para responder a los “sabios” que consideraban el triunfo de Franco como el fruto de la “inmadurez” política de los trabajadores y campesinos españoles, justamente cuando habían librado una lucha armada de tres años contra el fascismo. Trotsky abordó la relación entre la conciencia, las condiciones objetivas de la revolución y el papel de la dirección de una manera soberbia:

          “En realidad, la dirección no es, en absoluto, el ‘simple reflejo’ de una clase o el producto de su propia potencia creadora. Una dirección se constituye en el curso de los choques entre las diferentes clases o de las fricciones entre las diversas capas en el seno de una clase determinada. Pero tan pronto como aparece, la dirección se eleva inevitablemente por encima de la clase y por este hecho se arriesga a sufrir la presión y la influencia de las demás clases. El proletariado puede ‘tolerar’ durante bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de manifestarlo en el curso de los grandes acontecimientos. Es necesario un gran choque histórico para revelar, de forma aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la clase. Los choques históricos más potentes son las guerras y las revoluciones. Por esta razón la clase obrera se encuentra a menudo cogida de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna, la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del período precedente los cuadros revolucionarios sólidos, capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente (...)

          “En marzo de 1917, sólo una insignificante minoría de la clase obrera seguía al partido bolchevique, y además en su seno reinaba la discordia. Una aplastante mayoría de obreros sostenía a los mencheviques y a los eseristas, es decir, a los socialpatriotas conservadores. La situación del ejército y del campesinado era todavía más desfavorable. Hay que añadir, además, el bajo nivel cultural del país, la falta de experiencia política de las capas más amplias del proletariado, particularmente en provincias, por no hablar de los campesinos y de los soldados. ¿Cuál era el activo del bolchevismo? Al comienzo de la revolución sólo Lenin tenía una concepción revolucionaria clara, elaborada hasta en los más mínimos detalles. Los cuadros rusos del partido estaban desperdigados y bastante desorientados. Pero éste tenía autoridad sobre los obreros avanzados y Lenin tenía una gran autoridad sobre los cuadros del partido. Su concepción política correspondía al desarrollo real de la revolución y la ajustaba a cada nuevo acontecimiento. Estos activos hicieron maravillas en una situación revolucionaria, es decir, en condiciones de una encarnizada lucha de clases. El partido alineó rápidamente su política hasta hacerla responder a la concepción de Lenin, es decir, al auténtico curso de la revolución. Gracias a esto encontró un firme apoyo por parte de decenas de miles de trabajadores avanzados. En pocos meses, basándose en el desarrollo de la revolución, el partido fue capaz de convencer a la mayoría de los trabajadores del acierto de sus consignas. Esta mayoría, organizada en los sóviets, fue a su vez capaz de atraerse a los obreros y a los campesinos. ¿Cómo podría resumirse este desarrollo dinámico, dialéctico, mediante una fórmula sobre la ‘madurez’ o ‘inmadurez’ del proletariado?

           “Un factor colosal de la madurez del proletariado ruso, en febrero de 1917, era Lenin. No había caído del cielo. Encarnaba la tradición revolucionaria de la clase obrera. Ya que, para que las consignas de Lenin encontrasen el camino de las masas, era necesario que existiesen cuadros, por muy débiles que estos fueran en principio, era necesario que estos cuadros tuviesen confianza en su dirección, una confianza fundada en la experiencia del pasado. Rechazar estos elementos es simplemente ignorar la revolución viva, sustituirla por una abstracción, ‘la correlación de fuerzas’, ya que el desarrollo de las fuerzas no cesa de modificarse rápidamente bajo el impacto de los cambios de la conciencia del proletariado, de tal manera que las capas avanzadas atraen a las más atrasadas, y la clase adquiere confianza en sus propias fuerzas. El principal elemento, vital, de este proceso es el partido, de la misma forma que el elemento principal y vital del partido es su dirección. El papel y la responsabilidad de la dirección en una época revolucionaria son de una importancia colosal.

          “La victoria de Octubre constituye un serio testimonio de la ‘madurez’ del proletariado. Pero es relativa. Algunos años más tarde, este mismo proletariado permitió que la revolución fuese estrangulada por una burocracia surgida de sus propias filas. La victoria no es el fruto maduro de la ‘madurez’ del proletariado. La victoria es una tarea estratégica. Es necesario utilizar las condiciones favorables de una crisis revolucionaria a fin de movilizar a las masas; tomando como punto de partida el nivel determinado de su ‘madurez’, es necesario empujarle a ir hacia adelante, enseñarle a darse cuenta de que el enemigo no es omnipotente, que está desgarrado por sus contradicciones, que reina el pánico detrás de su imponente fachada. Si el partido bolchevique no hubiese conseguido llevar a buen término ese trabajo, no se podría hablar ni de revolución proletaria. Los sóviets hubiesen sido aplastados por la contrarrevolución y los pequeños sabios de todos los países habrían escrito artículos o libros cuyo motivo hubiese sido que sólo visionarios impenitentes podían soñar en Rusia con la dictadura de un proletariado tan débil numéricamente y tan poco maduro”. 26

Por mucha espontaneidad, entrega, combatividad, sacrificio y heroísmo que las masas muestren en la acción, elementos todos ellos imprescindibles para el triunfo, nada puede reemplazar a una dirección capaz de prever y de trazar una estrategia para tomar el poder. En cualquier huelga, y mucho más en una revolución, todos esos elementos no son excluyentes ni contradictorios.

Dicho esto, los que han endilgado a Rosa la autoría de una doctrina acabada de la espontaneidad no le hacen justicia a su pensamiento: “El concepto luxemburguiano de la espontaneidad es una elaboración y prolongación por otros de algunas ideas expuestas por ella. Hasta cierto punto es una exageración (...) Las ideas de Rosa fueron formándose lentamente en este respecto; a medida que aumentaba el descontento con la política que llevaba la dirección del SPD fue vigorizando el concepto de las masas enfrentadas a aquella. Pero este concepto iba indisolublemente vinculado con la acción. Según ella, la supremacía de las masas sobre la dirección tenía sentido solamente cuando aquellas favorecían la acción y ésta la inmovilidad”. 27

La lucha de Rosa Luxemburgo contra el reformismo, el conservadurismo y el oportunismo del aparato socialdemócrata oscureció, para muchos militantes de la izquierda revolucionaria alemana, el papel trascendental que debía jugar una sólida corriente de cuadros marxistas disciplinada y con raíces en el movimiento obrero. Pensar que ese fruto caería maduro por la acción de los trabajadores era un error. Una dirección revolucionaria se construye en el transcurso de arduas experiencias, de derrotas y victorias, de un duro proceso de selección. Rosa Luxemburgo insistió en numerosas ocasiones que las revoluciones responden a un proceso objetivo y material de la sociedad, una afirmación que no puede ser más cierta. Las masas pueden asaltar los cielos, pueden retener el poder temporalmente, como en la Comuna de París o en Asturias en 1934. Pero para triunfar, es decir, para que la clase obrera se haga con el poder político y comience el proceso de transformación de la sociedad, se necesita un partido que generalice la experiencia histórica del proletariado en un programa y unas tácticas que permitan, en el momento propicio, desalojar a la burguesía de su posición dirigente.

La acumulación del capital y el imperialismo

En su biografía sobre Rosa Luxemburgo, Nettl realiza una reflexión muy acertada: “Ninguna polémica sobre el socialismo terminó en ningún congreso hasta que Stalin convirtió a la policía secreta en alguaciles de los congresos, tanto para las ideas como para los hombres”.28  En la época en que vivieron Rosa Luxemburgo y Lenin era inconcebible pensar que el movimiento marxista podría dirimir sus diferencias de otra forma que no fuera la argumentación, contrastando las ideas con la experiencia práctica. El marxismo no era, ni es, una iglesia, con sus obispos, papas y la Santa Inquisición.

Las discrepancias entre Rosa Luxemburgo y Lenin se extendieron a diferentes esferas de la teoría, el programa y la táctica revolucionaria. Cuando en 1913 Rosa se decidió a plasmar sus reflexiones como profesora en la escuela del SPD en un libro que iba a titular Introducción a la economía política, tropezó con lo que ella llamó una “dificultad inesperada”: “No conseguí describir con suficiente claridad el proceso total de la producción capitalista, en todas sus relaciones prácticas y con sus limitaciones históricas objetivas. Un examen más atento del tema me convenció de que era algo más que una cuestión de mero arte de representación y que un problema aguardaba ser resuelto; éste estaba relacionado con la materia teórica del volumen II de El capital y al mismo tiempo estrechamente ligado a la actual política imperialista y a sus raíces económicas”. De este estudio surgió su obra más importante sobre economía política, La acumulación del capital (diciembre de 1913).

Ocuparnos de este asunto de manera completa va más allá del objetivo del presente trabajo. Pero, sin entrar en todos los detalles, intentaremos trazar algunos rasgos fundamentales de la discusión.

Es conocido que Lenin juzgó las ideas de Rosa sobre la reproducción ampliada de capital, las crisis y el imperialismo como “fundamentalmente erróneas” y que la polémica se mantuvo viva durante largos años. Para comprender los elementos centrales de las divergencias, es importante partir de lo que Marx señaló en sus principales escritos de economía política: que las causas de las crisis de sobreproducción no hay que buscarlas en factores externos al proceso productivo, sino que forman parte inseparable de la dinámica interna de la producción capitalista y la materialización y apropiación de la plusvalía. La camisa de fuerza que para el desarrollo de las fuerzas productivas suponen la propiedad privada de los medios de producción y la existencia del Estado nacional empujan periódicamente al sistema capitalista a sufrir crisis cíclicas, que pueden tener diferente alcance y profundidad. En palabras de Marx y Engels:

          “La historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, en forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la sobreproducción (...) Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el régimen burgués de la propiedad; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas”. 29

Las recurrentes crisis de sobreproducción y la lucha por el dominio del mundo no llevaron a Marx a defender ninguna teoría sobre una “crisis final del capitalismo”. La clase dominante siempre encontrará salidas a la decadencia orgánica de su sistema, aunque ello implique poner la civilización al borde de la destrucción.

Si esta consideración ha sido siempre un punto de partida teórico para los marxistas, la casuística de las crisis ha provocado polémicas intensas. En La acumulación del capital, Rosa Luxemburgo se interroga sobre la dinámica de las crisis de sobreproducción y el papel del imperialismo. Señala que el capitalismo no existe de forma pura, es decir, que la sociedad capitalista, dividida en asalariados y dueños de medios de producción, coexiste con otras formas económicas no capitalistas, dominantes en las colonias y en los países de desarrollo capitalista tardío. De estas zonas y países, según Rosa, provenía la demanda necesaria para resolver las dificultades que se le presentaban a la acumulación, pero al mismo tiempo creaban las condiciones para la crisis del sistema y su colapso. Llegaría un momento en que todos los territorios del planeta sería dominados por las formas de producción capitalista y la acumulación se haría inviable:

          “De este modo, mediante el intercambio con sociedades y países no capitalistas, el capitalismo va extendiéndose más y más, acumulando capitales a costa suya, al mismo tiempo que los corroe y los desplaza para suplantarlos. Pero cuantos más países capitalistas se lanzan a esta caza de zonas de acumulación y cuanto más van escaseando las zonas no capitalistas susceptibles de ser conquistadas por los movimientos de expansión del capital, más aguda y rabiosa se hace la concurrencia entre los capitales, transformando esta cruzada de expansión en la escena mundial en toda una cadena de catástrofes económicas y políticas, crisis mundiales, guerras y revoluciones.

          “De este modo el capital va preparando su bancarrota por dos caminos. De una parte, porque al expansionarse a costa de todas las formas no capitalistas de producción, camina hacia el momento en que toda la humanidad se compondrá exclusivamente de capitalistas y obreros, haciendo imposible, por tanto, toda nueva expansión y, como consecuencia de ello, toda acumulación. De esta manera, en la medida en que esta tendencia se impone, el capitalismo va agudizando los antagonismos de clase y la anarquía política y económica internacional en tales términos, que mucho antes de que se llegue a las últimas consecuencias del desarrollo económico, es decir, mucho antes de que se imponga en el mundo el régimen absoluto y uniforme de la producción capitalista, sobrevendrá la rebelión del proletariado internacional, que acabará necesariamente con el régimen capitalista”. 30

Rosa Luxemburgo cometió varios errores en esta interpretación derivados de la premisa fundamental de situar la solución a la dificultad de realizar la acumulación ampliada en una esfera externa a la producción capitalista: en la conquista y asimilación de las áreas económicas no capitalistas, es decir, en el mercado y en el consumo.

Tal como Marx explicó, el modo de producción capitalista se desarrolla e impone integrando al conjunto del planeta en un único mercado, y lo hace gracias a la socialización de la producción, la división mundial del trabajo y la expansión del comercio mundial. La tendencia inevitable a la expansión de la producción capitalista más allá de las fronteras nacionales es la consecuencia del sistema de producción de mercancías a gran escala y de la concentración de capital que lleva aparejada. En segundo lugar, la concurrencia de los capitales en el mercado mundial, y más específicamente en los países coloniales, no se debe a la imposibilidad de realizar la plusvalía en las metrópolis imperialistas, sino a la búsqueda de tasas de ganancias más elevadas y a la conquista de nuevos mercados que ello exige. Es falso argumentar que, a medida que la humanidad se va polarizando entre asalariados y capitalistas, el proceso de acumulación se vea imposibilitado; también es falsa la idea de que, llegados al punto en que la producción capitalista se hace dominante en el conjunto de planeta, sean imposibles nuevos repartos de los mercados o se haga inevitable una crisis final que impida toda nueva acumulación.

Lenin prestó gran atención a estos problemas. Su libro El desarrollo del capitalismo en Rusia fue una gran aportación a la polémica de los marxistas rusos contra los populistas31 , los cuales negaban la posibilidad de que el capitalismo triunfara en Rusia a causa de la estructura semifeudal de la propiedad agraria, el peso de la economía campesina y la pauperización de las masas campesinas. En un artículo titulado Sobre la caracterización del romanticismo económico, Lenin contesta el punto de vista de los populistas rusos y aborda otras cuestiones relacionadas con las crisis:

           “Cuando los populistas afirman que el mercado extranjero es la salida a la ‘dificultad’ con que tropieza el capitalismo para la realización del producto, no hacen más que encubrir con esta frase el triste hecho de que el ‘mercado extranjero’ es la salida a la ‘dificultad’ con que ellos tropiezan para no comprender la teoría (...) No sólo los productos que existen bajo la forma de medios de consumo, sino también aquellos que existen bajo la forma de medios de producción, todos ellos se realizan siempre entre ‘dificultades’, a través de constantes oscilaciones, cada vez más fuertes a medida que se desarrolla el capitalismo, entre una furiosa concurrencia que obliga a todo empresario a aspirar a una extensión ilimitada de la producción, rebasando las fronteras del propio estado y lanzándose en busca de nuevos mercados a países no absorbidos aún por el sistema de circulación capitalista de mercancías. Y así hemos llegado al problema de por qué el mercado extranjero es necesario para un país capitalista. No es, ni mucho menos, porque el producto no pueda realizarse en modo alguno dentro del orden capitalista. Pensar esto sería disparatado. El mercado externo es necesario porque la producción capitalista implica la tendencia a la extensión ilimitada, por oposición a todos los antiguos sistemas de producción, circunscritos a los límites de la aldea, de la heredad, de la tribu, del territorio o del estado. Mientras que en todos los antiguos sistemas económicos la producción se renovaba siempre del mismo modo y en la misma escala en que venía desarrollándose antes, bajo el régimen capitalista esta renovación es imposible y la extensión ilimitada, el perenne avance se convierte en ley de la producción”.

En el mismo texto, Lenin critica las teorías subconsumistas como explicación de las crisis, ideas que los populistas tomaron de Sismondi:

          “El análisis científico de la acumulación vino a minar todos los argumentos de esta teoría, demostrando que es precisamente en los períodos que preceden a las crisis cuando aumenta el consumo de los obreros; el consumo insuficiente (con el que se pretende explicar la crisis) ha existido bajo los más diversos sistemas económicos, mientras que las crisis son características de un sistema solamente, del capitalismo. Esta teoría [marxismo] explica las crisis mediante otra contradicción, a saber, la contradicción entre el carácter social de la producción (socializada por el capitalismo) y el carácter privado individual de la apropiación. (...) La primera teoría las explica [las crisis] partiendo de la contradicción existente entre la producción y el consumo de la clase obrera; la segunda se basa en la contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación. La primera encuentra, pues, las raíces del fenómeno fuera de la producción (...) la segunda busca estas raíces precisamente en las condiciones de la producción. (...) ¿Pero es que la segunda teoría niega la existencia de una contradicción entre la producción y el consumo, la existencia de un déficit de consumo? Evidentemente no. Reconoce plenamente este hecho pero le asigna el lugar secundario que le corresponde, como un hecho que sólo se refiere a un sector de toda la producción capitalista”. 32

En su gran obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin también contesta indirectamente al error de Rosa Luxemburgo:

           “Los capitalistas no se reparten el mundo llevados por una particular perversidad, sino porque el grado de concentración a que se ha llegado les obliga a seguir este camino para obtener beneficios; y se lo reparten ‘según el capital’, ‘según la fuerza’; otro procedimiento de reparto es imposible en el sistema de la producción mercantil y el capitalismo (...) el rasgo característico del período que nos ocupa es el reparto definitivo del planeta, definitivo no en el sentido de que sea imposible repartirlo de nuevo —al contrario, nuevos repartos son posibles e inevitables—, sino en el de que la política colonial de los países capitalistas ha terminado ya la conquista de todas las tierras no ocupadas que había en nuestro planeta. Por primera vez, el mundo se encuentra ya repartido, de modo que lo que en adelante puede efectuarse son únicamente nuevos repartos, es decir, el paso de territorios de un ‘propietario’ a otro”. 33

La polémica teórica implicó a muchos más dirigentes de la época, como Kautsky o Bujarin. Era natural que fenómenos económicos e históricos complejos, que se estaban desarrollando precisamente en ese momento y de los que no había antecedentes prácticos, agudizaran la inquietud intelectual de muchos. Obviamente, en las discusiones también afloraban puntos de vista que reflejaban posturas de clase enfrentadas, pero en cualquier caso la discusión era una manera clara de avanzar y fortalecer el punto de vista del proletariado revolucionario.

Toda polémica puede servir a fines burocráticos, por supuesto. Y la postura de Rosa Luxemburgo sobre la teoría de la acumulación y del imperialismo fue utilizada —¡cómo no!— como munición por el estalinismo. La dirigente comunista alemana Ruth Fischer, en concordancia con los nuevos aires que soplaban en la dirección de la Internacional Comunista estalinizada, entonó la condena pública de Rosa: “El partido alemán basó su teoría y práctica en lo principal de la teoría luxemburguiana de la acumulación, y ésta es la fuente de todos los errores, todas las teorías de la espontaneidad, todas las concepciones erróneas de los problemas organizativos”. 34 ¡Los nuevos oráculos del partido “único y monolítico” habían hablado!

El derecho de las naciones a la autodeterminación

En el siguiente capítulo abordaremos las críticas de Rosa Luxemburgo a la revolución rusa y su postura acerca de la nueva Internacional preconizada por Lenin. Pero antes de terminar nos referiremos a la disputa en torno a la cuestión nacional, de la que ya hemos hablado anteriormente.

La cuestión nacional enfrentó durante años a Rosa Luxemburgo con Lenin. Desde sus primeros trabajos acerca del desarrollo industrial de Polonia, pasando por sus textos sobre la cuestión nacional polaca en lucha abierta con los dirigentes del PPS y por su negativa a aceptar el apartado del programa del POSDR donde se defendía el derecho de las naciones a la autodeterminación, Rosa Luxemburgo elaboró toda una doctrina “negativa” respecto a la cuestión nacional.

Recriminando a los bolcheviques por reconocer ese derecho, que en su opinión equivalía en la práctica a apoyar el nacionalismo burgués de las naciones oprimidas, Rosa Luxemburgo se equivocó, y mucho, en una cuestión teórica fundamental para el marxismo. Como la revolución demostró en la práctica, los movimientos de emancipación nacional pueden constituir una poderosa palanca en el combate por la liberación del conjunto de los oprimidos, a condición de que estén ligados, como una parte indisoluble, a la lucha contra la opresión capitalista y por el socialismo. Los escritos de Lenin son muy claros, aunque muchos los hayan olvidado. Citaremos sólo un fragmento relevante de su trabajo más representativo:

          “La burguesía, que actúa, como es natural, en los comienzos de todo movimiento nacional como fuerza hegemónica (dirigente) del mismo, llama labor práctica al apoyo a todas las aspiraciones nacionales. (...) En el problema nacional, toda burguesía desea o privilegios para su nación o ventajas exclusivas para ésta; precisamente eso es lo que se llama ‘práctico’. El proletariado está en contra de toda clase de privilegios, en contra de todo exclusivismo. Exigirle ‘practicismo’ significa ir a remolque de la burguesía, caer en el oportunismo.

           “¿Contestar ‘sí o no’ en lo que se refiere a la separación de cada nación? Parece una reivindicación sumamente ‘práctica’. Pero, en realidad, es absurda, metafísica en teoría y conducente a subordinar el proletariado a la política de la burguesía en la práctica. La burguesía plantea siempre en primer plano sus reivindicaciones nacionales. Y las plantea de un modo incondicional. El proletariado las subordina a los intereses de la lucha de clases. Teóricamente no puede garantizarse de antemano que la separación de una nación determinada o su igualdad de derechos con otra nación ponga término a la revolución democrática burguesa. Al proletariado le importa, en ambos casos, garantizar el desarrollo de su clase; a la burguesía le importa dificultar este desarrollo, supeditando las tareas de dicho desarrollo a las tareas de su nación. Por eso el proletariado se limita a la reivindicación negativa, por así decir, de reconocer el derecho a la autodeterminación, sin garantizar nada a ninguna nación ni comprometerse a dar nada a expensas de otra nación (...)

          “En aras del ‘practicismo’ de sus reivindicaciones, la burguesía de las naciones oprimidas llamará al proletariado a apoyar incondicionalmente sus aspiraciones. ¡Lo más práctico es decir un ‘sí’ categórico a la separación de tal o cual nación, y no al derecho de todas las naciones, cualesquiera que sean, a la separación! El proletariado se opone a semejante practicismo: al reconocer la igualdad de derechos y el derecho igual a formar un Estado nacional, aprecia y coloca por encima de todo la unión de los proletarios de todas las naciones, evalúa toda reivindicación nacional y toda separación nacional con la mira puesta en la lucha de clase de los obreros. La consigna del practicismo no es, en realidad, sino la de adoptar sin crítica las aspiraciones burguesas”. 35

En este asunto, Rosa Luxemburgo pasaba por alto las lecciones de la historia del movimiento obrero. Desde que se sentaron sus bases teóricas, el socialismo científico siempre ha prestado una gran atención a la cuestión nacional y a la lucha de las nacionalidades oprimidas por su liberación. Marx y Engels adoptaron ante el problema nacional el punto de vista del proletariado revolucionario: “Un pueblo que oprime a otro nunca puede ser libre”. En la extensa producción teórica de ambos hay numerosos textos y llamamientos que implican la defensa de los derechos democráticos nacionales: la unificación de la nación alemana a través de la revolución, la lucha del pueblo irlandés contra el yugo imperialista británico, el apoyo a la independencia de Polonia frente al absolutismo ruso, la emancipación nacional de las colonias...

Marx y Engels inscribieron la lucha por el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas en la bandera del socialismo. Una declaración rotunda contra cualquier tipo de opresión, que en ningún caso supuso que el marxismo claudicara ante el nacionalismo burgués y pequeñoburgués. Al contrario, la esencia misma del programa marxista es el internacionalismo proletario, la unión de la clase obrera por encima de las fronteras nacionales contra un enemigo que se organiza internacionalmente, la clase capitalista, y que ha creado un único mercado económico mundial. El grito de guerra de la Primera Internacional —Proletarios de todo el mundo, ¡uníos!— es la expresión más acabada de esta postura de clase.

Crítica de la revolución rusa

Lenin tenía la absoluta convicción de que la revolución rusa sería la partera de la nueva internacional proletaria, y obligaría a los internacionalistas de toda Europa y del resto del mundo a romper definitivamente con los socialpatriotas y los conciliadores tipo Kautsky. No se equivocaba. En el caso de Alemania, la revolución de Octubre y el ejemplo de los bolcheviques causaron un tremendo impacto.

Todo lo que se ha escrito presentando a Rosa Luxemburgo como adversaria de los bolcheviques y extremadamente hostil a los “métodos” de la revolución rusa dista mucho de ser verdad. Los ejemplos de solidaridad política y de respeto mutuo entre los dos revolucionarios son abundantes, aunque hayan sido interesadamente enterrados por los estalinistas y los socialdemócratas.

Como señala Trotsky: “En su artículo Contribución a la historia del problema de la dictadura (octubre de 1920), Lenin, refiriéndose a los problemas del Estado soviético y de la dictadura del proletariado planteados ya por la revolución de 1905, escribió: ‘Figuras tan destacadas del proletariado revolucionario y del marxismo no falsificado como Rosa Luxemburgo apreciaron en el acto la importancia de esta experiencia práctica e hicieron un análisis crítico de ella en asambleas y en la prensa’. Por el contrario, ‘hombres del tipo de los futuros ‘kautskianos’ (...) revelaron una incapacidad completa para comprender la importancia de esta experiencia’. En unas cuantas líneas, Lenin rinde plenamente el tributo de su reconocimiento a la significación histórica de la lucha de Rosa Luxemburgo contra Kautsky, lucha que él mismo estuvo lejos de evaluar inmediatamente en toda su importancia”. 36

Rosa Luxemburgo escribió un texto sobre la revolución rusa 37 con toda una serie de consideraciones críticas, que se convirtió, gracias a los manejos de los estalinistas y los socialdemócratas, en ariete de una leyenda que la presenta como una persona hostil al bolchevismo. Ese trabajo, realizado en condiciones extremadamente difíciles durante su confinamiento en la cárcel, sin mucha información a su disposición, sólo vio la luz una vez que fue asesinada, y por un acto de resentimiento político de Paul Levi, exdirigente de la Liga Espartaquista y del KPD, tras romper con la Internacional Comunista en 1922. 38

Lo que ocultan deliberadamente los autores de esta leyenda, incluidos algunos que desde posiciones anarquistas se quieren apropiar de su figura, es el acercamiento visible, y bastante consciente, de Rosa Luxemburgo al bolchevismo a medida que se desarrollaban los acontecimientos revolucionarios en Alemania. Pero no se trata de buscar ninguna justificación a lo que era una actitud de independencia de pensamiento, de búsqueda rigurosa de la verdad, aunque eso incluyese la comisión de errores. En este material crítico se puede observar, sin ningún género de ambigüedad, el apoyo entusiasta de Rosa Luxemburgo a los bolcheviques y al triunfo del Octubre soviético:

          “La fortuna de la revolución rusa dependía por entero de los acontecimientos internacionales, y el hecho de que los bolcheviques hayan condicionado por completo su política a la revolución mundial del proletariado es, precisamente, el testimonio más brillante de su perspicacia, de la solidez de sus principios y de la audacia de su política (...)

          “En tal situación, corresponde a los bolcheviques el mérito histórico de haber proclamado desde el principio y defendido con tenacidad férrea la única táctica que podía salvar a la democracia e impulsar progresivamente a las masas de obreros y campesinos, ponerlo en manos de los sóviets era, de hecho, la única salida a las dificultades en que se hallaba la revolución, era el tajo decisivo que permitiría cortar el nudo gordiano y ayudaría a sacar a la revolución del callejón sin salida, abriendo ante ella la perspectiva amplia de una expansión posterior sin límites. El partido de Lenin era, por tanto, el único que comprendía los intereses auténticos de la revolución en aquel período primero; era el elemento impulsor de la misma por ser el único partido que aplicaba una política verdaderamente socialista. Así se explica también que los bolcheviques, una minoría proscrita, calumniada y acosada por todos lados al principio de la revolución, pasaran en un tiempo mínimo a dirigirla, concentrando bajo sus banderas a todas las verdaderas masas populares. El proletariado urbano, el ejército, el campesinado, así como los elementos revolucionarios de la democracia y el ala izquierda de los eseristas (...)

          “El partido de Lenin fue el único que comprendió el mandamiento y el deber de un partido auténticamente revolucionario, el único que aseguró el avance de la revolución gracias a la consigna: todo el poder para el proletariado y el campesinado. De esta forma han conseguido resolver los bolcheviques la cuestión famosa de la ‘mayoría del pueblo’, que atormenta como una pesadilla a los socialdemócratas alemanes. Discípulos fervientes del cretinismo parlamentario, se limitan a aplicar a la revolución las trivialidades de su casa cuna parlamentaria: si se quiere conseguir algo hay que tener antes la mayoría. Lo mismo sucede con la revolución: primero tenemos que ser una ‘mayoría’. Sin embargo, la verdadera dialéctica de la revolución invierte el sentido de esa banalidad parlamentaria: no es la mayoría la que lleva a la táctica revolucionaria, sino la táctica revolucionaria la que lleva a la mayoría. Únicamente un partido que sabe dirigir, o sea, impulsar hacia delante, se gana a los seguidores en su avance. La decisión con que Lenin y sus camaradas han dado en el momento preciso la única consigna progresiva de todo el poder al proletariado y a los campesinos, han hecho que, casi de la noche a la mañana, su partido pase de ser una minoría perseguida, calumniada e ilegal, cuyo dirigente, como Marat, tenía que esconderse en los sótanos, a convertirse en el amo absoluto de la situación.

          “Asimismo, los bolcheviques se han apresurado a formular, como objetivo de su toma del poder, el programa revolucionario más completo y de mayor trascendencia, es decir, no el afianzamiento de la democracia burguesa, sino la dictadura del proletariado a fin de realizar el socialismo. Así han ganado el mérito histórico imperecedero de haber proclamado por primera vez los objetivos finales del socialismo como programa inmediato de la política práctica. Lenin, Trotsky y sus camaradas han demostrado que tienen todo el valor, la energía, la perspicacia y la entereza revolucionaria que quepa pedir a un partido a la hora histórica de la verdad. Los bolcheviques han mostrado poseer todo el honor y la capacidad de acción revolucionarios [de que carece] la socialdemocracia europea; su sublevación de octubre no ha sido solamente una salvación real de la revolución rusa, sino que ha sido, también, la salvación del honor del socialismo internacional”. 39

Estas frases no dejan lugar a duda de la consideración abiertamente favorable de Rosa Luxemburgo hacia los bolcheviques y la revolución de Octubre. Sin embargo, el escrito también plantea discrepancias que deben tenerse en cuenta, pues en base a ellas se ha ido tejiendo la leyenda de una Rosa Luxemburgo antibolchevique y antileninista.

¿Cuáles eran las críticas que Rosa realizó a los bolcheviques en el poder? Los aspectos más relevantes son: 1) La política agraria. 2) La defensa de los bolcheviques del derecho de autodeterminación de las naciones. 3) La disolución de la Asamblea Constituyente. 4) La cuestión de la democracia y el Estado obrero.

Rosa Luxemburgo criticaba que los bolcheviques hubieran aplicado el programa agrario de los eseristas (reparto de la propiedad) y no el comunista (nacionalización y socialización de la tierra). Rosa expresaba así su postura:

           “la nacionalización de los latifundios, única que puede conseguir la concentración técnica progresiva de los medios y métodos agrarios de producción que, a su vez, ha de servir como base del modo de producción socialista en el campo. Si bien es cierto que no es preciso confiscar su parcela al pequeño campesino y que se puede dejar a su libre albedrío la decisión de aumentar su beneficio económico, primeramente mediante la asociación libre en régimen de cooperativa y, luego, mediante su integración en un conjunto social de empresa, también lo es que toda reforma económica socialista en el campo tiene que empezar con la propiedad rural grande y mediana; tiene que transferir el derecho de la propiedad a la nación o, si se quiere, lo que es lo mismo, tratándose de un gobierno socialista, al Estado, puesto que solamente esta medida garantiza la posibilidad de organizar la producción agrícola según criterios socialistas, amplios e interrelacionados (...) la consigna de ocupación y reparto inmediato de las tierras entre los campesinos, lanzada por los bolcheviques (...) no solamente no es una medida socialista, sino que es su opuesto, y levanta dificultades insuperables ante el objetivo de transformar las relaciones agrarias en un sentido socialista”. 40

La crítica de Rosa era fundamentada pero, como solía decir Marx parafraseando al Fausto de Goethe: “la teoría es gris, pero el árbol de la vida es verde”. En condiciones favorables, la nacionalización de la tierra hubiera sido el medio más racional para elevar la productividad del trabajo en el campo y favorecer una rápida acumulación de excedente agrícola. De esta manera, qué duda cabe, se hubiera propiciado un rápido progreso de la economía socialista en su conjunto. Pero las condiciones de Rusia en 1917 no eran normales.

La guerra había provocado una dislocación del aparato económico y los campesinos, que, hastiados de las promesas incumplidas por los eseristas y mencheviques, se habían sublevado a partir de agosto de 1917 contra los terratenientes, depositaron sus esperanzas en los bolcheviques. En esas circunstancias, para mantener la alianza revolucionaria con el campesinado era necesario mostrar la máxima determinación y dar respuesta a sus aspiraciones, y estas estaban centradas en la toma y el reparto de las tierras. Hacer otra cosa, en ese momento crucial, hubiese significado enajenar el apoyo del campesinado a la revolución.

Lenin era consciente de esta concesión (y de otras que también hubo que hacer), pero las entendía como un fenómeno temporal y fácilmente resolubles en la medida que el Estado obrero se consolidara y la revolución socialista se extendiera a la Europa industrial, especialmente a Alemania. De esta manera, el auxilio de las economías más avanzadas permitiría acabar con el atraso del campo ruso y, a través de la llegada de maquinaria agrícola, de técnicas modernas de explotación agropecuarias, de personal cualificado, se podría demostrarle al campesinado, en la práctica y no sólo en la teoría, que la colectivización y la socialización de la tierra ofrecían muchas más ventajas que inconvenientes.

El desarrollo posterior de los acontecimientos siguió el curso más adverso de los que Lenin podía haber previsto. Con el fracaso de la revolución europea y el aislamiento de la revolución rusa, el problema campesino se hizo recurrente y las tendencias pequeñoburguesas que el reparto de la tierra había alimentado, tal como Rosa había advertido en su escrito, se volvieron un obstáculo objetivo para el avance del socialismo. En el fondo, el problema seguía siendo el atraso material de la economía rusa y la imposibilidad de resolver esa contradicción en el marco nacional. El socialismo no se puede construir en un solo país.

Sobre la puesta en práctica por los bolcheviques del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas por el zarismo, la postura de Rosa no era más que una continuación de sus errores anteriores: “En lugar de prevenir a los proletarios para que vean en todo separatismo un puro ardid burgués, los bolcheviques han desorientado a las masas de todos los países periféricos con sus consignas y las han entregado a la demagogia de las clases burguesas; a través de esta reivindicación nacionalista, han preparado y ocasionado la propia desintegración de Rusia y, de este modo, han puesto en manos del enemigo el cuchillo que este hundiría en el corazón de la revolución rusa”. 41

Lenin ya había combatido estas posturas en su célebre libro El derecho de las naciones a la autodeterminación, que arranca polemizando con Rosa Luxemburgo sobre el tema. Mientras Rosa Luxemburgo interpretaba que esa reivindicación ayudaba a los intereses nacionalistas de la burguesía polaca, Lenin argumentaba lo contrario: que la defensa del derecho a la autodeterminación, unido a otros puntos programáticos, era precisamente la mejor manera de contrarrestar la influencia del nacionalismo burgués sobre las masas obreras y campesinas de las nacionalidades oprimidas.

Ahora bien, la defensa de Lenin del derecho a la autodeterminación, que incluye el derecho a la separación, es sólo una parte de la postura marxista sobre la cuestión nacional. Es importante remarcar que, para Lenin, el derecho a la autodeterminación no significaba alentar la independencia. Los bolcheviques luchaban de forma clara y rotunda contra cualquier opresión nacional y, al mismo tiempo, por la máxima unidad de la clase obrera:

          “Acusar a los partidarios de la libertad de autodeterminación, es decir, de la libertad de separación, de que fomentan el separatismo es tan necio e hipócrita como acusar a los partidarios de la libertad de divorcio de que fomentan el desmoronamiento de los vínculos familiares. Del mismo modo que en la sociedad burguesa impugnan la libertad de divorcio los defensores de los privilegios y de la venalidad, en los que se funda el matrimonio burgués, negar en el Estado capitalista la libertad de autodeterminación, es decir, de separación de las naciones, no significa otra cosa que defender los privilegios de la nación dominante y los procedimientos policíacos de administración en detrimento de los democráticos (...)

          “Los intereses de la clase obrera y de su lucha contra el capitalismo exigen una completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las naciones, exigen que se rechace la política nacionalista de la burguesía de cualquier nación. Por ello sería apartarse de las tareas de la política proletaria y someter a los obreros a la política de la burguesía, tanto el que los socialdemócratas se pusieran a negar el derecho a la autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse, como el que se pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las naciones oprimidas. Al obrero asalariado tanto le da que su principal explotador sea la burguesía rusa más que la alógena, como la burguesía polaca más que la hebrea, etc. Al obrero asalariado que haya adquirido conciencia de los intereses de su clase le son indiferentes tanto los privilegios estatales de los capitalistas rusos como las promesas de los capitalistas polacos o ucranianos de instaurar el paraíso en la tierra cuando ellos gocen de privilegios estatales. El desarrollo del capitalismo prosigue y proseguirá, de uno u otro modo, tanto en un estado heterogéneo unido como en estados nacionales separados”. 42

Sin una lucha consecuente contra la opresión nacional, sin un programa cuyos fundamentos se encuentran en El derecho de las naciones a la autodeterminación, para los bolcheviques hubiera sido imposible ganar a las masas de las nacionalidades oprimidas —en su mayoría campesinas— para la causa de la revolución socialista, y por lo tanto hubiera sido muy difícil que el Octubre soviético hubiera triunfado. Así, las tesis de Lenin sobre la cuestión nacional superaron la prueba de la práctica. Con toda razón, Trotsky escribió en su Historia de la revolución rusa que “cualesquiera que sean los destinos ulteriores de la Rusia soviética (...) la política nacional de Lenin entrará para siempre en el patrimonio de la humanidad”.

Rosa Luxemburgo tenía información muy parcial y carecía de datos veraces sobre las acciones de los mencheviques y eseristas contra el poder revolucionario y la colaboración de muchos de sus dirigentes con los generales blancos. Los párrafos de su crítica a la disolución de la Asamblea Constituyente han sido divulgados por los partidos socialdemócratas como la “prueba” definitiva del “espíritu democrático” del socialismo luxemburguista, frente al autoritarismo leninista que ya “presagiaba” lo que ocurriría después bajo el estalinismo.

“Es un hecho innegable —escribe Rosa— que, hasta la victoria de octubre, Lenin y sus camaradas estuvieron exigiendo, con toda intransigencia, la convocatoria de una asamblea constituyente y que, precisamente, la política dilatoria del gobierno de Kerensky en este aspecto daba pies a las acusaciones de los bolcheviques, formuladas con los improperios más vehementes. En su interesante obrita De la revolución de Octubre hasta el tratado de paz de Brest, Trotsky llega a decir que la rebelión de octubre había sido precisamente ‘una salvación para la constituyente’ y para la revolución en general. ‘Y cuando nosotros decíamos —continúa— que el camino hacia la asamblea constituyente no pasaba por el preparlamento de Tsereteli, sino por la conquista del poder por los sóviets, teníamos toda la razón’. Sin embargo, después de todas estas declaraciones, el primer paso de Lenin, después de la revolución de Octubre, resulta ser el desmembramiento de esa misma asamblea constituyente que había de traer la propia revolución”. 43

Rosa proponía una suma de los sóviets (los órganos del poder obrero) más la Asamblea Constituyente (un órgano institucional burgués), lo que en esencia significaba reproducir el doble poder que había existido entre febrero y octubre: “Los sóviets son la base, pero también lo son la constituyente y el derecho al sufragio universal”.44  La lucha por la Asamblea Constituyente era una consigna democrático-burguesa, pero esa fase de la revolución había sido ampliamente superada con el triunfo de octubre.

Irónicamente, este aspecto de la controversia se le presentó a Rosa en “términos alemanes”. Cuando la revolución avanzaba después del levantamiento de noviembre de 1918 y los dirigentes socialdemócratas oponían la consigna de “Asamblea Constituyente” a la de “República socialista de los consejos” propugnada por los espartaquistas, Rosa denunció la postura de los dirigentes centristas del USPD, que, pretendiendo contentar a todos, lanzaron el lema “Consejos obreros y asamblea nacional”: “Quienquiera que ruegue por una Asamblea Nacional —escribió Rosa en un artículo el 20 de noviembre de 1918— está degradando, consciente o inconscientemente, la revolución al nivel histórico de una revolución burguesa; es un agente camuflado de la burguesía o un representante inconsciente de la pequeña burguesía”.

La polémica sobre este asunto volvió a reproducirse en el congreso fundacional del Partido Comunista de Alemania, en diciembre de 1918. En ese momento Rosa ya no cuestionaba la disolución de la Asamblea Constituyente en Rusia por parte de los bolcheviques, pero sí alertó a los militantes comunistas alemanes de querer realizar una mala copia de las tácticas bolcheviques al exigir la disolución y el boicot a la Asamblea Constituyente convocada por Ebert y Scheidemann, sin antes contar con unos sóviets (consejos) dirigidos por los comunistas y un gobierno revolucionario como el de Lenin y Trotsky en Rusia.

Estas críticas, que hemos tratado sucintamente, no impidieron que Rosa Luxemburgo afirmase que la mayor parte de las carencias manifestadas por los bolcheviques había que achacarlas al aislamiento de la revolución rusa y que, a este respecto, la socialdemocracia internacional era la principal responsable. Ese es el aspecto esencial, que Rosa no dejó de remarcar y que algunos, muy interesadamente, omiten:

          “Los bolcheviques han demostrado que son capaces de hacer todo lo posible para un partido verdaderamente revolucionario al límite de las posibilidades históricas. Nadie debe pedirles milagros; porque un milagro sería que se pudiera realizar una revolución proletaria modélica irreprochable en un país aislado, agotado por la guerra mundial, agobiado por el imperialismo (...) Lo importante es distinguir lo esencial de lo no esencial, el meollo de lo ocasional, en la política de los bolcheviques (...) El problema más importante del socialismo no es esta o aquella cuestión menor de la táctica, sino la capacidad de acción del proletariado, la energía de las masas, la voluntad de poder del socialismo como tal. En ese sentido, Lenin, Trotsky y sus amigos fueron los primeros, los que fueron a la cabeza como ejemplo para el proletariado mundial; son todavía los únicos, hasta ahora, que pueden clamar con Hutten: ¡Yo osé! (...) Este es el aspecto esencial y perenne de la política de los bolcheviques, a los que corresponde el mérito histórico imperecedero de mostrar el camino al proletariado mundial en lo relativo a la conquista del poder político y los temas prácticos de la realización del socialismo, así como de haber impulsado poderosamente el enfrentamiento entre el capital y el trabajo en todo el mundo (...) En este sentido, el futuro pertenece en todas partes al ‘bolchevismo”. 45

Unos meses después de escribir estas líneas, Rosa Luxemburgo fue liberada de prisión y se volcó con todas sus energías en el proceso revolucionario. La experiencia práctica de aquellas jornadas gloriosas le suministró nuevos enfoques y argumentos. Había reflexionado profundamente y sus posturas fueron cambiando. Cuando la mayoría de sus viejos camaradas de armas en el SDKPiL estaban ya trabajando estrechamente con los bolcheviques, uno de los dirigentes polacos que más relación había tenido con Rosa, Warszawski, le interrogaba sobre el poder soviético. En su carta de respuesta, fechada en noviembre de 1918, Rosa escribió lo siguiente:

 “Si nuestro partido [en Polonia] está entusiasmado con el bolchevismo y al mismo tiempo se ha manifestado contrario a la paz de Brest y a su agitación con la consigna ‘autodeterminación de los pueblos’, se trata de entusiasmo aparejado con sentido crítico. ¿Qué más podemos pedir? Yo también he compartido todas tus reservas y dudas, pero las he abandonado en las cuestiones más importantes, y en otras no he llegado tan lejos como tú. Es cierto que el terrorismo* denota una gran debilidad, pero va dirigido contra los enemigos internos que basan sus esperanzas en la subsistencia del capitalismo fuera de Rusia y que reciben de él apoyo y ánimos. Si se produjese la revolución europea, los contrarrevolucionarios rusos no sólo perderán este apoyo, sino también —cosa mucho más importante— el valor. El terror bolchevique es ante todo una manifestación de la debilidad del proletariado europeo. Es cierto que la situación agraria creada es el punto más grave y peligroso para la revolución rusa. Pero aquí también se aplica esa gran verdad de que la revolución más grande sólo puede llevar a cabo aquello que está maduro. Esta herida sólo puede ser curada a través de la revolución europea. ¡Y esta llegará!”. 46

Paul Nettl, el autor de una de las biografías más completa y detallada de la revolucionaria polaca, también da su opinión al respecto: “[Rosa Luxemburgo] siempre había postulado con la mayor energía que muchos de los malos aspectos de la revolución rusa se fundirían en el crisol de una revolución europea; el advenimiento de esa revolución alteraba automáticamente el contexto de la mayoría de sus observaciones. Con eso, los problemas que le habían preocupado en el verano de 1918 cesaban de ser tan importantes. El caso es que todas las pruebas señalan que estaba dispuesta y ansiosa por colaborar con los rusos, por aprender de su experiencia y agitar lo más vigorosamente que le fuera posible a favor de un enlace entre la Rusia revolucionaria y la Alemania revolucionaria”. 47

Un “águila del socialismo”

Hasta el triunfo de la reacción estalinista, el bolchevismo se caracterizó por una intensa y fecunda discusión ideológica. La idea de un partido monolítico apoyado en un régimen interno asfixiante, en el que la dirección se arropa de una aureola de infalibilidad y el culto a la personalidad es el eje de la vida partidaria, es una caricatura forjada en una tradición ajena por completo al marxismo y el leninismo. Evidentemente, la escuela de falsificación estalinista se encargó también de manipular y tergiversar el pensamiento de Rosa, hasta llegar a proscribirlo en la URSS bajo la acusación de “desviación trotskista”.

Las referencias negativas de Stalin hacia Rosa Luxemburgo no dejaron de reproducirse y utilizarse en todas las secciones de la Internacional Comunista burocratizada. En un artículo de 1931, Stalin afirma sin el menor escrúpulo:

           “En 1905 se desarrollaron las discrepancias entre bolcheviques y mencheviques en Rusia sobre el carácter de la revolución rusa. Los bolcheviques defendían la idea de la alianza de la clase obrera con los campesinos bajo la hegemonía del proletariado. Los bolcheviques afirmaban que se debía ir hacia la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos, con el fin de pasar inmediatamente de la revolución democrático-burguesa a la revolución socialista, asegurándose el apoyo de los campesinos pobres. Los mencheviques en Rusia rechazaban la idea de la hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa. A la política de alianza de la clase obrera con los campesinos, preferían la política de componendas con la burguesía liberal, y tildaron la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos de esquema reaccionario blanquista, en pugna con el desarrollo de la revolución burguesa. ¿Qué actitud adoptaron respecto a estas discusiones los izquierdistas de la socialdemocracia alemana, Parvus y Rosa Luxemburgo? Inventaron un esquema utópico y semimenchevique de revolución permanente (imagen deformada del esquema marxista de la revolución) penetrado hasta la médula por la negación menchevique de la alianza entre la clase obrera y los campesinos, y lo contrapusieron al esquema bolchevique de la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y los campesinos. Más tarde, este esquema semimenchevique de la revolución permanente fue adoptado por Trotsky (y en parte por Mártov) y convertido en arma de lucha contra el leninismo”. 48

Se ha escrito mucho sobre las divergencias “irreconciliables” entre Rosa Luxemburgo y Lenin, pero un estudio serio y libre de prejuicios de su obra y su acción revolucionaria, no puede sino llevarnos a una conclusión: existe una comunidad incuestionable en el pensamiento político de ambos. Lenin jamás dudó de esto y siempre consideró a Rosa Luxemburgo una dirigente única del marxismo internacional.

Un veterano de la izquierda italiana, Lelio Basso, fundador del Partido Socialista de Unidad Proletaria en 1963, escribió un libro sobre el pensamiento de Rosa Luxemburgo. En la presentación refiere un hecho que es mucho más que una simple anécdota: “En cuanto al grado de consideración que Lenin tenía por Rosa Luxemburgo, puede constatarse fácilmente por la presencia de gran cantidad de escritos luxemburguistas en su biblioteca, cuyo catálogo se ha publicado recientemente en Moscú [ofrece una larga y detallada lista de los escritos de Rosa presentes en la biblioteca de Lenin] (...) Había, en fin, otros ensayos de Rosa Luxemburgo comprendidos en recopilaciones de varios autores, dos volúmenes escritos en su honor y publicados respectivamente en Petrogrado en 1919 y en Moscú en 1921 (el primero también en honor de Liebknecht), una bibliografía rusa sobre Rosa Luxemburgo y Liebknecht, publicada en Petrogrado en 1922, un volumen de Zetkin sobre Rosa Luxemburgo, traducciones polacas, etc. Al menos doce de dichos volúmenes estaban en el despacho de trabajo de Lenin, o sea, entre los volúmenes que Lenin tenía siempre al alcance de la mano”. 49

Para terminar. Lenin sabía muy bien lo que decía cuando se refería a Rosa Luxemburgo. Su bagaje teórico le permitía ver su grandeza y no obviar sus faltas, pero lo hacía a la manera de un revolucionario:

 “Paul Levi quiere hacer buenas migas con la burguesía —y en consecuencia con sus agentes, las internacionales Segunda y Segunda y Media— publicando los escritos de Rosa Luxemburgo en los que ella se equivocó. A esto responderemos con una frase de una vieja fábula rusa: ‘A veces las águilas vuelan más bajo que las gallinas, pero una gallina jamás podrá elevarse tan alto como un águila’. Rosa Luxemburgo se equivocó respecto de la independencia de Polonia; se equivocó en 1903 en su análisis del menchevismo; se equivocó en la teoría de la acumulación de capital; se equivocó en junio de 1914 cuando, junto con Plejánov, Vandervelde, Kautsky y otros, abogó por la unidad de bolcheviques y mencheviques; se equivocó en lo que escribió en prisión en 1918 (corrigió la mayoría de estos errores cuando salió en libertad). Pero a pesar de sus errores fue —y para nosotros sigue siendo— un águila. Y no solamente su recuerdo será siempre venerado por los comunistas de todo el mundo, sino que su biografía y la edición de sus obras completas (en lo que los comunistas alemanes se retrasan inexplicablemente, lo que en parte se puede disculpar pensando en la insólita cantidad de víctimas que han registrado en su lucha) representarán una valiosa lección para la educación de muchas generaciones de comunistas de todo el mundo. ‘Desde el 4 de agosto de 1914, la socialdemocracia alemana es un cadáver putrefacto’. Esta frase hará famoso el nombre de Rosa Luxemburgo en la historia del movimiento obrero”. 50

NOTAS

1  En Un paso adelante, dos pasos atrás, Lenin realiza un detallado análisis del II Congreso del POSDR, para caracterizar la escisión entre bolcheviques y mencheviques y explicar la naturaleza oportunista y reformista de la fracción encabezada por Mártov y Axelrod.

2  El II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR se celebró del 30 de julio al 23 de agosto de 1903. Se reunió primero en Bruselas y después en Londres. La composición del congreso no fue homogénea. Asistieron no sólo los partidarios de Iskra, sino también sus adversarios. Las cuestiones más importantes del congreso fueron la aprobación del programa y de los estatutos del POSDR y la elección de los organismos dirigentes del partido. En el congreso se produjo la primera ruptura fundamental entre el ala dura mayoritaria (bolcheviques), encabezada por Lenin, y el ala blanda minoritaria (mencheviques), agrupada en torno a Mártov y Axelrod, a los que más tarde se sumó Plejánov.

3  Nettl, Paul: Rosa Luxemburgo, Ediciones Era, México, 1974. p. 231.

4  Citado en Nettl, p. 237.

5  Ibíd., p. 241.

6  Ibíd., p 241.

7  Ibíd., p 242.

8  Luxemburgo: Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, en Obras Escogidas de Rosa Luxemburgo, Ed. Ayuso, pp. 114-120.

9  Lenin: Un paso adelante, dos pasos atrás, en Obras Completas, Ed. Progreso, Moscú 1982, vol. 8, p. 199.

10  Kautsky no aceptó la publicación del artículo de Lenin en Die Neue Zeit. Citado en Nettl, p. 248.

11  Guérin, Daniel: Rosa Luxemburgo y la espontaneidad revolucionaria, Ed. Proyecciones, Buenos Aires, 1973. pp. 159-165.

12  Se incluye en Informe de la delegación siberiana, Ediciones Espartaco Internacional, Barcelona, 2002.

13  Trotsky: Mi vida, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS, Madrid, 2010, p. 167.

14  Broué, Pierre: La revolución alemana, A. Redondo Editor, Barcelona, 1973, p. 29.

15  Día en que el SPD votó en el Reichstag a favor de los créditos de guerra, colocándose así al lado de la burguesía alemana y violando la postura antimilitarista que, hasta ese momento, mantenían formalmente la Segunda Internacional y el propio SPD. El mismo día, los partidos socialistas francés y belga publicaron sendos declaraciones apoyando a sus respectivos gobiernos en la guerra.

16  Trotsky: ¡Fuera las manos de Rosa Luxemburgo!

17  Trotsky, ibíd.

18  Ambos citados en Trotsky: Historia de la revolución rusa, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS, Madrid, 2007, pp. 223, 325.

19  Sector del POSDR que consideraba que el movimiento obrero debía limitarse a reivindicaciones económicas.

20  Kautsky: La revisión del programa socialdemócrata en Alemania, citado en Guérin, p. 135.

21  Lenin: ¿Qué hacer?, Ed. Era, México, 1977, p. 137.

22  Lenin: Prólogo a la recopilación En doce años, en ¿Qué hacer?, p. 484.

23  Un ejemplo de esta última variante lo representa Daniel Guérin, militante socialista de izquierdas durante los años treinta, centrista, defensor del POUM frente a Trotsky y pasado al “comunismo libertario” en los años sesenta del siglo XX.

24  Lenin: La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS, Madrid, 1998, p. 102.

25  Nettl, p. 342.

26  Trotsky: Clase, partido y dirección. ¿Por qué ha sido vencido el proletariado español?, en Escritos sobre la revolución española, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS, Madrid, 2010, pp. 173-175.

27  Nettl, p. 202.

28  Ibíd..., p 94.

29  Marx y Engels: El manifiesto comunista, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS, Madrid, 1996, p. 44.

30  Luxemburgo: La acumulación del capital, Ed. Grijalbo, México, 1966, p. 380.

31 Populistas (en ruso, narodnikis) era la denominación que se daban los anarquistas rusos.

32  Lenin: Sobre la caracterización del romanticismo económico, en Obras Completas, t. II, Ed. Progreso, Moscú, 1981, p. 163.

33  Lenin: El imperialismo, fase superior de capitalismo, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS, Madrid, 2007, pp. 74-76.

34  Die Internationale, vol. VIII, nº 3, 1925. Citado en Nettl, p. 212.

35  Lenin: El derecho de las naciones a la autodeterminación, en Marxismo Hoy nº 6, FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS, p. 71.

36  Trotsky: ¡Fuera las manos de Rosa Luxemburgo! (ver Apéndice).

37  Se trata de La revolución rusa.

38  “Aquel célebre folleto crítico sobre la revolución rusa fue publicado póstumamente con intenciones polémicas por Paul Levi —un miembro de la Liga Espartaquista y del KPD alemán, luego disidente y reafiliado al SPD—. Cabe agregar que Rosa cambió de opinión sobre su propio folleto al participar ella misma en la revolución alemana. Sin embargo, aquel escrito fue utilizado para intentar oponer a Rosa frente a la revolución rusa y sobre todo frente a Lenin (de la misma manera que luego se repitió ese operativo enfrentando a Gramsci contra Lenin o, más cerca nuestro, al Che Guevara contra la Revolución Cubana). Se quiso de ese modo construir un luxemburguismo descolorido y ‘potable’ para la dominación burguesa” (Néstor Kohan, Rosa Luxemburgo, una rosa roja para el siglo XXI, Centro de Investigación Juan Marinello, La Habana, 2001 p. 109).

39  Luxemburgo: La revolución rusa, en Obras Escogidas, Ed. Ayuso, pp. 119, 123, 125.

40  Ibíd., p. 127.

41  Ibíd., p. 134.

42  Lenin: El derecho de las naciones a la autodeterminación, en Marxismo Hoy nº 6.

43  Luxemburgo: La revolución rusa, p. 136.

44  Ibíd., p. 141.

45  Ibíd., p. 147.

* Alusión al terror rojo, la represión contra el terrorismo blanco desatado tras el triunfo de la revolución rusa.

46  Citado en Frölich, p 357.

47  Nettl, p. 526.

48  Stalin: Sobre algunas cuestiones de la historia de bolchevismo. www.marxists.org/espanol/stalin/1930s/sta1931.htm

49  Basso, Lelio: El pensamiento político de Rosa Luxemburgo, Ed. Península, Barcelona 1976, p. 8.

50  Lenin: Notas de un periodista, en Collected Works, vol. XXXIII. El texto es de febrero de 1922 y apareció por primera vez en el Pravda n° 86, del 16 de abril de 1924.

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