La errática estrategia trumpista tras comprobar que el asesinato de decenas de altos dirigentes iraníes no derrumba al régimen, unido a la feroz resistencia de Teherán con cientos de misiles descargados sobre Israel, las monarquías del Golfo y el estrecho de Ormuz han hecho sonar las alarmas del imperialismo occidental. Con la guerra entrando en su fase más incierta, aumentan las posibilidades de que se convierta en un bumerán descontrolado contra Washington y desencadene una crisis económica global de efectos catastróficos.
Tras más de un mes de sangrientos y criminales bombardeos que han causado miles de muertes, decenas de miles de heridos y más de un millón de desplazados, EEUU no ha coronado los objetivos que se había marcado. El régimen de los ayatolás no ha caído y no hay visos de una rebelión interna. Por supuesto, la guerra tiene dos frentes, y en el caso del Líbano las tropas sionistas sí han causado un daño excepcional destruyendo Beirut y ocupando el sur del país. Los planes de Netanyahu y su cohorte de neonazis supremacistas para imponer a bombazo limpio el proyecto de Gran Israel, dan un paso al frente después del holocausto infligido al pueblo palestino en Gaza.
Como explicamos en nuestra anterior declaración, arrasar Gaza y segar centenares de miles de vidas inocentes se convirtió en una prueba definitiva para las fuerzas de ultraderecha que gobiernan EEUU e Israel, y para los sectores de la burguesía imperialista que los respaldan. Después de conseguir la aceptación por parte de aliados y adversarios (Rusia y China entre otros) de su farsa de “plan de paz” y otras victorias como hacerse con el control de Siria y Venezuela, Trump y Netanyahu están borrachos de éxito. Nada ni nadie les podía parar, pensaban. Y decidieron lanzar esta ofensiva militar salvaje, convencidos de que el resultado sería un paseo militar y el colapso o la rendición de Teherán en pocos días. ¡Nada más lejos de la realidad!

Efecto bumerán
La resistencia iraní, con evidente apoyo militar, tecnológico, logístico y financiero de China y Rusia, está convirtiendo esta guerra en un calvario para el imperialismo estadounidense y Donald Trump. Pretendían dar una nueva vuelta de tuerca en su escalada militarista, reafirmando su poder imperial sobre Oriente Medio y a escala global, desviar la atención de la profunda crisis interna que sacude la sociedad estadounidense y revertir el declive cada vez más pronunciado que sufre EEUU como potencia hegemónica frente a China, enviando al mundo un mensaje de invencibilidad.
Pero el resultado está siendo el opuesto. Lo que han conseguido es incendiar Oriente Medio, llevando a sus aliados del Golfo Pérsico a una situación límite que hace un mes no podían ni imaginar, y empujar al mundo a las puertas de una recesión económica. La guerra está haciendo más evidente la decadencia del imperialismo estadounidense y los límites de su poder, agrandando hasta niveles sin precedentes la brecha de confianza con aliados clave como la Unión Europea, Japón, Australia o Corea del Sur, que ya habían sufrido su guerra arancelaria y una política exterior cada vez más agresiva.
De ser el gendarme que garantizaba el orden capitalista mundial, Washington ha pasado a convertirse en el principal foco de crisis, caos e inestabilidad. El gran beneficiado por esa escalada militarista cada vez más desesperada, y en particular tras su aventura en el avispero iraní, está siendo precisamente el bloque formado por los imperialistas chinos y rusos. Los rivales de Washington en la lucha por la supremacía siguen rehuyendo un enfrentamiento directo, pero han decidido dar a su aliado iraní el apoyo que, de forma tan cínica como calculada, negaron al pueblo palestino y otros aliados que consideraron prescindibles, como los regímenes de Assad en Siria o Maduro en Venezuela.
Y la razón de esto es evidente. Irán representa su principal punto de apoyo militar, geopolítico y económico en una región clave como Oriente Medio. Su pérdida sería un golpe mucho más traumático para su prestigio, y para inversiones y proyectos de carácter estratégico.
El imperialismo estadounidense en una encrucijada
Mientras escribimos estas líneas las perspectivas para el desarrollo de la guerra siguen muy abiertas. La noche del sábado 21 de marzo, Trump lanzaba un ultimátum de 48 horas prometiendo arrasar todas las centrales eléctricas iraníes si el régimen no cedía. Antes de transcurrido ese lapso, a la mañana del lunes 23, se veía obligado a recular otorgando otros cinco días para “dar tiempo a la negociación” para, finalmente, el viernes 27, anunciar la prórroga del plazo hasta el 6 de abril.

¿Qué explica este retroceso? Que su amenaza de escalar todavía más la guerra fue respondida inmediatamente por el Gobierno de Teherán advirtiendo que devolverían golpe por golpe, como han hecho hasta ahora tras cada agresión, declarando objetivos militares las centrales eléctricas y otras infraestructuras críticas de Israel, y los pozos petrolíferos, refinerías, desalinizadoras y centros de producción de las monarquías del Golfo aliadas de Washington.
También hubo otro factor de gran peso. El ultimátum de Trump disparó los precios del petróleo hasta un nuevo récord de casi 120 dólares por barril, y empujó el bono de la deuda estadounidense a los mismos niveles de abril de 2025, cuando tras amenazar a China con aranceles del 100% el presidente estadounidense tuvo que retroceder con el rabo entre las piernas.
Ante la evidencia de que el plan de una victoria rápida e inapelable ha sido hecho trizas, el nerviosismo, las dudas y las divisiones dentro del bando imperialista occidental no han hecho más que aumentar.
Las voces críticas se han multiplicado en el entorno MAGA con la sonada dimisión del trumpista Joe Kent, director nacional de Contraterrorismo. También las presiones de los aliados europeos se han recrudecido, desde el Gobierno de Starmer hasta el de Macron, pasando por la oposición pública de Pedro Sánchez. Y, por supuesto, de las monarquías del Golfo que ven como infraestructuras económicas claves están siendo destruidas mientras el nivel de protección militar que Washington proporciona se ha puesto en evidencia.
Junto a esto, la posibilidad de una recesión de consecuencias feroces en la lucha de clases, está condicionando los planes de Washington. Por eso Trump está dando muestras de tanta desesperación por llegar a un acuerdo, aduciendo que han destruido la economía y el aparato militar iraní, aunque sea una completa mentira, y encadena una declaración contradictoria con otra para asombro de nadie.
“Como era de esperar, Estados Unidos (incapaz de aprender de la historia) ha vuelto a descubrir que el poder aéreo abrumador tiene una relación muy débil con el colapso político de un adversario. No hay ningún escenario fácil de cambio de régimen o capitulación, ninguna Venezuela 2.0 a la vista”, explicaba el exnegociador sionista David Levy1. Otro analista, exasesor de Obama y también de líderes republicanos observaba que “teniendo en cuenta estas circunstancias, lo más sensato para Estados Unidos podría ser aceptar una pérdida limitada ahora, en lugar de arriesgarse a que las pérdidas se agraven más adelante”2.
Pero esta no es la única posibilidad en un momento de tanta incertidumbre. La guerra genera una dinámica propia. Recurrir al poder militar para ocultar su declive económico y geopolítico, ha empujado al imperialismo estadounidense y a Trump a iniciar el ataque, y ahora, sin una victoria clara, la tentación por elevar la apuesta y defender el prestigio herido puede hundirles en un conflicto aún mayor. Les pasó en Irak y les pasó en Afganistán, con resultados pésimos que alentaron el avance de China y de Rusia.

Los análisis que intentan explicar este punto crítico porque Netanyahu arrastra a Trump son muy unilaterales y, por tanto, falsos. Que Netanyahu tiene una agenda definida en Oriente Medio, y que le interesa esta guerra, es algo obvio. Pero los objetivos políticos y militares del sionismo son también los de Trump y la clase dominante estadounidense. Lo han demostrado con su respaldo al genocidio, con el plan colonial para reconstruir Gaza y convertirlo en un resort de lujo, con su apoyo a la anexión de Cisjordania y el sur del Líbano, y con las operaciones conjuntas en Siria. Y hay que volver a recordar que, sin la financiación permanente de EEUU, Israel sería incapaz de sostener su economía y su maquinaria militar.
El sionismo es la fuerza de choque del imperialismo estadounidense en un área donde se deciden aspectos claves de la geopolítica mundial. Esta es la razón de fondo de una unidad de acción que se ha mantenido, y fortalecido, desde la fundación del Estado sionista en 1948. En todas las guerras regionales, en la limpieza étnica contra el pueblo palestino, en los planes contrarrevolucionarios para aplastar los levantamientos populares y las revoluciones sociales en el mundo árabe, el sionismo ha sido un aliado excepcional. No existe confusión ni ingenuidad por parte de ninguno de los actores protagonistas de Washington y Tel Aviv, sino un calculado reparto de papeles.
Los comunistas revolucionarios y el régimen iraní
Si algo ha dejado claro este mes de guerra es que el régimen iraní se enfrenta a una lucha por su supervivencia y está dispuesto a defenderse hasta el final. Tiene poderosas razones para ello, y hasta el momento ha demostrado también tener medios militares, tecnológicos y humanos para resistir.
Como comunistas revolucionarios hemos dejado clara nuestra completa oposición al régimen teocrático y reaccionario de los ayatolás, a la burguesía que les aupó al poder aplastando la revolución socialista de 1979, y a todo un sistema de explotación y represión que ha ahogado en sangre al movimiento obrero durante décadas, que ha combatido a la izquierda comunista asesinando y encarcelando a miles de militantes, que ha reprimido los derechos democráticos de todas la minorías nacionales, y que ha sometido a las mujeres y la comunidad LGTBI a un estado de terror y persecución despiadada.
El carácter de esta dictadura integrista se ha visto plasmado en brutales recortes sociales, en un empobrecimiento generalizado, y en la masacre que perpetraron la Guardia Revolucionaria Islámica y las milicias Basij contra el levantamiento de masas de enero de este año. Pero la liberación del pueblo iraní, de la clase obrera, de las mujeres jamás llegará mediante los bombardeos imperialistas y sionistas. De hecho, esta agresión lejos de incitar a ninguna “revolución” ha desnudado con claridad los intereses de Washington y Tel Aviv por hacerse con el control de los recursos de un país soberano, e imponer un Gobierno títere bajo la conducción del sha Reza Palevi.
Dicho esto, también exponemos con claridad que los comunistas revolucionarios no somos neutrales ante esta agresión imperialista. Una victoria de Trump y Netanyahu no solo significaría el sojuzgamiento del pueblo de Irán y la muerte de decenas e incluso centenares de miles de inocentes, alimentará nuevos conflictos más virulentos. La derrota de estos dos criminales de guerra significaría un golpe durísimo al imperialismo y a sus aliados sionistas y, en consecuencia, a la ultraderecha neofascista global.
Una política comunista a favor del pueblo iraní, del pueblo palestino, de todos los pueblos que son aplastados por el imperialismo y sus burguesías cipayas, no tiene nada que ver con apoyar al régimen reaccionario y teocrático de los ayatolás. Por eso decimos que la tarea de acabar con la burguesía y el capitalismo iraní, con el Estado integrista y represivo, y conquistar un Irán socialista solo puede ser obra de la clase obrera mediante su acción directa, la huelga general y la insurrección con un programa revolucionario e internacionalista.
La guerra es la ecuación más complicada
El plan de 15 puntos presentado por Trump para terminar la guerra fue rechazado por los portavoces del régimen iraní, que lo denunciaron con razón como una provocación sin sentido, mucho más cuando su capacidad para resistir el ataque norteamericano e israelí ha quedado demostrada públicamente.
A esto se añade el balance de las dos últimas ocasiones en que se sentaron a negociar: Trump las utilizó como maniobra de distracción para ganar tiempo y lanzar la ofensiva de junio de 2025 y la guerra actual. Teherán ha dejado claro que no está dispuesto a una tercera engañifa y que el desarrollo de la guerra hasta el momento no les obliga a aceptar las condiciones de la Casa Blanca.
Los hechos son claros. Mientras Washington ofrecía esta zanahoria, los bombardeos han continuado y otros 2.000 marines y 3.000 paracaidistas se han desplazado a Oriente Medio sumando más de 10.000 efectivos despegados en la zona.

Aunque los planes pueden variar bruscamente teniendo en cuenta el aislamiento internacional de Trump, que incluso ha amenazado con abandonar la OTAN advirtiendo a los europeos que se las apañen para recuperar el estrecho de Ormuz, el objetivo posible de esta movilización militar, según diferentes fuentes, sería ocupar la isla de Jarg donde se refina alrededor del 90% del petróleo iraní.
Mientras tanto, EEUU ha decidido bombardear acuartelamientos del ejército iraquí para “neutralizar” un posible apoyo militar de las milicias chiis a Irán, e Israel sigue arrasando el Líbano siguiendo el modelo de Gaza.
El Gobierno sionista ha declarado su intención de alcanzar con unidades terrestres el río Litani y el ministro de Economía Bezalel Smotrich, uno de los nazisionistas más extremistas del Gobierno de Netanyahu, ha planteado abiertamente la destrucción de todas las viviendas del sur libanés y su anexión definitiva, un objetivo fundamental del proyecto supremacista del Gran Israel.
También el Parlamento israelí ha dado una vuelta más a su política genocida aprobando la pena de muerte para aquellos palestinos que “maten” israelíes, pero evitando su reprocidad. Es decir, los colonos en Cisjordania o los soldados sionistas en Gaza podrán asesinar a civiles palestinos con impunidad, mientras más de 10.000 palestinos se pudren en las cárceles y enfrentan posibles condenas a muerte. Los ministros y los diputados y diputadas sionistas, aplaudían a rabiar esta medida mientras lucian pins con la imagen de una horca.
Pero la guerra permanente está provocando un desgaste militar y económico muy serio. Los drones y misiles iraníes, que golpean diariamente las principales ciudades causando daños importantes y decenas de víctimas, están generando mucha inquietud entre la población, desvelando las mentiras del Gobierno de Netanyahu sobre la supuesta invulnerabilidad de la Cúpula de Hierro.
Así, el jefe del Estado Mayor sionista advertía del riesgo de que las tropas “colapsen desde dentro”3 a causa de mantener tantos frentes abiertos. Como conclusión, exigía extender el reclutamiento e incorporar de manera inmediata 20.000 nuevos soldados a las FDI, lo que puede provocar deserciones y oposición interna. Desde que empezó el genocidio en Gaza, más que de 100.000 jóvenes se han negado a ser alistados.
Si Israel tuvo que retirarse del Líbano en 2000, tras 22 años de ocupación, fue precisamente por la sangría militar, económica y social que eso producía y el rechazo interno. A pesar de la durísima represión y la prohibición de protestar contra la guerra, el pasado 28 de marzo se producían manifestaciones en diferentes ciudades israelíes que reflejaban este incipiente malestar. Una grieta abierta en una sociedad que ha girado mucho hacia la extrema derecha, pero que permite vislumbrar que no todo marcha sobre ruedas para los fascistas que se sientan en el Gobierno y el Parlamento.
Perspectivas sombrías para Washington
De seguir por ese camino, EEUU e Israel pueden abrir un escenario de pesadilla. Hasta ahora han rebasado una línea roja tras otra en esta guerra. Aunque se comprometieron con sus aliados a no bombardear instalaciones petroleras y gasísticas, Israel atacó el principal centro de extracción iraní (Pars Sur), disparando una vez más los precios del gas y del petróleo sembrando el pánico en los mercados. Ni siquiera han dudado en lanzar ataques sobre instalaciones nucleares que podrían desatar una auténtica catástrofe.
Pero cada vez que han escalado el conflicto se han encontrado una respuesta muy medida pero contundente e inmediata. El ataque a Pars Sur fue respondido en pocos minutos paralizando Ras Laffam, en Catar, el mayor centro gasístico mundial, de donde se obtiene el 20% del gas licuado global. Este ataque formó parte de una ofensiva coordinada con drones y misiles que en una misma noche golpeó varias ciudades israelíes, además de refinerías y pozos petrolíferos en diferentes puntos de Catar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Los ataques contra la central nuclear iraní de Busher también fueron respondidos con ataques disuasorios sobre la central nuclear israelí de Dimona y su entorno.
La precisión y magnitud de la respuesta dejó boquiabiertos a Trump, Netanyahu y sus jefes militares desmintiendo sus fanfarronadas sobre que habían destruido “totalmente” la capacidad militar iraní y “ganado ya la guerra”.
En estos momentos, decenas de artículos periodísticos especulan sobre los planes para tomar militarmente la isla de Jarg. Como se señalaba en algunos de ellos, ocupar esta isla clave, situada al norte del golfo pérsico a 25-30 kilómetros de la costa continental de Irán, donde se refina actualmente alrededor del 90% del petróleo iraní, podría implicar una paralización muy seria de la economía y acelerar la rendición de Teherán. Pero, visto como se ha desarrollado la guerra hasta ahora, no existe ninguna seguridad de que sea el único desenlace posible.

Otros muchos analistas, incluidos exasesores del propio ejército estadounidense, han considerado que una acción semejante podría abrir un escenario con consecuencias militares, políticas y económicas impredecibles4, empezando por la muerte segura de cientos de marines y colocando el barril de petróleo por encima de los 150 dólares e incluso hasta los 200.
Una ofensiva de EEUU e Israel sobre Jarg podria ser respondida por Irán desviando más del 50% de su producción hacia centros de refinación alternativos como el de Kooh Mobarak, en la ciudad de Jask, o las islas de Lavan, Sirri y Qeshm. Otro efecto de la resistencia militar del régimen de Teherán es que sus agresores no han podido impedir que incremente sus ventas de petróleo e ingrese miles de millones de dólares más de lo previsto, beneficiándose del aumento de precios y de su control sobre el estrecho de Ormuz que le permite dejar pasar a petroleros con destino a China y otros países que no apoyan la guerra, mientras bloquea y golpea a las monarquías del Golfo aliadas de Washington.5
Además de resistir en el terreno económico, el régimen iraní podría activar una contraofensiva para retomar la isla abriendo una nueva fase de conflagración por tierra de la que EEUU e Israel han intentado huir como de la peste. Todo ello acompañado de ataques a refinerías y otros objetivos de los aliados estadounidenses en la región a un nivel superior al visto hasta ahora, y con los países agresores con más dificultades para reponer su arsenal al ritmo que les está exigiendo la resistencia iraní.
Entre otras posibles respuestas de Teherán también está el cierre del estrecho de Bab el Mandeb por parte de los hutíes de Yemen, aliados que hasta hace pocos días se habían mantenido expectantes a petición del propio régimen iraní pero que ya han entrado en acción, lanzando sus primeros ataques contra Israel.
Por Bab el Mandeb circula el 12% del comercio mundial. Combinado con el cierre de Ormuz podría asestar un golpe decisivo al suministro energético desde Oriente Medio, abriendo un escenario aún más complejo que afectaría gravemente el suministro de fertilizantes, microchips, distintos minerales, alimentos y otros bienes de primera necesidad.
En este momento, países como Sri Lanka, Bangladés, Tailandia, Filipinas y otros ya han decretado medidas de racionamiento del consumo de energía. La prolongación de la guerra podría sumar a este grupo a actores mucho más decisivos en la economía mundial como Taiwan, Corea del Sur, Japón e incluso India.
Aliados históricos de EEUU en el mundo árabe y musulmán están sufriendo los efectos económicos de la guerra y el malestar entre su población no deja de aumentar. En Egipto se han declarado huelgas obreras importantes, que no se veían desde la primavera árabe, mientras el Gobierno pakistaní acaba de firmar una declaración conjunta con China pidiendo el fin de los bombardeos sobre Irán y la invasión del Líbano, e Indonesia aprueba también la realización de maniobras militares con el gigante asiático.
Los efectos de una guerra larga pueden frenar el consumo de los estadounidenses y afectar más de lo previsto a la mayor economía del mundo, como advirtió el gobernador de la Reserva Federal (Fed), Chris Waller. Mientras el cierre del estrecho de Ormuz se ha convertido ya en “la mayor amenaza para la seguridad energética mundial de la historia”, según ha señalado Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), en comentarios a El País.

El impacto de una crisis energética de la envergadura que se vislumbra podría ser muy superior a la llamada crisis del petróleo de 1972-73 que desató una recesión mundial. Hoy el consumo de petróleo y gas procedente de la región es el doble y la interdependencia y globalización de la economía mundial muy superior.
No es la locura de un individuo, es la decadencia del sistema
Cada amenaza y declaración contradictoria de Trump va acompañada de convulsas sacudidas en los mercados financieros, bruscas subidas y bajadas en los precios del gas y el petróleo, tímidas recuperaciones de los valores de las bolsas mundiales seguidos de desplomes que volatilizan miles de millones de dólares.
Seis décadas después del desastre histórico de Vietnam, y a dos de las intervenciones imperialistas en Irak y Afganistán, de las que también salieron humillados, esta agresión imperialista podría ser el principio del fin para el trumpismo.
Los ejemplos de la historia son elocuentes. El éxito y la borrachera de arrogancia de este tipo de individuos, colocados al frente de naciones poderosas en tiempos de crisis aguda, se pueden transformar en la fuente de fracasos colosales. Le ocurrió al imperio napoleónico en su avance contra Rusia, a Napoleón III en 1870 en la guerra contra Prusia, y también sucedió con Hitler en su ofensiva hacia la URSS. Después de la euforia inicial, la derrota de todos ellos fue absoluta.
En el primer mes de guerra Washington ha desembolsado 33.100 millones de dólares (más de 1.000 millones diarios), sin ningún resultado. Otro mes de guerra podría disparar el gasto a un total de entre 70.000 y 90.000 millones. El miedo a que lo que ya es un fracaso militar evidente pueda transformarse en una derrota política, y el riesgo de un colapso económico podría obligarles, como señalábamos anteriormente, a una retirada. Pero eso agudizaría aún más su crisis interna y decadencia, y no cerraría la posibilidad a nuevas aventuras militares para intentar disimular su fracaso, como ya están haciendo con el bloqueo criminal que mantienen sobre Cuba.
La guerra es la continuación de la política por otros medios, decía el teórico militar prusiano Von Clausewitz. Como hemos explicado, y como también ocurrió con la escalada militar lanzada por Hitler y el imperialismo alemán en los años 30, esta nueva guerra imperialista no tiene su origen en la locura, el capricho, la ignorancia o el narcisismo de Donald Trump.
Su motor es que sectores decisivos de la clase dominante estadounidense han constatado que todos los intentos de ganar la carrera por la supremacía mundial por otros medios han fracasado y solo les queda el militar.
A pesar de la campaña arancelaria, 2025 finalizó con China obteniendo un superávit comercial histórico y EEUU aumentando un año más su déficit. Todos los datos sobre el desarrollo científico y tecnológico, sobre el avance de su capacidad manufacturera, sobre el control de las cadenas de valor y comercio globales muestran la superioridad creciente de Beijing.
La ilusión trumpista de reducir esa brecha llamando a los capitalistas estadounidenses a invertir en la industria productiva se estrella contra la evidencia de que obtienen muchos más beneficios especulando con la deuda y otros productos financieros o manteniendo sus inversiones en otros países. La política de utilizar el dólar para amenazar y golpear a enemigos y aliados ha hecho que, aunque sigue siendo la divisa hegemónica para las transacciones comerciales mundiales, haya caído de niveles por encima del 70% a menos del 60% en las últimas dos décadas, y crezcan los planes y acuerdos entre diferentes países para utilizar el yuan.
Ante esta realidad la burguesía estadounidense apostó hace tiempo por hacerse con el control de los combustibles fósiles, petróleo y gas, y utilizar esa posición como arma para imponer sus condiciones. Pero esta estrategia también está chocando con límites. EEUU, pese a ser el principal productor mundial de gas y petróleo, debe importar un 40% de crudo. Esa es una de las razones para la intervención del pasado 3 de enero contra Venezuela, y de intentar replicar el éxito que lograron con el secuestro de Maduro con una ofensiva brutal contra Irán. Pero obviamente el régimen de los ayatolás, como hemos señalado, es una pieza mucho más difícil de cobrar.

Aferrarse a su poder militar como a un clavo ardiendo es una cuestión estratégica para la clase dominante estadounidense. Y aunque el bloque imperialista rival formado por China y Rusia prefiera de momento apostar al desgaste rehuyendo una confrontación directa, el resultado de esta lucha por la hegemonía imperialista solo puede ser más guerra, barbarie, miseria y explotación para las masas.
Al mismo tiempo hay que subrayar que Trump tiene su frente más complicado dentro de los EEUU. La resistencia contra las bandas fascistas del ICE, la histórica huelga de Minneapolis, las manifestaciones multitudinarias del No Kings day, y especialmente la gigantesca movilización del pasado 28 de marzo6 muestran el camino y el potencial para acabar con el régimen autoritario trumpista y poner contra las cuerdas a una de las mayores máquinas de destrucción y tiranía que haya conocido la humanidad.
Como explicaba Lenin, el imperialismo significa horror sin fin, guerras continuas entre los bandidos imperialistas para repartirse el mundo a costa de los derechos de los pueblos y las vidas de las masas oprimidas.
La única alternativa a la guerra y la barbarie es la que mostró la rebelión global contra el genocidio en Gaza: levantar un movimiento de masas contra el imperialismo, el sionismo y el capitalismo. Esta es la tarea fundamental de todos y todas los que luchamos por construir un partido de masas con el programa del comunismo revolucionario para acabar con todas las formas de violencia y opresión llevando adelante la revolución socialista.
¡Si quieres la paz, lucha por el socialismo!
¡Ni un euro, ni un soldado, ni una bala para esta guerra!
¡Levantar un movimiento internacionalista contra la guerra imperialista y por la derrota de EEUU e Israel!
Notas:
5 El Mundo: La paradoja del petróleo: así se está enriqueciendo Irán con la guerra