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Convulsión en el PSOE

De nada ha servido que una inmensa mayoría de militantes socialistas se hayan pronunciado en cientos de asambleas por el NO y que más del 70% de los votantes del PSOE rechazarán la abstención en la investidura a Rajoy. Haciendo oídos sordos a este clamor, el Comité Federal del PSOE decidió entregar el gobierno al PP y abrir de par en par las puertas a nuevos recortes y más austeridad. Su acto pasará a la historia como una de las mayores capitulaciones de la socialdemocracia española.

La dirección golpista del PSOE, encabezada por los “barones territoriales” y Felipe González —pero dirigida por la burguesía, el Ibex 35 y la escuadra mediática a sus órdenes— ha hecho gala de un cinismo sin límites: niegan a la militancia el derecho democrático a decidir sobre un asunto de tanta trascendencia pero exigen disciplina al grupo parlamentario socialista. A pesar de todos estos llamamientos y amenazas, 15 diputados, entre ellos todos los del PSC, han votado No, y Pedro Sánchez ha entregado su acta de diputado, planteando un desafío evidente al ala de derechas del Partido.

La decisión de Pedro Sánchez de renunciar a su escaño puede ser cuestionable, pues se priva de un gran altavoz para dar la batalla al sector procapitalista del PSOE. Pero más allá de este gesto, sus declaraciones en el Parlamento, horas antes de que se consumara la capitulación de los diputados socialistas, rechazando la estrategia de la Gestora golpista, exigiendo la convocatoria inmediata de un Congreso del Partido, y su llamamiento a “refundar el PSOE alejado del PP” y “devolver la voz a la militancia”, ha causado un enorme impacto entre miles de afiliados. Es un auténtico aldabonazo.

En una entrevista posterior en un programa televisivo de máxima audiencia (Salvados de Jordi Évole), Sánchez denunció con fuerza a los poderes fácticos, a las grandes empresas y al diario El País por su campaña feroz para evitar la formación de un gobierno de izquierdas. También reconoció su error frente a Podemos e insistió en la necesidad de un entendimiento con la formación de Pablo Iglesias. Justo lo contrario de lo que dice el ala de derechas del PSOE.

Pedro Sánchez se ha comprometido a recorrer todas las agrupaciones del PSOE para medir fuerzas y lograr un fuerte apoyo a su candidatura a la Secretaria General. Pero Felipe González, Susana Díaz, los barones territoriales, y detrás de ellos la burguesía, no han llegado hasta este punto para permitir ahora que Pedro Sánchez vuelva a ocupar la Secretaria General aupado por los votos de la militancia. Una dura y larga batalla está garantizada en el seno del PSOE, lo que será un factor muy importante a tener en cuenta de cara a los acontecimientos futuros.

Consecuencias de largo alcance

La abstención de los parlamentarios socialistas es todo un programa político, una decisión estratégica de enormes consecuencias, que define el grado de fusión de los actuales dirigentes del PSOE con la clase dominante. En la práctica significa la puesta en marcha de una “triple coalición”, entre el PP, Cs y PSOE como muy bien ha señalado Pablo Iglesias. Con esta abstención no se logrará “acabar con la obra del PP” o “hacer avanzar la agenda reformista”, como balbucearon patéticamente Eduardo Madina o Juan Ramón Jáuregui, sino perpetuarla y seguir infligiendo sufrimiento a millones de personas. Si los actuales dirigentes del PSOE cuando estaban en el gobierno fueron incapaces de romper con los dictados de la gran banca y la UE ¿lo van a hacer ahora cuando se han entregado al PP?

La decisión adoptada por el Comité Federal del PSOE no defiende a los oprimidos, a la juventud, a los parados, a las familias desahuciadas, a los estudiantes víctimas de la LOMCE y las reválidas. Todo lo contrario y, aunque los golpistas dentro del PSOE consideran que han ganado un tiempo precioso para recomponer sus fuerzas, unas nuevas elecciones —que seguramente se realizarán más temprano de lo que muchos se imaginan— pueden ser una hecatombe para ellos como ya vaticinan numerosas encuestas.

La burguesía ha sopesado mucho el paso que ha dado, pero finalmente se ha decidido por arruinar al PSOE y acelerar su pasokización, antes que sacrificar al PP y hacer estallar en su seno una crisis catastrófica (para la que están dadas todas las condiciones). Y ahí reside la importancia de estos acontecimientos, su dimensión histórica, pues la dirección socialista ha jugado un papel crucial en la estabilidad del capitalismo español a lo largo de las últimas décadas.

Es importante recordar que Felipe González y el aparato socialista se beneficiaron de las enormes reservas sociales del PSOE, de la memoria histórica de millones de hombres y mujeres que sufrieron la larga noche de la dictadura, del crecimiento económico, y de una derecha que rezumaba franquismo por los cuatro costados. Pero más de tres décadas defendiendo los intereses de los capitalistas españoles e internacionales no han pasado en balde: reconversiones industriales y privatizaciones masivas, la entrada en la OTAN y en la UE, la guerra sucia en Euskal Herria, la intervención en las guerras imperialistas, los ataques a los derechos sociales y democráticos…, ofrecen un saldo demoledor. La pérdida de credibilidad política del PSOE se ha ido desarrollando en los últimos diez años, acelerándose con virulencia al calor de la crisis económica.

No tiene ningún sentido culpar de esta deriva a uno u otro dirigente. La causa fundamental de la crisis actual del PSOE es política: en una época de decadencia orgánica del capitalismo las reformas sociales son eliminadas de un plumazo, las medidas de ajuste y recortes dominan, y la socialdemocracia se somete a ellas con todas las consecuencias. Lo hemos visto en Francia con Hollande, en Alemania con el SPD (formando parte de un gobierno de coalición con la CDU de Merkel), en Grecia con el PASOK, y en el Partido Laborista británico con los blairistas. En el Estado español la dinámica ha sido la misma: recortes, reformas constitucionales en beneficio de la banca, respaldo activo a un nauseabundo nacionalismo españolista que les ha llevado a una posición de marginalidad en Catalunya y Euskal Herria, por no hablar de su arrogancia como campeones de la gobernabilidad capitalista. Esta política ha colocado claramente al PSOE en el lado derecho de la foto. Pero la razón de fondo de que está percepción se haya hecho muy visible, hay que buscarla en los cambios profundos que se han producido en la lucha de clases y en la conciencia de millones de personas.

La lucha de clases y las organizaciones tradicionales

Nadie habla de ello, pero su sombra es muy alargada. El giro a la izquierda entre la clase obrera y la juventud es el factor más importante en esta ecuación. Es el elemento que ha roto la estabilidad política de más de tres décadas, que ha hecho saltar por los aires el bipartidismo, que ha puesto contra las cuerdas a la institución monárquica, que ha roto con la preponderancia del nacionalismo españolista.

Sí, un giro a la izquierda que se ha cocido a fuego lento en una movilización social extraordinaria, cuyos antecedentes más cercanos hay que buscarlos en las grandes luchas contra la dictadura franquista de los años setenta. En el 15-M, las huelgas generales, las Marchas de la Dignidad, la Marea Verde y Blanca (movimientos de masas en defensa de la educación y sanidad públicas), las grandes movilizaciones estudiantiles o las masivas manifestaciones a favor del derecho a decidir en Catalunya… millones de trabajadores, jóvenes y sectores amplios de las capas medias empobrecidas han dado la espalda al PSOE, pero también a la burocracia de CCOO y UGT.

La irrupción de Podemos en las elecciones europeas de 2014 representó un cambio fundamental en el escenario político. ¿De dónde surgió su fuerza? Obviamente no hace falta ser muy sagaz para entender que son grandes conmociones sociales lo que puede hacer posible que un partido tenga un desarrollo tan explosivo. Fue la gran movilización de masas, y los elementos de ruptura con el sistema que esta movilización puso de manifiesto, lo que creó el espacio vital para que Podemos se convirtiera en una alternativa a la socialdemocracia oficial.

El gran movimiento de masas de estos años ha reflejado cambios en la conciencia muy importantes. Uno de los rasgos de las luchas vividas ha sido su gran radicalidad y su carácter desafiante contra la burocracia socialdemócrata de derechas y de los grandes aparatos sindicales, que han mantenido su estrategia de paz social a toda costa otorgando constantes balones de oxígeno al PP. Las luchas han colocado a todos estos aparatos como parte del problema, no de la solución. Existían, por tanto, condiciones muy maduras para que este auge de la lucha de clases tuviera una expresión concreta, dando a luz un sujeto político a la izquierda que reflejará el carácter inestable de la época. “En la naturaleza y en la sociedad”, escribió Lenin, “no existen ni pueden existir fenómenos puros. Así nos lo enseña precisamente la dialéctica de Marx, la cual señala que el concepto mismo de pureza implica cierta estrechez, cierta unilateralidad del conocimiento humano, que no abarca completamente el objeto en su totalidad.”

La radicalización y toma de conciencia de amplias capas de la clase trabajadora y la juventud buscó un cauce de expresión, y cuando no lo encontró en las organizaciones tradicionales —anquilosadas por décadas de derechización y fusión con la clase dominante— lo hicieron por fuera de ellas. Ya sea en la revolución bolivariana en Venezuela, en Bolivia y Ecuador, o ahora más recientemente en Europa, en Grecia, el Estado español o incluso en Gran Bretaña, nuevas organizaciones y movimientos sociales pueden emerger con fuerza. Por supuesto, esto no significa que las organizaciones tradicionales vayan a desaparecer o que no puedan reflejar también, de manera más o menos distorsionada, los procesos de la lucha de clases con el surgimiento de alas de izquierda e incluso sufrir escisiones. El ejemplo de Jeremy Corbyn y de Pedro Sánchez es claro en este sentido. La cuestión es mantener una aproximación dialéctica a estos fenómenos y abandonar el método de las fórmulas y los esquemas preconcebidos, ajenos por completo al marxismo.

El brutal giro a la derecha de los partidos socialdemócratas, ex estalinistas y de los sindicatos —ligado al restablecimiento del capitalismo en la URSS y China, y al boom de la economía mundial desde principios de los años 90 hasta 2008— están en la base de estos acontecimientos. La lealtad a los partidos “tradicionales” de la izquierda ha sido hecha añicos, especialmente entre las jóvenes generaciones que nunca la han conocido. Es inevitable que en un periodo histórico tan convulso como el actual, y partiendo de los factores que hemos señalado, el proceso de reagrupamiento de la izquierda recorra vías más complejas a las que vimos en los años treinta o setenta del siglo pasado. La aparición de movimientos sociales y mareas ciudadanas, de nuevos partidos a la izquierda de la socialdemocracia oficial —en los que sectores ilustrados de la pequeña burguesía radicalizada pone el tono— es el precio a pagar por la completa bancarrota de la socialdemocracia reformista y del estalinismo, pero también por la debilidad de las fuerzas del marxismo revolucionario.

Reformismo o revolución

Podemos, con apenas unos meses de existencia, se colocó como cuarta fuerza en las elecciones europeas de mayo de 2014, empujando a Izquierda Unida a una crisis dramática que todavía está lejos de ser resuelta. Al año siguiente, el partido de Pablo Iglesias y las confluencias de la izquierda se hacían con los gobiernos de las principales ciudades, y se aupaban como la principal opción a la izquierda del PSOE —con más de cinco millones de votos— en las elecciones del 20-D de 2015. La posibilidad de un sorpasso al Partido Socialista estaba cantada en todas las encuestas previas a las generales del 26-J y, aunque finalmente no se produjo, la socialdemocracia tradicional entró en una fase crítica.

Que Podemos haya ganado la mitad de la base electoral socialista corona las tendencias fundamentales de la crisis agónica del PSOE. Pero la evolución de los acontecimientos plantea otros aspectos que hay que analizar cuidadosamente por su relevancia. Después de que Podemos cosechará unos resultados espectaculares en las elecciones europeas y municipales, la dirección de la formación morada puso todas sus esperanzas en el terreno institucional abandonando descaradamente la lucha en la calle, con la única excepción de la Marcha del Cambio de enero de 2015.

Esta estrategia se ha mantenido a toda costa desde hace casi dos años y ha tenido otras vertientes, como gobernar las grandes ciudades sin romper con la lógica de las privatizaciones y la gestión capitalista, o el abandono abierto de las reivindicaciones más avanzadas de su programa. La dirección de Podemos pretendía ocupar el espacio de la socialdemocracia tradicional, pero a la vista de los hechos la orientación no ha conseguido los objetivos deseados ni siquiera en el plano institucional. Lejos de proporcionar nuevos éxitos electorales ha mermado su base entre sectores de los trabajadores y la juventud, y ha reducido considerablemente su nervio militante.

Los marxistas rechazamos frontalmente el programa de los socialdemócratas de derecha —siempre consecuentes en su defensa intransigente del capitalismo—, pero también los prejuicios de los reformistas de izquierda, que sustituyen la acción independiente de la clase obrera por el parlamentarismo como medio para transformar la sociedad. Evidentemente somos muy conscientes del papel progresista que puede jugar el terreno electoral en la lucha por el socialismo, aumentando el nivel de conciencia y de organización de los oprimidos, pero subordinamos la actividad parlamentaria a la lucha de clases y la defensa de un programa socialista genuino.

Las elecciones son siempre el terreno más difícil y el más complicado para los revolucionarios. Para obtener el apoyo mayoritario en unas elecciones, la izquierda que lucha necesita mantener una fuerte movilización social, si no, la maquinaria de la democracia burguesa se impondrá. Nuestros enemigos cuentan con los grandes medios de comunicación, con el aparato del Estado, con una ley electoral infame. Nosotros no podemos competir en ese terreno, pero sí en el que somos manifiestamente más fuertes: en las fábricas, en los centros de estudio, en los barrios, donde somos la mayoría, cuando paralizamos el país con nuestras huelgas. En las elecciones no ocurre como en las movilizaciones de masas, en los grandes conflictos sociales, donde el peso lo llevan los sectores más conscientes arrastrando a los más indecisos, y con su voluntad de combate pueden abrir crisis políticas de envergadura. Por eso es fundamental entender que la lucha parlamentaria debe estar indisolublemente unida a la lucha extraparlamentaria. En éste último plano es donde podemos modificar la correlación de fuerzas a nuestro favor y que esto también pueda reflejarse en las urnas.

La crisis que ha estallado en el PSOE, y la que está desarrollándose en Podemos, plantea el debate fundamental que ha atravesado al movimiento obrero contemporáneo: reformismo o revolución. Para la socialdemocracia, exactamente igual que para muchos dirigentes de las nuevas formaciones emergentes de la izquierda, fuera del juego institucional sólo existe el vacío; reniegan del marxismo, acusándolo de ser incapaz de dar respuesta a los nuevos “desafíos políticos” del siglo XXI, pero cuando acceden al gobierno capitulan rápidamente ante las presiones y exigencias de los capitalistas. El ejemplo de Tsipras en Grecia es concluyente.

Las viejas disyuntivas vuelven a situarse en el centro del debate porque los viejos problemas siguen sin resolverse. En esta época de recesión mundial, cualquier mínima reforma en beneficio de la población implica una dura lucha de clases. Los discursos parlamentarios son inútiles, las negociaciones y el espíritu de “consenso” impotentes para torcer la voluntad de los capitalistas. Enfrentarse a sus ataques con éxito requiere levantar un programa socialista basado en la movilización de masas. Ambas cosas son un tabú para la socialdemocracia oficial y muchos de los nuevos líderes que pretenden ocupar su espacio.

¡Impulsar la movilización de masas contra la derecha!

La investidura de Mariano Rajoy con los votos de los parlamentarios socialistas marca el carácter fraudulento e ilegítimo de su gobierno. Al precipitar la crisis del PSOE la burguesía buscaba la estabilidad necesaria para aplicar su agenda de recortes en las mejores condiciones, pero a la vista de los resultados el negocio no les ha salido precisamente redondo. Este gobierno será muy débil, sometido al tortuoso lance de tener que pactar con el PSOE y Cs los aspectos fundamentales de su programa de recortes, pero con un Partido Socialista sumido en una profunda crisis, sometido a la crítica furibunda de sus bases, sus votantes, y al desafío abierto de Pedro Sánchez. En definitiva, todo lo contrario a una situación de estabilidad política, que se verá comprometida también por unas perspectivas económicas sombrías.

Para complicar aún más las cosas, Podemos es un hervidero. Los cambios operados en el discurso de Pablo Iglesias en las últimas semanas han sido notables, pero no son ninguna sorpresa: al fin y al cabo reflejan los procesos que se están dando en la lucha de clases y sus efectos en una formación tan inestable como Podemos. Pablo Iglesias aceptó durante un largo tiempo la estrategia de la desmovilización como una opción ganadora (basta recordar sus declaraciones tras las elecciones del 26-J cuando hacía gala de que el trabajo parlamentario sería el eje de Podemos). Pero está comprobando que esta línea sólo favorece a la derecha, tanto dentro de Podemos como fuera.

La renuncia a una política de confrontación en la calle con el PP debilita a Podemos, y en consecuencia a la persona que representa mejor que ninguna otra a la formación, dando alas a un Iñigo Errejón más que dispuesto a dirigir con entusiasmo el giro a la moderación socialdemócrata y de paso reemplazar a Pablo Iglesias en el liderazgo. Por eso, las palabras de Iglesias cuestionando la “comodidad” del parlamentarismo, apelando a colocar la lucha en las calles como eje de la acción de Podemos, la defensa de la huelga general, e incluso la autocrítica realizada a su política en el último periodo, indican la enorme presión de las masas y su temor ante los avances del sector de derechas de Podemos. A su vez, este lenguaje y estos llamamientos animan sin duda a la movilización social y dibujan las enormes dificultades que va a tener Rajoy para llevar a cabo sus pretensiones.

La tarea fundamental en estos momentos es desplazar la acción de la izquierda militante hacia el terreno de la movilización. La huelga general educativa del pasado 26O contra las reválidas franquistas, organizada por el Sindicato de Estudiantes y en la que los marxistas de Izquierda Revolucionaria hemos jugado un papel muy activo, ha sido un acontecimiento decisivo. Más de dos millones de estudiantes secundaron la huelga y 200.000 inundaron las calles de todos los territorios en más de 70 manifestaciones. Esta demostración de fuerza de la juventud de la clase obrera, prueba el ambiente que existe entre las masas, su disposición a la lucha y al combate. Ha sido la movilización más masiva en años, exactamente desde la gran marcha de la dignidad el 22 de marzo de 2014, y ha cambiado el panorama. Tres días después de la huelga estudiantil, la manifestación “Rodea en Congreso” en Madrid, también congregó a más de 100.000 personas, volviendo a poner en evidencia la necesidad de profundizar por la vía de la acción de masas.

La experiencia de estos años ha quedado grabada en la conciencia de millones. Por supuesto, el gobierno de Rajoy intentará aplicar lo antes posible los recortes de 5.500 millones de euros que les exige la UE, pero la credibilidad del PP y los golpistas del PSOE para hacernos tragar una nueva oleada de ataques es nula. Su margen de maniobra se ha reducido considerablemente, y el que les proporciona la actitud nefasta de la burocracia de CCOO y UGT con su política de paz social, también.

Unidos Podemos tiene una oportunidad histórica de emerger como la fuerza dominante de la izquierda en el próximo periodo. Pero las oportunidades hay que materializarlas, hay que aprovecharlas, como Pablo Iglesias sabe muy bien. Si Unidos Podemos adopta de manera inmediata el camino de la lucha, llamando al pan pan y al vino vino, la situación puede transformarse rápidamente en beneficio de los oprimidos. Pero no basta con hacer apelaciones abstractas a la Declaración de los Derechos Humanos, o a la democracia (en este caso capitalista), y mucho menos gobernar grandes ciudades aceptando las reglas del juego del sistema y frustrando las ilusiones de millones. Unidos Podemos debe emprender también un giro a la izquierda, defendiendo un programa socialista capaz de enfrentarse a la crisis capitalista con medidas efectivas: nacionalizando los sectores estratégicos de la economía (incluida la banca); defendiendo intransigentemente la sanidad y la educación pública (derogación de la LOMCE, el 3+2, las reválidas, los recortes presupuestarios…); el derecho a la jubilación a los 60 años con contratos de relevo, el fin de la precariedad y la subida del SMI; prohibiendo por ley de los desahucios y creando un parque de vivienda pública con alquileres sociales de verdad; eliminando la ley mordaza y defendiendo los derechos democráticos, incluyendo el derecho a decidir de Euskal Herria, Catalunya y Galiza. Este es el programa que puede transformar completamente el panorama político.

La lucha de clases en el Estado español ha entrado en una nueva fase, mucho más turbulenta que la que hemos vivido en estos últimos años. La crisis del PSOE y el enfrentamiento dentro de Podemos, la ilegitimidad del nuevo gobierno del PP, la frustración de las ilusiones electorales y parlamentarias, son una gran escuela de aprendizaje político. Esta escuela, y los grandes acontecimientos que están por venir tanto en el Estado español como internacionalmente, ponen sobre la mesa la necesidad de construir una fuerte organización armada con las ideas del marxismo revolucionario.

Los trabajadores y jóvenes que formamos Izquierda Revolucionaria, que participamos activamente en el Sindicato de Estudiantes, en las luchas de la clase obrera y en los movimientos sociales defendiendo un programa anticapitalista y socialista, estamos decididos a empujar con fuerza en esta dirección. Ninguna aritmética parlamentaria puede modificar el plan de la burguesía española y europea de volver a la carga con más recortes y más ataques a nuestros derechos. Si queremos derrotar a los capitalistas necesitamos profundizar la rebelión social que ha colocado a la derecha contra las cuerdas en estos años, y transformar esta lucha en organización revolucionaria en los centros de estudio, en las empresas y fábricas, en nuestros barrios. Sólo el pueblo salva al pueblo.

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