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Han pasado pocas semanas desde que Donald Trump se convirtiera en presidente de EEUU y ha quedado muy claro cuál va a ser su agenda política más inmediata. En su primer discurso utilizó como eje central la idea de “América primero”, advirtiendo al resto del mundo que, o aceptan sus condiciones, o sufrirán las consecuencias. Trump también anunció que su presidencia rompería todos los récords y sin duda lo está consiguiendo. Si ya era el candidato más impopular de la historia, nada más llegar al cargo, las encuestas indican que es desaprobado por más de la mitad de la población.

Una movilización de masas histórica

Al conocerse su victoria electoral el pasado 8 de noviembre, decenas de miles de personas salieron a las calles en numerosas ciudades de todo el país para expresar su oposición a su programa racista, xenófobo, machista y contra los inmigrantes. Desde entonces, diariamente se producen todo tipo de protestas, manifestaciones, sentadas, paros, concentraciones, piquetes y huelgas. El 20 de enero en cientos de institutos y más de 40 campus universitarios de todo el país miles de estudiantes participaron en paros y concentraciones. La protesta estudiantil fue el preámbulo del 21 de enero, cuando más de cuatro millones de personas asistieron a las Marchas de las Mujeres, una convocatoria que nació y se difundió a través de las redes sociales para defender la igualdad y los derechos de las mujeres frente a un presidente misógino y una administración ultraderechista que ha decretado oficialmente que el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la transexualidad y las relaciones prematrimoniales son una inmoralidad. La primera consecuencia práctica de esta orientación reaccionaria e integrista ha sido la eliminación de los fondos federales para organizaciones no gubernamentales dedicadas a asesorar a las mujeres sobre el aborto.

El carácter multitudinario de las Marchas sorprendió a todos: más de 500.000 asistentes en Washington DC; 750.000 en Los Ángeles; 250.000 en Nueva York y en Chicago; 150.000 en Boston; 130.000 en Seattle; más de 100.000 en Denver, Oakland y en Portland; 90.000 en Saint Paul (Minnesota); 75.000 en Madison; 60.000 en Atlanta; 50.000 en San Francisco y en Austin (Texas)…, incluso en la Antártida el personal de la base estadounidense participó en la protesta. Fue la movilización de masas más grande de la historia del país, superando a las realizadas contra la guerra de Vietnam en los años sesenta. La convocatoria fue mundial y en más 600 ciudades de los cinco continentes hubo protestas, la más numerosa en Londres, con decenas de miles de personas.

Pero el desafío a las políticas de Trump no se detuvo tras su jura como presidente. El último fin de semana de enero una nueva oleada de movilizaciones batió los EEUU contra la orden ejecutiva que prohibía la entrada en el país a los viajeros procedentes de siete países de mayoría musulmana y a todos los refugiados del mundo. Decenas de miles ocuparon aeropuertos y las calles de las principales ciudades. En Nueva York los taxistas afiliados a la Alianza de Trabajadores del Taxi, que representa a 19.000 trabajadores del sector, se negaron a prestar servicio en el aeropuerto. Días después, el 2 de febrero, los trabajadores de la gigantesca empresa de telecomunicaciones Comcast, pararon durante unas horas para manifestar también su disconformidad con la política racista y antinmigración de Trump.

El clamor contra esta medida fue de tal calibre, que ha provocado una división interna dentro del aparato del Estado: la fiscal general de EEUU fue despedida después de anunciar que no defendería la orden antinmigración, decisión que fue secundada por los fiscales generales de 15 estados. Finalmente, un juez federal de Seattle dejó sin validez la orden al considerarla anticonstitucional, y la apelación posterior del gobierno también fue rechazada.

La decisión de invalidar la orden ejecutiva ha sido vista como una gran primera victoria de la resistencia contra Trump, y es todo un acicate para continuar con las movilizaciones. Así ocurrió cuando se conoció a la persona designada para cubrir la vacante del Tribunal Supremo, Neil Gorsuch, un conocido ultraderechista que en sus años universitarios creó la asociación Fascism Forever (Fascismo para siempre). El mismo día de su nombramiento, miles de personas rodearon el edificio del tribunal. Igual sucedió con el domicilio del líder de la minoría demócrata en el senado, acusado de colaborar y estar a sueldo de Goldman Sachs. La amenaza de las protestas obligó a cancelar un viaje de Trump a Milwaukee, donde tenía previsto visitar la fábrica de Harley Davidson para anunciar dos nuevas órdenes.

Como si se tratara de un volcán en erupción, Trump ha sacudido el mundo firmando diariamente órdenes ejecutivas que subrayan el carácter ultraderechista de su gobierno, una combinación de nacionalismo económico, guerra en el exterior y ataques a las condiciones de vida y a los derechos democráticos.

Nacionalismo económico

Trump ha sido muy enérgico en su cruzada a favor del nacionalismo económico: “la globalización (…) elimina la clase media y nuestros empleos (…) Nuestro país estará mejor cuando empecemos a fabricar nuestros propios productos nuevamente, volviendo a atraer a nuestras costas nuestras otrora grandes capacidades manufactureras”*. Pero no hay que ser ingenuos. Trump utiliza la demagogia contra el establishment, y apela a los sentimientos de una parte considerable del pueblo norteamericano vapuleado en estos años de crisis, pero su nacionalismo económico es la envoltura de un programa imperialista que pretende salvaguardar la posición de los monopolios estadounidenses en el mercado mundial.

La verdad es que EEUU no puede retirarse de los asuntos mundiales, sino todo lo contrario. Las exportaciones estadounidenses se han encarecido bruscamente por la vertiginosa apreciación del dólar, que ha alcanzando recientemente su mayor nivel de los últimos 14 años. Las repercusiones son muy negativas: el déficit de la balanza comercial ha aumentado en 2016 hasta los 502.300 millones de dólares, el más alto desde 2012. Por ejemplo, el déficit comercial anual con México ascendió a 63.200 millones, el mayor desde 2011, y eso explica el interés de Trump por “renegociar” el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) en detrimento del país azteca.

En términos de las relaciones internacionales, es precisamente la pérdida de influencia del imperialismo estadounidense, y el avance de China, incluso de Rusia como se ha puesto de manifiesto en la guerra de Siria, lo que está detrás del discurso incendiario de Trump.

Las palabras de Trump de que su Gobierno podría imponer aranceles del 35% a las multinacionales norteamericanas que produzcan en China y en México —para forzarlas a repatriar sus inversiones— y del 45% a los bienes provenientes de China, ya ha provocado severas reacciones. Muchos jefes de las grandes empresas norteamericanas le han instado a que se distancie de su retórica amenazadora y adopte una posición matizada. “Hay dos millones de empleos en el sector manufacturero en este país que dependen de nuestra relación comercial con Canadá y México”, recordó Linda Dempsey, vicepresidenta de asuntos internacionales de la Asociación Nacional de industrias manufactureras. El presidente ejecutivo de Ford, Mark Fields, señaló a CNBC que “hemos establecido nuestra estrategia corporativa basándonos en los acuerdos comerciales”, agregando que un arancel de un 35% a las importaciones desde México dañaría a toda la industria automotriz estadounidense.

Las medidas proteccionistas de Trump tienen implicaciones tan graves que, de ponerse en práctica, se volverían en su contrario. Una guerra comercial con China y Europa sería inevitable. La respuesta del régimen de Beijin no se haría esperar mucho, tanto en lo que respecta a las importaciones estadounidenses como a la posible repatriación de una parte de los billones de dólares que financian la deuda pública norteamericana y que están en manos del Tesoro Chino. También en Europa las manifestaciones de Trump han causado una gran irritación. El ex primer ministro francés las calificó de declaración de guerra. Trump ha visto en el Brexit británico una gran oportunidad para firmar un gran acuerdo bilateral con Gran Bretaña y debilitar a la UE, o lo que es lo mismo, a uno de los principales competidores de EEUU en el mercado mundial, Alemania.

Una política de acción-reacción semejante, arrastraría a la economía internacional hacia una depresión profunda, y no parece que los sectores decisivos del capitalismo norteamericano —que dependen del mercado mundial— estén locos de alegría ante este escenario ¡Más bien se les ponen los pelos de punta! Lo que está en juego es mucho, y por eso mismo habrá muchas presiones para impedir que Trump precipite una situación que nadie quiere.

La otra pata de las promesas de Trump, su plan de inversión en infraestructuras, tiene mucho de truco. La mayor parte del billón de dólares prometidos dependería de la iniciativa del sector privado, al que se pretende estimular con grandes rebajas fiscales (Trump sólo se compromete a invertir 150.000 millones de fondos públicos). Y aquí está el quid de la cuestión. En realidad, en el sector privado sobra liquidez que podría haberse invertido productivamente (la tesorería de las empresas americanas y europeas desbordan) y más con los tipos de interés en cero o negativos. ¿Por qué no se hace? Porqué las expectativas de retorno de beneficio empresarial en el sector productivo son muy bajas: en el segundo trimestre de 2016 retrocedieron un 1,9%, encadenando seis trimestres de descenso consecutivo.

Muchos han comparado el plan de Trump con el de Reagan, que elevó el déficit presupuestario a niveles estratosféricos pero logró crear millones de empleos. Sin embargo, esta comparación es mecánica y no contempla que Reagan se benefició de un entorno internacional favorable, marcado por la derrota del movimiento obrero en EEUU, Europa y en el mundo neocolonial, y por el colapso del estalinismo. ¿Estamos ante la misma situación? Por supuesto que no. Trump se enfrentará a una feroz lucha de clases en casa, y la perspectiva a corto plazo no es precisamente un periodo de auge económico mundial.

Ataque a los trabajadores inmigrantes

Una de las promesas más importantes de la campaña electoral de Trump fue lanzar una dura ofensiva contra los inmigrantes y sus derechos. En una de sus primeras órdenes ejecutivas aprobó la construcción del muro en la frontera con México —con un coste entre los 10.000 y 25.000 millones de dólares que tendría que ser cubierto por el gobierno mexicano—, y toda una batería de medidas para criminalizar al conjunto de la población inmigrante, no sólo a los que carecen de papeles.

Trump pretende incrementar sustancialmente el número de efectivos de la patrulla fronteriza y de campos de internamiento donde encerrarán a todos los que pretendan cruzar la frontera o que estén pendientes de deportación. Para justificar estas medidas en un momento en que el número de inmigrantes que intentan pasar desde México es el más bajo en cuarenta años (debido a las masivas deportaciones de emigrantes centroamericanos decididas por los gobiernos del PAN-PRI), Trump y sus secuaces ha lanzado una campaña demagógica acusando a los inmigrantes de simples criminales.

Pero esto no termina aquí. The Washing­ton Post publicó los borradores de dos nuevas órdenes presidenciales para proceder a las deportaciones de inmigrantes. Los primeros en ser deportados serían todos aquellos que están cobrando algún tipo de ayuda estatal, ya sean cupones de comida, subsidios sociales de cualquier tipo o que sean beneficiarios del programa Medicaid, aunque lleven años viviendo en el país de forma legal, y que cometan cualquier irregularidad administrativa. Ya se han comenzado a endurecer aún más los requisitos para conseguir un visado de trabajo o estudios y la pretensión es expulsar a todos aquellos que están trabajando ilegalmente en el país.

No es la primera vez que un gobierno norteamericano hace algo similar. George W. Bush lo intentó creando tal situación de acoso en los centros de trabajo, que desencadenó la mayor movilización de inmigrantes que se recuerda: cientos de miles participaron en las manifestaciones del 1 de mayo de 2006, en lo que fue una jornada parecida a una huelga general y se denominó el Día sin Inmigrantes. Además, los efectos de estas decisiones no sólo se dejarán sentir en EEUU, tendrá consecuencias en México, desestabilizando aún más la situación precaria por la que atraviesa el gobierno de Peña Nieto. México podría vivir una auténtica explosión social.

El objetivo de toda esta política antinmigración es claro: alimentar el chovinismo y el racismo entre la población, y particularmente entre la clase obrera, utilizando a los inmigrantes como chivo expiatorio de todos los problemas. Pero el ataque a los inmigrantes es la antesala para llevar a cabo una ofensiva general contra las condiciones sociales, laborales y los derechos democráticos del conjunto de los trabajadores norteamericanos.

Barra libre para los millonarios y las grandes empresas

Al mismo tiempo que la administración Trump habla de proteger a los trabajadores y clases medias, adopta medidas que favorecen a los grandes capitalistas y que supondrán un empeoramiento de las condiciones de vida de la población. Trump ya se ha reunido con los representantes de la industria automovilística y farmacéutica, y les ha prometido paralizar o eliminar el 75% de las regulaciones y las leyes federales en materia laboral —salarios, derechos sindicales, convenios…—, medioambiental o de seguridad en el empleo. Siguiendo esta línea, ha autorizado reanudar la construcción de los oleoductos de Keystone XL y el de Dakota, este último paralizado por la administración Obama debido al masivo movimiento de oposición que generó y en el que participaron decenas de miles de personas.

El sector financiero es otro de los grandes beneficiados. Trump ha eliminado todas las regulaciones bancarias y financieras aprobadas tras el crack financiero de 2008, reforzando de esta manera el control de Wall Street sobre la economía estadounidense. La respuesta fue inmediata: el Dow Jones ha superado en dos ocasiones la barrera de los 20.000 puntos.

Los planes de la administración Trump también pasan por un recorte de 10,5 billones de dólares del gasto público en los próximos diez años. Para empezar eliminará quince agencias gubernamentales: todas las dedicadas a la protección del medio ambiente o fomento de las energías renovables, la que proporciona asistencia legal gratuita a las personas con menos ingresos, la de ayuda a las mujeres maltratadas, las que facilitan que pequeños empresarios y agricultores accedan a nuevos mercados para sus productos…También endurecerá las condiciones para ser beneficiario y reducirá prácticamente a cero el dinero federal dedicado a los programas sanitarios Medicare y Medicaid. En definitiva, una guerra unilateral contra los más pobres de EEUU, que ya superan los 50 millones de personas.

Aumento del gasto militar y guerra en el exterior

En el resto del mundo, la política de “América primero” tendrá consecuencias dramáticas. Sus amenazas y la agresividad hacia China, Irán o Alemania, no es más que una declaración de guerra en defensa de la supremacía mundial del imperialismo estadounidense. Su política exterior es una receta para endurecer la pugna interimperialista y sacudirá las relaciones internacionales.

Esta virulencia va de la mano del incremento masivo del gasto militar. En la ceremonia de juramento del nuevo secretario de Defensa, el ex general James Mattis conocido como perro rabioso, Trump firmó una orden ejecutiva para comenzar la “reconstrucción del ejército”, actualizar el arsenal nuclear y preparar el país para conflictos militares con sus “competidores”. El gasto militar anual aumentará en 100.000 millones de dólares, que se sumarán a los 600.000 millones de dólares actuales, sin contar los gastos de los servicios de inteligencia, e incrementará en medio millón el número de soldados. En cuanto a los actuales conflictos bélicos en los que está participando directa o indirectamente EEUU, continuarán las intervenciones en Yemen, Siria o Iraq. Trump también ha advertido a sus socios de la OTAN que es necesario que se esfuercen en aportar la financiación que les corresponde, o en su caso EEUU reducirá su contribución.

Para derrotar a Trump es necesaria la movilización de masas

Trump sabe que se enfrentará a una oposición de masas y pretende criminalizar la disidencia (de hecho se está tramitando una ley para permitir a la policía utilizar armas de fuego contra los manifestantes). Específicamente reforzará la represión contra Black Lives Matter, que agrupa a decenas de miles de activistas y es el desarrollo más serio y clasista del movimiento de liberación negro desde los Black Panthers.

Hay muchos factores que pueden ayudar al movimiento contra Trump. En primer lugar, la ideología derechista es mucho más débil en la sociedad norteamericana que en los años ochenta, cuando el neoliberalismo tenía una base social de apoyo, incluso entre sectores de la clase obrera. La extrema derecha está envalentonada por la victoria de Trump, pero su base social es reducida. Los sectores con más peso de la clase dominante están contrariados con el ascenso al poder de Trump, y lo ven como un elemento potencialmente perjudicial para sus intereses domésticos y globales. Es verdad que Wall Street está entusiasmado con sus propuestas de reducir impuestos a los super ricos y eliminar la regulación financiera. Pero existe una posibilidad real de recesión interna y global en el próximo período que arrastraría a la administración Trump hacia una crisis profunda. Con o sin recesión, sectores de la clase dominante podrían comenzar a ejercer presión contra Trump, especialmente si se excede y provoca una resistencia seria, empezando por bloquear sus decisiones más polémicas en la Cámara de Representantes o el Senado, donde ya muchos dirigentes republicanos han mostrado su desagrado con las recientes medidas adoptadas.

Pero una cosa está clara. Trump no es un lacayo sin más, no es un mayordomo como lo son los dirigentes socialdemócratas o los burócratas sindicales. Cree en su discurso, cree en sus ideas, y está confiado para llevarlas a la práctica, lo que añade aún más material incendiario a una situación ya de por sí explosiva. En última instancia, la presidencia de Trump es producto de la profunda crisis que padece el capitalismo mundial y el norteamericano en particular.

El potencial para crear el movimiento de masas más grande en la historia de EEUU está madurando y la clave es reforzar su contenido clasista: los trabajadores deben ocupar una posición protagonista en esta batalla. En un momento de polarización extrema, con un amplio sector de la clase trabajadora y de la juventud girando a la izquierda, cada vez son más los que consideran que el capitalismo no funciona y ven con buenos ojos el socialismo. Marx decía que en algunas ocasiones la revolución necesita el látigo de la contrarrevolución para avanzar, y ese látigo lo está manejando Donald Trump con mucha menos habilidad de lo que piensa.

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