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Nueva publicación de la Fundación Federico Engels

La teoría de la revolución permanente representa una de las aportaciones más trascendentales del pensamiento marxista. Sin ella resulta imposible comprender la primera revolución obrera triunfante de la historia, la rusa de 1917, así como los procesos revolucionarios posteriores en países donde el capitalismo se desarrolló tardíamente y la lucha por el socialismo se combina con las tareas pendientes de la revolución democrática y la liberación nacional.

La reedición de esta obra de Trotsky no podría llegar en un tiempo político más oportuno. Las grandes luchas de clases que recorrieron Latinoamérica durante las dos últimas décadas —muy especialmente la revolución venezolana— o la Primavera Árabe —desde su eclosión en 2011 hasta las impresionantes insurrecciones populares en Argelia y Sudán en estos momentos— evidencian, tal como explica Trotsky en este libro, que es imposible resolver las reivindicaciones de la revolución democrático-nacional en los países coloniales, excoloniales y atrasados si la clase obrera, a la cabeza de todos los oprimidos, no toma el poder.

En estos países han fracasado todos los intentos de conciliar los procesos revolucionarios con el orden capitalista. La causa es concreta: una reforma agraria que acabe con el latifundismo y proporcione tierra y trabajo a los campesinos, el desarrollo de una industria diversificada y moderna con salarios y condiciones laborales dignas para los trabajadores, poner fin a los regímenes autoritarios y las dictaduras garantizando los plenos derechos democráticos o acabar con la subordinación económica y política al imperialismo sólo es posible mediante una estrategia socialista que expropie la banca, la tierra y los principales monopolios económicos, para dar paso a la construcción de un Estado obrero de transición bajo la administración directa de los trabajadores y los oprimidos. Esto es, en esencia, la teoría de la revolución permanente.

Los fundamentos históricos

La polémica en torno a esta teoría se extendió durante décadas en las filas de la izquierda militante. El motivo fue el triunfo de la burocracia estalinista en la URSS y la furiosa campaña desatada contra Trotsky y el legado revolucionario de Octubre.

A la revolución permanente, Stalin contrapuso la teoría del socialismo en un solo país. Con tal viraje, abandonó el enfoque internacionalista del marxismo por una visión estrecha y nacional ajustada a los intereses de la nueva casta burocrática en el poder. Se trató de una revisión del socialismo científico de relevancia semejante a la acometida por Eduard Bernstein y Karl Kautsky.

A pesar de la tergiversación teórica del estalinismo, lo cierto es que las ideas fundamentales de la revolución permanente ya fueron expuestas por Marx y Engels en sus análisis de los acontecimientos revolucionarios de 1848. En textos como Revolución y contrarrevolución en Alemania o en su genial Mensaje del comité central a la Liga de los Comunistas, que Lenin citaba de memoria en las reuniones bolcheviques, Marx y Engels cargaron contra la subordinación del proletariado a los intereses de la burguesía y la pequeña burguesía en la revolución democrática:

“La actitud del partido obrero revolucionario ante la democracia pequeñoburguesa es la siguiente: marcha con ella en la lucha por el derrocamiento de aquella fracción a cuya derrota aspira el partido obrero; marcha contra ella en todos los casos en que la democracia pequeñoburguesa quiere consolidar su posición en provecho propio. Muy lejos de desear la transformación revolucionaria de toda la sociedad en beneficio de los proletarios revolucionarios, la pequeña burguesía democrática tiende a un cambio del orden social que pueda hacer su vida en la sociedad actual lo más llevadera y confortable. (...)

“Mientras que los pequeñoburgueses democráticos quieren poner fin a la revolución lo más rápidamente que se pueda, después de haber obtenido, a lo sumo, las reivindicaciones arriba mencionadas, nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle, y no en un solo país, sino en todos los países dominantes del mundo, en proporciones tales, que cese la competencia entre los proletarios de estos países, y hasta que por lo menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos del proletariado. Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”. 

Basándose en estos fundamentos, Trotsky actualizó la teoría a partir de 1904, aunque sería en su obra de balance de la revolución rusa de 1905 donde llegó a una sistematización más completa y original.

En aquel momento, todas las tendencias del movimiento revolucionario ruso coincidían en la necesidad de liquidar el absolutismo zarista mediante una revolución democrático-nacional que conquistaría la república y haría realidad una reforma agraria que garantizase el reparto de la tierra a los campesinos, el desarrollo industrial, la mejora de las condiciones laborales del proletariado —incluido el derecho a formar sindicatos de clase— y, no menos importante, el fin de la opresión de todas las naciones sojuzgadas por la Rusia zarista —esa “cárcel de pueblos”, como era conocida— otorgándoles el derecho de autodeterminación.

Por contra, cuando se trató de establecer el programa, las tácticas y los objetivos políticos que la clase obrera debería defender en tal revolución, las diferencias se hicieron visibles hasta convertirse en irreconciliables.

Los mencheviques, el ala derecha del movimiento, concebían la revolución no como un proceso vivo, sino como un modelo que debía repetir todas las etapas de las revoluciones burguesas del pasado: la dirección le correspondía a la burguesía liberal y las organizaciones obreras debían limitarse a darle su apoyo. Sólo tras décadas de desarrollo de capitalismo “nacional ruso” y de un régimen parlamentario que otorgara una educación “democrática” a las masas tendría sentido luchar por el socialismo. En definitiva, repetían el esquema teórico de los dirigentes reformistas de la Segunda Internacional.

Trotsky y Lenin se opusieron al enfoque menchevique y rechazaron formar un bloque político con la burguesía. Las razones se desprendían de su análisis marxista de la estructura de clases de la sociedad rusa.

Ambos partían de una idea fundamental: el dominio del mercado mundial sobre las economías nacionales implicaba que países atrasados como Rusia —“el eslabón débil de la cadena capitalista”, en palabras de Lenin— contenían un modelo de desarrollo desigual y combinado: las formas más avanzadas de la producción capitalista (grandes fábricas con tecnología puntera) se combinaban con relaciones sociales y políticas heredadas del pasado feudal, que sobrevivían con fuerza.

La dependencia del Estado zarista del capital imperialista y la preponderancia de este en todas las esferas de la actividad productiva y comercial eran tan apabullantes que la auténtica independencia nacional sólo podía conquistarse rompiendo tal vínculo mediante métodos revolucionarios.

En este marco, la burguesía rusa, tanto la industrial como la comercial y la financiera, obtenía la parte del león de sus beneficios de sus negocios comunes con los latifundistas y el capital imperialista. Sus intereses generales como clase eran protegidos por el aparato estatal zarista. Era impensable, pues, que la burguesía rompiera voluntariamente tales lazos y atacara los fundamentos de una estructura social y política que le garantizaba su posición.

De este proceso objetivo se desprendía la incapacidad orgánica de la burguesía rusa para encabezar una revolución contra el régimen zarista y aplicar reformas democráticas. Transigía con un papel secundario en las instituciones políticas, monopolizadas por la aristocracia zarista, porque era la manera de asegurar sus intereses materiales.

Como tantas veces en la historia del movimiento marxista, la experiencia práctica de la lucha de clases fue lo que arrojó luz sobre una polémica teórica. La revolución de 1905 vino a reivindicar las posturas de Lenin y Trotsky: la burguesía traicionó las aspiraciones revolucionarias del pueblo y, en el momento decisivo, se puso del lado del zarismo, apuntalando la contrarrevolución.

Rosa Luxemburgo —implicada directamente en los combates revolucionarios de ese año en Varsovia — se posicionó con Lenin y Trotsky, exponiendo sus conclusiones en libros y congresos. Merece la pena citarlos, pues su sintonía con la teoría de la revolución permanente no deja lugar a dudas:

“La primera tarea de la revolución rusa consiste en acabar con el absolutismo e instaurar un moderno Estado de derecho, parlamentario y burgués. Desde el punto de vista formal, se trata exactamente de la misma tarea con la que se enfrentaba la revolución de marzo [de 1848] en Alemania y con la que se enfrentaba la gran revolución de finales del siglo XVIII en Francia. Pero las circunstancias y el medio histórico en que tuvieron lugar esas revoluciones, análogas desde un punto de vista formal, son completamente diferentes a las circunstancias y al medio histórico de la Rusia actual. Lo fundamental es el hecho de que entre aquellas revoluciones burguesas del occidente y la actual revolución burguesa en el oriente ha transcurrido todo un ciclo de desarrollo capitalista. Y este desarrollo no se produjo sólo en los países de Europa occidental, sino también en la Rusia absolutista. La gran industria —con todas sus consecuencias: la moderna división de clases, los fuertes contrastes sociales, la vida moderna en las grandes ciudades y el proletariado moderno— domina en Rusia (...)

“De ahí resulta esta situación histórica contradictoria y extraña (...) No es la burguesía actualmente el elemento revolucionario dirigente, como en las anteriores revoluciones de occidente, en las que la masa proletaria, disuelta en la pequeña burguesía, actuaba como masa de maniobra, sino por el contrario, ahora es el proletariado con conciencia de clase el elemento dirigente e impulsor (...) el proletariado ruso está llamado a desempeñar el papel dirigente de la revolución burguesa (...) la lucha del proletariado se dirige simultáneamente, y con la misma fuerza, contra el absolutismo y contra la explotación capitalista”.

Cuando en mayo de 1907 se celebró en Londres el V Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia para hacer balance de la experiencia revolucionaria, Rosa Luxemburgo se dirigió al plenario con un discurso vibrante:

 “La socialdemocracia rusa es la primera a la que correspondió la difícil pero honrosa tarea de aplicar los principios de la enseñanza de Marx, no en un período de tranquilo curso parlamentario en la vida del Estado, sino en un tormentoso período revolucionario. La única experiencia que el socialismo científico había tenido previamente en la política práctica durante el período revolucionario fue la actividad del propio Marx durante la revolución de 1848. Sin embargo, el curso mismo de la revolución de 1848 no puede ser modelo para la actual revolución de Rusia. De él sólo podemos aprender cómo no actuar en una revolución. He aquí el esquema de esta revolución: el proletariado lucha con su habitual heroísmo pero es incapaz de aprovechar sus victorias; la burguesía hace retroceder al proletariado para usurpar los frutos de su lucha; por último, el absolutismo echa a un lado a la burguesía para aplastar al proletariado y derrotar la revolución (...)

“El proletariado ruso, en sus acciones, debe mostrar que entre 1848 y 1907, en más de medio siglo de desarrollo capitalista, y desde el punto de este desarrollo tomado en su conjunto, no estamos al principio sino al final de este desarrollo. Ha de demostrar que la revolución rusa no es sólo el último acto de una serie de revoluciones burguesas del siglo XIX, sino, antes bien, la precursora de una serie de revoluciones proletarias en que el proletariado consciente y su vanguardia, la socialdemocracia, están destinados a jugar el papel histórico de dirigentes”.

La leyenda trazada por el estalinismo habla del “repudio” de Lenin a la teoría de la revolución permanente. Como en tantas otras falsificaciones, aunque Lenin nunca utilizara tal término en concreto, defendió un enfoque muy similar al de Trotsky. En su gigantesca obra sobre la revolución bolchevique, E. H. Carr se refiere a esta importante cuestión:

“Aunque la disputa entre bolcheviques y mencheviques pareciera girar en torno a cuestiones esotéricas de doctrina marxista, en realidad planteaba cuestiones fundamentales para la historia de la revolución rusa. Los mencheviques, al aferrarse a la primitiva secuencia marxista según la cual la revolución democrático-burguesa debería preceder a la revolución socialista-proletaria, nunca aceptaron la hipótesis de Lenin, enunciada ya en 1898, de la existencia de un vínculo indisoluble entre ambas (...) Para Lenin, las dos etapas formaban parte de una especie de proceso continuo”.

En un texto escrito al calor de la revolución de 1905, titulado La actitud de la socialdemocracia ante el movimiento campesino, Lenin expresa con precisión la idea apuntada por Carr:

“(…) de la revolución democrática comenzaremos a pasar enseguida, y precisamente en la medida de nuestras fuerzas —las fuerzas del proletariado consciente y organizado—, a la revolución socialista. Somos partidarios de la revolución ininterrumpida. No nos quedaremos a mitad de camino (...) ayudaremos con todas nuestras fuerzas a todo el campesinado a hacer la revolución democrática para que, a nosotros, al partido del proletariado, nos sea más fácil pasar lo antes posible a una tarea nueva y superior: a la revolución socialista”.

Lenin, Trotsky y la revolución rusa de 1917

Es cierto que Lenin presentó durante un periodo de tiempo una fórmula concreta sobre el tipo de régimen resultante de una revolución democrática: la dictadura democrática revolucionaria de obreros y campesinos. Era un planteamiento que trataba de resaltar la necesidad de asegurar la alianza entre el proletariado y el campesinado, imprescindible para el triunfo de la revolución.

Pero el desarrollo de la revolución rusa tras el derrocamiento del zar en febrero de 1917 convenció a Lenin de que tal fórmula había quedado completamente superada. La revolución democrática había llegado lo más lejos que cabía esperar, y el resultado había sido un gobierno de coalición entre la burguesía y los partidos socialistas conciliadores (eseristas y mencheviques), que se mostraba incapaz de llevar a cabo las tareas democráticas de la revolución, renunciando al reparto de la tierra entre los campesinos y a una paz honrosa y sin anexiones que pusiera fin a la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial.

Para Lenin quedaba claro que sólo el poder de los trabajadores resolvería en positivo estas demandas. La etapa democrática de la revolución había concluido. La clase obrera y el campesinado debían orientarse hacia el triunfo de la revolución socialista.

En abril de 1917, las ideas de Trotsky y el programa leninista de la revolución confluyeron plenamente. Lenin expuso sus ya famosas Tesis de abril en varias reuniones de militantes bolcheviques y mencheviques, causando sensación entre los activistas de base y bastante hostilidad entre los dirigentes de los sóviets, incluidos no pocos cuadros de su propio partido.

Las ideas esenciales de las tesis se pueden resumir en los siguientes puntos: a) La guerra es imperialista, de rapiña; es imposible acabar con ella mediante una paz democrática sin derrocar el capitalismo. b) La tarea de la revolución ahora es poner el poder en manos del proletariado y los campesinos pobres. Ningún apoyo al Gobierno Provisional. No a la república parlamentaria, volver a ella desde los sóviets es un paso atrás. Por una república de los sóviets de diputados obreros, soldados y campesinos. c) Supresión de la burocracia, el ejército y la policía. Armamento general del pueblo. d) Nacionalización de toda la tierra para ponerla a disposición de los sóviets locales de jornaleros y campesinos. e) Nacionalización de la banca bajo control obrero. f) La revolución rusa es un eslabón de la revolución socialista mundial. Hay que construir inmediatamente una Internacional revolucionaria, rompiendo con la Segunda Internacional.

Toda la política de Lenin en los meses de la revolución rusa hasta el triunfo de octubre supone una refutación de las teorías etapistas y frentepopulistas de colaboración de clases. La revolución es permanente en dos sentidos: empieza siendo democrática, pero, para vencer, debe transformarse en socialista; la revolución empieza nacionalmente pero, enfrentada al cerco capitalista, debe extenderse internacionalmente.

La burocracia estalinista y la colaboración de clases

Hasta la muerte de Lenin, en 1924, el carácter permanente de la revolución —la fusión de las reivindicaciones democráticas y socialistas, y la necesidad de luchar por su extensión internacional— eran abecé para cualquier comunista. Las resoluciones, manifiestos y tesis de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista lo reflejan de manera brillante. Pero esto cambió con el ascenso de la burocracia estalinista.

El aislamiento de la Revolución rusa por el fracaso de las insurrecciones obreras en Alemania, Austria-Hungría, Italia..., y las duras condiciones económicas derivadas de la guerra imperialista y la posterior guerra civil se alzaron como un poderoso obstáculo en la construcción del socialismo en la URSS. En pocos años, la democracia obrera fue socavada en el partido y los sóviets, mientras el poder pasó paulatinamente a una capa de burócratas con intereses materiales propios. Para mantener su dominio sobre la sociedad, esta casta burocrática necesitaba no sólo controlar férreamente el aparato del Estado, sino también reescribir la historia de la revolución y desarrollar ideas que se ajustarán a sus intereses.

La nueva teoría del socialismo en un solo país, formulada en 1924 por Stalin, fue el medio adecuado. La burocracia y su régimen autoritario fueron identificados con el socialismo, y la defensa de ese modelo pasó a ser el objetivo de la Internacional Comunista. En ese proceso, toda idea que recordara los principios internacionalistas del marxismo y su política de independencia de clase fue proscrita. La teoría de la revolución permanente fue colocada en el índice de las doctrinas prohibidas y sometida a una campaña brutal de tergiversaciones. Trotsky escribió esta obra en 1929 precisamente para responder a tales falsificaciones.

En su lucha contra la revolución permanente, Stalin recuperó la teoría etapista de la revolución hasta convertirse en el campeón de la colaboración de clases. Las consecuencias de este giro político fueron trágicas.

En China, siguiendo órdenes de los nuevos amos del Kremlin, el Partido Comunista (PCCh) supeditó su política al Kuomintang, el partido nacionalista burgués encabezado por Chiang Kai-shek, en aras de culminar la etapa democrático-nacional de la revolución. Pero cuando en 1927 llegó el ascenso revolucionario, el Kuomintang se unió a los latifundistas y al imperialismo para aplastar a los obreros y campesinos, perpetrando sendas masacres en Shanghái y Cantón, y persiguiendo duramente al PCCh.

En el Estado español, los dirigentes del PCE, aplicando las consignas de Stalin, combatieron la revolución socialista que estalló tras el golpe fascista de julio de 1936, reprimiendo a los sectores más avanzados de la izquierda militante con la excusa de defender la “República democrática”. Su política de colaboración de clases con los republicanos burgueses condujo al aplastamiento de los organismos de poder obrero (milicias, colectividades, fábricas tomadas por los trabajadores, comités populares de justicia...) y, una vez desactivada la movilización independiente de las masas obreras y campesinas, a la derrota militar en la guerra civil.

China y Cuba

Años más tarde, las victorias revolucionarias en China (1949) y Cuba (1959) volverían a poner de manifiesto la vigencia de la teoría de la revolución permanente, aunque de forma indirecta porque en ninguno de estos dos países existía un partido obrero revolucionario que dirigiera a los trabajadores y campesinos para establecer un régimen de democracia obrera.

En cualquier caso, tanto la revolución china como la cubana fueron acontecimientos de enorme trascendencia histórica y confirmaron de manera inequívoca que, para resolver los problemas más acuciantes de los oprimidos, es necesario la completa expropiación de la burguesía, los terratenientes y el capital imperialista y la destrucción de su aparato estatal.

Siguiendo la línea trazada por Stalin, Mao afirmó en 1948 que China necesitaría cien años de desarrollo capitalista antes de plantearse el socialismo. Cuando los ejércitos guerrilleros dirigidos por el PCCh entraron en las ciudades, los burgueses y los latifundistas huyeron. Para evitar el colapso económico, Mao tuvo que expropiar los medios de producción e instaurar una economía planificada.

En Cuba, el programa inicial de Fidel Castro era lograr un régimen democrático-burgués apoyándose en una amplia reforma agraria y medidas sociales que dignificasen las condiciones de vida de la población. Pero, enfrentados al sabotaje de los empresarios y los terratenientes cubanos coaligados con el imperialismo estadounidense, Fidel y el Che expropiaron las palancas decisivas de la economía para cumplir su programa democrático y responder a las aspiraciones populares.

Inmediatamente, la dirección del Movimiento 26 de Julio refundó el Partido Comunista de Cuba (que años atrás, siguiendo las directrices de Moscú, había llegado a participar en el gobierno del dictador Fulgencio Batista) y proclamó el carácter socialista de la revolución cubana. El régimen castrista llevó a cabo una política de reformas sociales sin precedentes en la historia de la isla, ganando un apoyo popular fundamental para derrotar todas las agresiones contrarrevolucionarias del imperialismo estadounidense.

El colapso de la URSS y del bloque del Este de Europa, la restauración capitalista en China y la grave crisis que sufre Cuba, incluidas las reformas procapitalistas aplicadas en los últimos años, son la pesada herencia de la falta de democracia obrera y de la degeneración burocrática, de la sustitución del internacionalismo proletario por el socialismo en un solo país.

La revolución permanente hoy

El capitalismo está hoy mucho más globalizado e integrado que cuando Trotsky formuló su teoría. Los diferentes sectores de la clase dominante en los países atrasados están fundidos en una misma oligarquía reaccionaria y su dependencia de las potencias imperialistas es incluso mayor, como muestra su sometimiento a todos los planes del FMI, Banco Mundial, etc.

Por otra parte, la clase obrera del mundo excolonial es mucho más fuerte y numerosa que hace cincuenta o cien años y tiene un peso mayor en sus sociedades que el proletariado ruso en 1917. En 2014, por primera vez en la historia, más del 50% de la población mundial vivía en ciudades. En África, la población urbana representa el 50%, frente al 14,7% de la época de la lucha por la independencia, la década de los cincuenta del siglo pasado. En Latinoamérica representa el 80%.

Sin embargo, este desarrollo no ha servido para liberar a ningún pueblo de la dominación imperialista. Economías fuertes como Brasil o la India dependen más que nunca de la exportación de materias primas. Y qué decir de México en relación con EEUU. O de Venezuela, donde a pesar de los avances sociales logrados durante los gobiernos de Hugo Chávez, su economía sigue atada a la producción petrolera y a las fluctuaciones del precio del crudo en el mercado mundial.

Acontecimientos recientes de la lucha de clases han demostrado la vigencia de la teoría de la revolución permanente de una forma negativa. La Primavera Árabe ofreció un ejemplo vibrante de la fuerza revolucionaria de las masas. Dictaduras sangrientas fueron puestas en jaque por un levantamiento asombroso, desde Egipto a Túnez, desde Siria a Libia, Yemen e incluso Marruecos. La revolución árabe sembró el pánico entre la oligarquía corrupta de estas naciones y los imperialismos estadounidense y europeo.

El papel de la clase obrera en Egipto y Túnez, actuando como fuerza motriz de la crisis revolucionaria, está fuera de toda duda. Las huelgas obreras y las manifestaciones populares de masas, ocupando plazas y calles, dieron forma a comités de acción que se extendieron por sus geografías. Incluso en Libia y en Siria, a pesar de la contrarrevolución sangrienta posterior, la irrupción de la población pobre desafiando la represión y la formación de organismos de doble poder basados en la autodefensa armada mostraron un gran potencial revolucionario.

Pero nuevamente las traiciones de las direcciones estalinistas, reformistas y nacionalistas que estaban al frente de estos grandes movimientos, y su negativa a entender que la conquista de la democracia sólo es posible mediante el derrocamiento del capitalismo y el establecimiento del poder obrero, permitieron a las burguesías nacionales recuperarse y lanzar una brutal ofensiva contrarrevolucionaria de la mano del imperialismo.

También el ascenso y caída de la revolución venezolana muestra la corrección de la teoría de la revolución permanente. Chávez ganó las elecciones de 1998 con un programa de capitalismo de rostro humano. Enfrentado al boicot imperialista y capitalista, e inspirado por la impresionante movilización obrera y popular que derrotó varios golpes contrarrevolucionarios y le salvó la vida, en 2005 planteó abiertamente que el capitalismo había fracasado y que la única solución era el socialismo. Los oprimidos de todo el continente recibieron con entusiasmo estas ideas; los opresores respondieron con odio, organizando una campaña brutal de calumnias y desestabilización.

Si Chávez hubiese aplicado las ideas planteadas por Trotsky en este libro, llamando a los movimientos revolucionarios que sacudían en ese momento Bolivia y Ecuador a completar la tarea y expropiar a los capitalistas y derrocar el Estado burgués, habría sido posible el triunfo de la revolución socialista en Venezuela y su extensión al resto de América Latina. En Cuba habría animado la lucha por la democracia obrera y una planificación democrática de la economía nacionalizada. La formación de una federación socialista de estas naciones se habría convertido un polo de atracción irresistible para las masas de todo el continente, incluidos los Estados Unidos.

Chávez recomendó a sus seguidores la lectura de La revolución permanente, pero lamentablemente no sacó las conclusiones prácticas de esta teoría. Se quedó a medio camino y todos los viejos males resurgieron: el sabotaje económico de la burguesía nacional, la actividad terrorista auspiciada por el imperialismo y la cristalización de una burocracia “bolivariana” que utilizó las palancas del Estado para sacar provecho haciendo negocios con los capitalistas. Estos factores explican el colapso económico sin precedentes, los avances de la contrarrevolución y que la idea del socialismo esté desacreditada ante amplios sectores del pueblo venezolano.

Como explica Trotsky en esta obra, si la revolución no acaba con el capitalismo y el latifundismo para poner las bases de la construcción del socialismo, el resultado no será estancarse en la “etapa democrática o antiimperialista”, sino retroceder a la barbarie anterior y correr el riesgo de ser aplastada. Es lo que está ocurriendo hoy en Venezuela. Pero la última palabra no está dicha. Así como, en su fase más progresista, la revolución venezolana impactó en la lucha de clases de otros países, la crisis del capitalismo y la ofensiva de la derecha están impulsando movilizaciones de masas en México, Honduras, Brasil, Argentina, Uruguay, Nicaragua, en Argelia y Sudán, en Europa y en otros lugares del mundo, haciendo avanzar la conciencia de los oprimidos.

El capitalismo mundial ha perdido su equilibrio interno. La crisis que arrastra desde hace más de diez años empuja a la mayoría de la humanidad a una pesadilla de explotación, miseria y barbarie, mientras la democracia burguesa se desacredita y la polarización social y política crece. Estas condiciones objetivas son las que llevarán a los trabajadores y la juventud de todo el mundo a intentar cambiar la sociedad una y otra vez. La lectura de La revolución permanente ayudará a la nueva generación de revolucionarios a prepararse para intervenir en esta lucha con el programa del marxismo y conseguir, esta vez sí, la victoria.

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