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126 páginas · 10 euros

Estos cinco textos de Trotsky compilados por la Fundación Federico Engels, dan una idea de la fortaleza científica de la economía política marxista y su método dialéctico. Aunque escritos en otras circunstancias históricas, contienen respuestas a muchas preguntas puestas encima de la mesa por la actual crisis económica.

El primero es La curva del desarrollo capitalista. Escrito en 1923, aborda la dinámica de los ciclos de la economía y ayuda a comprender la interrelación entre los procesos políticos y económicos, rechazando cualquier tipo de mecanicismo y subrayando la importancia del enfoque materialista dialéctico.

El segundo, El marxismo en nuestro tiempo, es el prólogo a una edición resumida de El Capital realizada por Otto Rühle. Trotsky defiende enérgicamente no sólo los principales aspectos de la teoría económica de Marx, sino también las perspectivas que este trazó para el capitalismo y la necesidad del socialismo como única alternativa a la decadencia y la barbarie del sistema, que cuando se escribió este texto (abril de 1939) se dirigía a toda máquina hacia la mayor conflagración de la historia de la humanidad.

El tercero, El nacionalismo y la economía, de 1934, es un texto de gran actualidad porque analiza las desastrosas consecuencias de las políticas económicas proteccionistas desatadas tras el crac de la bolsa neoyorquina cinco años antes, políticas que, lejos de solucionar la crisis, contribuyeron a ahondarla y, en última instancia, acabaron por empujar el mundo a la Segunda Guerra Mundial. Leyéndolo, es inevitable que se nos vengan a la cabeza paralelismos con el actual conflicto entre Estados Unidos y China. Salvando las debidas distancias históricas, el método que nos ofrece Trotsky para analizar el fenómeno del nacionalismo económico mantiene toda su vigencia.

El cuarto, A noventa años del Manifiesto Comunista, de finales de 1937, ha trascendido como una crítica rigurosa de las principales tesis del Manifiesto, y también de su enorme vigencia, a la luz de los acontecimientos políticos y económicos transcurridos a lo largo de casi un siglo.

El quinto y último texto es Una vez más sobre la ‘crisis del marxismo’, de marzo de 1939, una breve respuesta a todos los autoproclamados teóricos, muchos de ellos desertores reformistas de la lucha de clases, que se jactan de cómo la “realidad concreta” ha refutado, supuestamente, los principios del marxismo revolucionario.

El libro incluye también una introducción de Juan Ignacio Ramos, secretario general de Izquierda Revolucionaria, abordando la situación actual de la economía mundial y que publicamos a continuación.

El capitalismo, fuera de control

Toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir como por encanto tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las fuerzas infernales que ha desencadenado con sus conjuros (…) la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que son la condición para la existencia y dominación de la burguesía.

Marx-Engels,  El Manifiesto Comunista

Lo que debe motivar a todo aquel relacionado con la ciencia es el deseo de alcanzar una comprensión racional, y no simplemente la acumulación de una gran cantidad de datos.

Hegel

No tiene sentido negar que el capitalismo tuvo el gran mérito histórico de elevar enormemente la técnica y la productividad del trabajo, crear una economía global y establecer las condiciones objetivas para que los recursos del planeta puedan ser utilizados de forma racional y sostenible. Sin embargo, la economía de mercado del siglo XXI no sólo está más lejos que nunca de cumplir tal tarea, sino que el avance de la tecnología y la sobreabundancia de capitales y mercancías se convierten —bajo el imperio de la propiedad privada y el Estado nacional— en causa de una pobreza lacerante, un paro estructural masivo, una precariedad laboral extrema y un daño inmenso al medio ambiente.

Un mundo trastornado

El estallido de la Gran Recesión en 2008 representó un punto de inflexión en la historia. No hay duda de que la sociedad atraviesa un trastorno general, empezando por el recrudecimiento de la lucha interimperialista por el control de los mercados, áreas de influencia y materias primas.

El sistema de relaciones internacionales está patas arriba: las alianzas entre las grandes potencias y sus estados vasallos, tejidas a lo largo de décadas, se rompen, provocando conflictos militares prolongados y una nueva balcanización del planeta. El Brexit, otro elemento destacado de la nueva situación general, supondrá una quiebra decisiva del bloque europeo y colocará un gran signo de interrogación sobre su futuro. Europa se hunde todavía más en una posición subalterna, sumando más contradicciones y echando por tierra las ideas utópicas de un viejo continente unido sobre bases capitalistas.

En cualquier caso, no se puede perder de vista el combustible que alimenta esta gran trasformación. La pugna por la supremacía que libran EEUU y China, y que ha adquirido una dinámica propia, está condicionando estos acontecimientos. La guerra comercial y las devaluaciones competitivas de las divisas empeoran la perspectiva. El retroceso del comercio, la desaceleración en EEUU, la contracción general de la zona euro y el encefalograma plano de los países emergentes dibujan en el horizonte próximo una recaída en la recesión, con consecuencias políticas y sociales impredecibles.

Hechos de tal magnitud no pueden dejar de tener efecto sobre la superestructura política de la sociedad. La decadencia de la democracia parlamentaria, la deslegitimación de la socialdemocracia y de los partidos conservadores tradicionales, la división de la clase dominante país tras país y las tendencias bonapartistas y autoritarias de numerosos gobiernos occidentales indican que las anteriores formas de dominación de la burguesía hacen aguas.

El auge de la lucha de clases —incluyendo crisis revolucionarias y golpes contrarrevolucionarios—, la honda polarización social y política, o los giros bruscos de las capas medias a derecha e izquierda, son fruto de una desigualdad creciente tras años de recortes sociales y austeridad.

“El equilibrio capitalista —escribió Trotsky— es un fenómeno complicado. El régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando, de paso, los límites de su dominio. En la esfera económica, estas constantes rupturas y restauraciones del equilibrio toman la forma de crisis y booms. En la esfera de las relaciones entre clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, en cierres patronales, en lucha revolucionaria. En la esfera de las relaciones entre Estados, la ruptura del equilibrio es la guerra, o bien, más solapadamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o bloqueo. El capitalismo posee entonces un equilibrio dinámico, el cual está siempre en proceso de ruptura o restauración. Al mismo tiempo, semejante equilibrio posee gran fuerza de resistencia; la mejor prueba que tenemos de ella es que aún existe el mundo capitalista”.

El auge

A finales de los años ochenta del siglo pasado, el sistema experimentó un período de crecimiento que se prolongó casi dos décadas. El colapso del estalinismo —con el derrumbe de la URSS y los Estados obreros deformados de Europa del Este— se combinó con severas derrotas de los trabajadores en Europa y los países excoloniales. Este cambio trascendental en la situación objetiva alentó el giro a la derecha de las organizaciones obreras, tanto de la socialdemocracia y los sindicatos como de los partidos estalinistas, abriendo la puerta a una furiosa contrarrevolución ideológica.

En las relaciones económicas se impuso una nueva división del trabajo internacional, con la apertura de nuevos mercados, el avance de la “globalización” y el rotundo triunfo de la agenda neoliberal y su estela de privatizaciones de servicios y empresas públicas estratégicas. Por supuesto, el proceso de restauración capitalista en China fue clave para componer semejante escenario: cientos de miles de millones de dólares de inversión occidental se lucraban de una mano de obra barata e inagotable, mientras se destruían numerosas áreas industriales en EEUU y Europa.

En esa época, la desregulación de los mercados financieros adquirió una velocidad imparable, al igual que el fenómeno universal del apalancamiento (endeudamiento) empresarial, privado y estatal, y las megafusiones. Todos estos factores, políticos y económicos convergieron para crear altas tasas de beneficios capitalistas.

La expansión ilimitada del crédito y el crecimiento de los fondos de inversión especulativos o de los chiringuitos fraudulentos de la ingeniería financiera eran noticias que los gobiernos recibían con euforia. No en vano la URSS se había derrumbado y el triunfo sobre el “comunismo” creaba, en teoría, las condiciones para un nuevo período de democracia y bienestar sin precedentes.

Pero, a pesar de que parecía inagotable, el boom no pudo escapar a las contradicciones que había generado y que finalmente estallaron en la Gran Recesión de 2008, la más devastadora desde el crac de 1929.

Pocos fueron los que predijeron el desplome financiero internacional y la crisis de sobreproducción que se desarrolló en paralelo. La inmensa mayoría de los economistas burgueses y los periodistas especializados, por lo general en nómina de los grandes monopolios, no se cansaban de subrayar la “solidez” de los cimientos del sistema, hasta que se dieron de bruces con la realidad.

Miles de estos individuos, que desde sus foros mediáticos creaban, y crean, la corriente dominante en la opinión pública, rechazaban indignados la perspectiva de un brusco parón de la actividad económica. Eran tan “realistas”, que no podían conciliarse con la idea de que su sistema podía no ser tan perfecto y que el “círculo virtuoso” de aquellos años podría acabar transformado en pesadilla.

La caída

Los fenómenos de la recompra de acciones, la exuberancia irracional de unos valores bursátiles que no se correspondían con el volumen de actividad de las empresas ni con sus beneficios reales, los derivados financieros, los fondos especulativos que escondían cientos de miles de millones de dólares en préstamos fallidos..., confirmaron lo que Marx dejó escrito en El capital: el capital financiero adquirió una dinámica cada vez más independiente de la economía real, se hacía ficticio, transformándose en un peso muerto para la producción capitalista.

En 2007 se hizo ya evidente que el proceso de acumulación basado en la expansión del crédito, en la deuda insolvente y en la ingeniería financiera habían rebasado los límites naturales del ciclo económico. En realidad, reflejaban la crisis de sobreproducción que ya se estaba forjando: la enorme masa de capital obtenido durante el período de expansión de los noventa lograba rentabilidades cada vez más bajas en el proceso productivo, lo que hacía menguar la inversión en la economía real. Esos capitales ociosos se movían por los mercados bursátiles de todo el mundo buscando formas de revalorizarse y acrecentar sus plusvalías, hasta que la burbuja finalmente estalló.

Marx explicó cómo, en un punto dado del desarrollo de la producción a gran escala, se produce una transformación cualitativa: el capital acumulado es tan grande, que una parte del mismo se valoriza sin abandonar la esfera financiera mediante títulos que salen a subasta en las bolsas (acciones y bonos de deuda) y que representan derechos de cobro sobre la plusvalía actual, pero también sobre la futura. Este capital financiero, que va adquiriendo cada vez más fuerza apropiándose de todas las esferas de la actividad económica, se convierte en capital ficticio: dinero que produce dinero (D-D’) sin la intervención del proceso productivo y la venta de mercancías.

La cuestión es que, aunque este capital ficticio, tanto en 2007 como en la actualidad, haya alcanzado un grado de independencia elevadísimo en relación a la economía productiva, en última instancia sigue dependiendo de ella. La materialización de esos derechos de cobro presentes y futuros que representan los títulos bursátiles y bonos de deuda de todo tipo depende de la producción y de la realización de la plusvalía en el mercado por un volumen que pueda satisfacer a la masa de capital ficticio que la pretende. Más tarde o más temprano, esta contradicción tiende a resolverse, y cuanto más amplia sea la brecha, más amenazará con convertirse en una explosión incontrolada.

El desplome de las subprime fue tan sólo el preludio del batacazo que en 2008 y 2009 sufrió el conjunto del sector financiero de EEUU, Gran Bretaña, Francia, Japón, el Estado español, Portugal o Grecia..., que se propagó como una metástasis incontrolable al conjunto del organismo económico.

¿Lecciones aprendidas?

“El capital financiero —escribió Lenin—, concentrado en muy pocas manos y ejerciendo un monopolio virtual, obtiene beneficios enormes y crecientes del lanzamiento de sociedades a Bolsa, la emisión de valores, los préstamos al Estado, etc., fortalece el dominio de la oligarquía financiera y le cobra un tributo a toda la sociedad en provecho de los monopolistas”. En definitiva, “el imperialismo —el dominio del capital financiero— es la fase superior del capitalismo, en la cual esa separación alcanza unas proporciones inmensas. La supremacía del capital financiero sobre todas las demás formas de capital implica el predominio del rentista y de la oligarquía financiera, implica que un pequeño número de Estados financieramente ‘poderosos’ destacan sobre el resto”. 

A finales del siglo XX y en las dos primeras décadas del siglo XXI, este fenómeno se ha hecho aún más decisivo en las relaciones económicas mundiales, y por este mismo motivo la agenda capitalista desplegada para conjurar la Gran Recesión ha fracasado. La burguesía no ha pretendido empeorar conscientemente las contradicciones estructurales que afloraron una década atrás. Pero ha ocurrido, y este resultado deja en evidencia que la anarquía del mercado y el orden político burgués no pueden controlar las fuerzas productivas, empujando a la sociedad hacia la ruina o la revolución.

¿De qué hablamos entonces? ¿Acaso los gobiernos capitalistas no juraron que habían tomado nota de la crisis de 2008, que habían aprendido la lección?

Tras el estallido de 2008, las cumbres del G-7 (o G-8 mientras Rusia participó en ellas) y del G-20 acabaron con grandes declaraciones a favor de una estricta regulación de los bancos de inversiones y de controles públicos para evitar la formación de una nueva burbuja especulativa. Toda esta propaganda no podía maquillar lo que realmente estaba haciendo la clase dominante: utilizar su Estado y sus gobiernos para inyectar liquidez a mansalva y salvar a los grandes bancos, corporaciones financieras y empresas endeudas hasta las cejas y con grandes problemas de solvencia, saqueando los recursos públicos mediante planes salvajes de recortes sociales y privatizaciones masivas.

Esa es la razón de unos beneficios financieros sin precedentes en ninguna otra etapa de la historia, que han puesto en evidencia por enésima vez el carácter parasitario de este tipo de capital. Una reciente investigación ha señalado que solamente tres corporaciones (Blackrock, Vanguard y State Street) ya son las mayores accionistas del 40% de todas las compañías estadounidenses y del 88% de las 500 mayores empresas del país. Según The Mckinsey Global Institute, el 80% de todos los beneficios empresariales que se obtienen en el mundo los genera el 10% de los grupos cotizados en bolsa.

Los bancos estadounidenses mantienen en su contabilidad 157 billones de dólares en derivados, es decir, el doble del PIB mundial y un 12% más de lo que acumulaban en 2008. “Los ‘seis grandes’ bancos estadounidenses (JP Morgan Chase, Citigroup, Wells Fargo, Bank of America, Goldman Sachs y Morgan Stanley) poseen, colectivamente, un 43 % más de depósitos, un 84 % más de activos y el triple de dinero en efectivo del que tenían antes de la crisis de 2008. Esencialmente, han duplicado el riesgo que derribó el sistema bancario en 2008” (Walden Bello, El capitalismo financiero prepara la recesión 2.0, 19/6/2019).

Junto a la gran burbuja especulativa que avanza con botas de siete leguas, la deuda mundial bate récords, lastrando la recuperación y sentando las bases para una recaída aún más dramática. Según el Instituto de Finanzas Internacionales, al cierre de 2018 la deuda de hogares, empresas, bancos y gobiernos de todo el mundo ascendía a 243,2 billones de dólares, un 317% del PIB global.

El estancamiento también se ha manifestado en el comercio mundial. Basta recordar que la expansión comercial fue un factor decisivo para que el capitalismo europeo y estadounidense, junto con China, registraran dos décadas de crecimiento sostenido salpicado de breves recesiones (desde 1987 hasta 2007 aproximadamente). La participación media de las exportaciones e importaciones en el PIB mundial pasó del 20% en 1995 al 30% en 2014; en ese mismo período, las exportaciones mundiales de mercancías se multiplicaron por cuatro.

Ahora, el repliegue del comercio internacional es un hecho: tras avanzar hace una década a una media del 7%, en 2019 crecerá un raquítico 2,6% (en el primer trimestre de este año, las exportaciones globales acusaron un descenso interanual del 2,7% y las importaciones, del 3,1%).

La inversión privada, el factor clave para la reanimación del ciclo económico, también experimenta un retroceso acusado. Según el Departamento de Comercio de EEUU, mientras en el período 1987-2007 la inversión privada neta respecto al PIB creció en el país un promedio del 3,08% anual, entre 2008 y 2016 apenas lo hizo un 1,86%. Según un informe de la OCDE del pasado abril, la inversión extranjera directa en el mundo se contrajo un 16% en 2017 y un 27% en 2018.

Las tendencias recesivas son señaladas por dos fenómenos más: la deuda soberana de numerosos países, que ofrece tipos de interés negativos (como el caso de Alemania), ya alcanza los 15 billones de dólares. Una situación tan excepcional que ha motivado que el expresidente de la Fed, Alan Greenspan, afirme: “definitivamente algo está fuera de control, los bancos centrales han puesto tanta liquidez en el mercado que el riesgo y el valor tienen muy poco significado”.

El otro factor es el diferencial de rentabilidad del bono estadounidense a dos años, que supera actualmente el del bono a diez años. Es decir, los grandes inversores tienen muchas dudas sobre lo que pueda ocurrir en la economía estadounidense a medio plazo, a pesar de sus “brillantes” datos de crecimiento y escaso desempleo.

Lucha por la supremacía

La guerra comercial entre EEUU y China supone un paso cualitativo en una pugna mucho más amplia. Aunque EEUU sigue manteniendo la posición directora en muchos aspectos, no puede esconder sus grandes dificultades para hacer frente a la pujanza del imperialismo chino.

Algunos datos son muy ilustrativos. Entre 2000 y 2015, China pasó de producir el 3% del acero mundial a producir el 50%. Y según la International Cement Review, en solamente tres años (2011-2013), consumió más cemento que Estados Unidos en todo el siglo XX. En 1980, sus exportaciones sólo representaban el 1% del total mundial, pero en 2018 se posicionó como la principal potencia exportadora del planeta con el 12,8%, seguida de EEUU (8,5%) y Alemania (8%). El déficit comercial de EEUU con China en 2018 superó los 420.000 millones de dólares.

China acapara el 30% de las ventas mundiales de automóviles, el 43% de las de vehículos eléctricos y el 42% de las ventas minoristas de transacciones comerciales (estos y otros datos provienen del informe China and the world: Inside a changing economic relationship, del McKinsey Global Institute). También lidera el comercio electrónico: en 2018 se enviaron 50.000 millones de paquetes dentro de las fronteras del país, cifra que se espera crezca hasta los 71.000 millones el año que viene. La consultora Emarketer prevé que en 2020 el comercio electrónico en China alcance los 2,5 billones de dólares, casi un billón más que la suma del resto del mundo.

China captó el 10% del total de la inversión extranjera directa en 2017, frente apenas un 1% en 2000, y fue responsable de más de un tercio del crecimiento mundial en estos últimos diez años. Además se ha transformado en el banquero de los EEUU, controlando el 18,7% de su deuda (1,18 billones de dólares).

China le disputa los mercados al imperialismo estadounidense en numerosos terrenos, y gracias a su abultado superávit comercial y a sus gigantescas reservas de divisas está invirtiendo cifras billonarias para hacerse con el control de la producción de materias primas estratégicas.

Pero el capitalismo de Estado chino también acusa la sobreproducción y, a pesar de todos los planes estatales de estímulo, su PIB sólo creció un 6,6% en 2018, el menor desde 1990. Esta es la razón objetiva por la que el régimen de Beijín no puede ceder. A través de su megaproyecto de la Nueva Ruta de la Seda está llevando a cabo una agresiva política de acuerdos internacionales: lo que está en juego es el control y la dirección futura del comercio mundial.

La burguesía estadounidense se halla en una encrucijada histórica. Las cifras que la prensa económica muestra de EEUU, de su récord de 121 meses de crecimiento ininterrumpido y su índice de paro oficial del 3,6% —el menor en medio siglo—, no pueden ocultar la decadencia de la gran potencia mundial. El crecimiento promedio del PIB en la era Trump (2,3%) es el más bajo de los últimos setenta años.

La producción industrial de EEUU ha venido retrocediendo desde 1970, cuando representaba el 25% del PIB, hasta la actualidad, que ronda el 11%. Lo mismo ocurre con las inversiones en capital fijo y reposición de equipo: si a finales de la década de los noventa andaban por el 50% de la inversión total, ahora no llega al 30%. La responsabilidad de todo esto no es de Beijín, sino de la clase dominante estadounidense, que impulsó la deslocalización industrial hacia China y otros países de salarios bajos y condiciones laborales de esclavitud.

Las medidas económicas de Trump sólo han agudizado la pauperización social, aumentando la desigualdad crónica que se arrastraba bajo la administración Obama. Su recorte fiscal, anunciado para auxiliar a la clase media, no ha hecho más que enriquecer a los muy ricos. De 267 billonarios en 2008 se ha pasado a 607 en 2018, mientras 39 millones de ciudadanos tienen que recibir ayuda federal para comida.

La media de ingresos por familia ha crecido un 8% entre 2009 y 2017, aunque este dato esconde que la quinta parte más pobre de la población no ha captado más que un 0,2%. El coeficiente de Gini (que mide la desigualdad) se encuentra en EEUU en su nivel más alto: 0,48, que contrasta con el 0,38 de finales de la década de 1960, es decir, un aumento del 26%.

La clase media estadounidense, tradicional baluarte de la reacción y el conservadurismo republicano, está siendo minada. Según la última encuesta de consumo de la Reserva Federal, un tercio de los adultos con ingresos medios dicen que pedirán dinero prestado, venderán algo o que no podrían pagar una factura inesperada de 400 dólares. Una cuarta parte renunció a algún tipo de atención médica en 2018 por su elevado coste, y casi tres de cada diez tienen un saldo negativo en su tarjeta de crédito la mayor parte del tiempo. Mientras tanto, la proporción de salario gastado en alquiler por los inquilinos de clase media se elevó del 18% en 2007 al 25% en 2018, un incremento de casi el 40%. Esto explica las oscilaciones a derecha e izquierda de estos sectores y la volatilidad del apoyo a Trump.

Al anuncio del presidente estadounidense de imponer aranceles adicionales del 15% a una parte de los 300.000 millones de dólares en bienes chinos importados que hasta ahora no habían sido penalizados, China contestó con gravámenes de entre el 5 y el 10% a productos estadounidenses valorados en 75.000 millones de dólares.

Estas decisiones aumentarán los costes de producción tanto en EEUU, China y Europa. Afectarán duramente al sector del automóvil estadounidense, que en 2018 vendió vehículos en China por un valor de 250.000 millones de dólares. Pero también al petróleo, la soja (China es el primer importador de soja estadounidense), frutos secos, cerdo, pescado y marisco congelados, ternera... El gigante asiático es el cuarto mayor mercado de exportación agrícola para Estados Unidos (9.300 millones de dólares en 2018).

Tampoco hay que olvidar que cerca del 77% de las exportaciones chinas a EEUU corresponden a productos semielaborados utilizados para producir mercancías en las industrias estadounidenses. La política proteccionista de Trump no resolverá nada y empeorará mucho las cosas.

Pero China también perderá con la guerra comercial. Entre 2011 y 2016, sus compras de tecnología en el mercado mundial se repartieron entre tres de sus rivales directos: un 27% provenían de Estados Unidos, un 17% de Japón y un 11% de Alemania. En China se producen el 75% de los smartphones y el 90% de los ordenadores del mundo; el bloqueo de los mercados internacionales podría tener efectos muy negativos.

Las empresas extranjeras producen en estos momentos el 87% de la electrónica china y el 60% de la maquinaria, y el número total que operan en China aumentó de 203.000 en 2000 a 481.000 en 2015, año en el que ocuparon a casi 14 millones de trabajadores. Cerca del 40% de las exportaciones chinas salen de factorías de capital extranjero o mixto.

La eurozona no se librará de los efectos de esta guerra. Actualmente es el bloque con mayor superávit por cuenta corriente del mundo, 465.000 millones de dólares en 2018. Pero desde enero hasta agosto de 2019 este superávit ha descendido un 21%, impactando directamente sobre la economía alemana (cuyas exportaciones representan el 50% de su PIB), Francia e Italia.

Socialismo o barbarie

La crisis mundial desatada tras el crac de 1929 se vio agravada por la adopción generalizada de medidas proteccionistas y devaluaciones competitivas entre las diferentes potencias para “proteger sus mercados”. El resultado fue que entre 1929 y 1935 el comercio mundial sufrió un retroceso superior al 30% y que el PIB de EEUU y de las principales naciones europeas se contrajo más de un 14%.

Hay que volver a recordar que el auge del nacionalismo económico no fue obra exclusiva de Hitler o Mussolini, sino del conjunto de las potencias capitalistas, tanto fascistas como “democráticas”. E igual que entonces, su actual renacimiento no se explica por factores subjetivos derivados de la personalidad de ciertos individuos, sino por la tendencia objetiva de los procesos que se están dando en la economía y la política mundiales.

Todos los datos confirman la contradicción fundamental que señala la teoría económica marxista: la producción capitalista se ha globalizado por completo y en ella participan cientos de millones de trabajadores que crean valor mediante la venta de su fuerza de trabajo, pero su fruto va directamente a los bolsillos de una minoría de multimillonarios que detentan la propiedad de los grandes medios de producción y pueblan los consejos de administración de las multinacionales, bancos y fondos financieros. Ellos acumulan beneficios obscenos mientras la pobreza afecta a miles de millones.

El capitalismo ha creado una división internacional del trabajo y un mercado mundial de los que ninguna economía nacional puede desacoplarse. La autarquía y el nacionalismo económico constituyen un sueño reaccionario, como se comprobó en los años treinta del siglo pasado, y tras ellos se esconde el más agresivo de los imperialismos.

Pero el programa de la socialdemocracia tradicional, plegada por completo a la agenda de austeridad y dócil sirviente del FMI, del Banco Mundial y de los fondos de inversión, no ofrece alternativa. En cuanto a las nuevas formaciones de la izquierda reformista, su carga de utopismo pequeñoburgués les lleva a intentar cuadrar el círculo y teorizar que es posible resolver las necesidades de las masas respetando a los ricos.

Cuando se les pregunta sobre cómo piensan poner coto a la dictadura del capital financiero, hablan de leyes de control, “tasa Tobin”, “soberanía económica de las naciones”, “gobiernos decentes”, “políticas fiscales progresistas”, “aumento de la demanda interna”, “estímulos productivos”..., jamás de nacionalizar la banca y los monopolios estratégicos ni de planificación democrática y socialista de la economía.

Sí, la realidad revindica plenamente el programa marxista recogido en obras como El capital o Teorías sobre la plusvalía, escritas hace más de 150 años. Pero la clase obrera no llegará a estas conclusiones a partir de lecturas, sino a través de su propia experiencia.

Nos encaminamos a un choque fundamental entre las clases. Parafraseando a Trotsky, los mayores responsables de la política mundial parecen niños correteando por la ladera de un volcán antes de una erupción. La recesión parece inminente, pero los grandes poderes capitalistas, más divididos que nunca, no calculan los efectos que una nueva crisis puede tener en la conciencia de las masas. Años de privaciones y empobrecimiento han generado una rabia colectiva que no deja de crecer.

Las fuerzas productivas mundiales necesitan un nuevo sistema social que las organice y planifique armoniosamente. Sólo la nacionalización de los medios de producción, la banca y el sistema financiero bajo control democrático de la clase obrera puede resolver la barbarie que se dibuja ante nuestros ojos. Pero el socialismo no caerá del cielo. Solamente puede ser el resultado de la acción consciente de la clase obrera y la juventud para derrocar el sistema capitalista.

A través de errores y derrotas, los trabajadores, al frente de todos los oprimidos del planeta, sacarán las conclusiones políticas y prácticas necesarias y crearán el partido revolucionario capaz de coronar con éxito la tarea de expropiar definitivamente a los expropiadores. El socialismo vencerá, la humanidad vencerá.

Juan Ignacio Ramos

Madrid, septiembre de 2019

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