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La impotencia del parlamentarismo en la situación de crisis del conjunto del sistema social capitalista es tan evidente que los demócratas vulgares, en el interior del movimiento obrero (...), no encuentran un solo argumento para defender sus petrificados prejuicios. Por eso argumentan con todos los fracasos y derrotas sufridas por los métodos revolucionarios. La lógica de su pensamiento es la siguiente: si el parlamentarismo puro no tiene salida, tampoco sale nada mejor de la lucha armada. Las derrotas de las insurrecciones proletarias de Austria y España se han convertido, como es lógico, en los argumentos favoritos del momento. De hecho, la inconsistencia teórica y política de estos demócratas vulgares se muestra todavía más clara en su crítica de los métodos revolucionarios que en su defensa de la democracia burguesa en putrefacción. Nadie ha dicho que el método revolucionario asegure automáticamente la victoria. Lo que decide no es el método en sí, sino su correcta aplicación, la orientación marxista durante los acontecimientos, una potente organización, la confianza de las masas ganada mediante una larga experiencia, una dirección inteligente y audaz. El resultado de toda batalla depende del momento y de las circunstancias del conflicto, de la relación de fuerzas. El marxismo está bastante lejos de afirmar que el enfrentamiento armado sea el único método revolucionario, una especie de panacea válida en cualquier situación. En general, el marxismo no conoce fetiches, ya sea el parlamento o la insurrección. Todo tiene su tiempo y su lugar. Pero, para empezar lo que sí se puede afirmar es que el proletariado socialista jamás ha conquistado el poder en parte alguna por la vía parlamentaria, ni nunca se ha aproximado a él por este método. Los gobiernos de Scheidemann, Hermann Müller y Mac Donald no tenían nada de común con el socialismo. La burguesía sólo ha permitido llegar al poder a socialdemócratas y laboristas a condición de que defiendan el capitalismo de sus enemigos. Y aquellos han cumplido escrupulosamente esta condición. El socialismo puramente parlamentario, antirrevolucionario, nunca ha conducido, en ningún sitio, a un régimen socialista; por el contrario, sí ha tenido éxito formando despreciables renegados que aprovechan el partido obrero para hacer una carrera ministerial.
Por otra parte, la experiencia histórica demuestra que el método revolucionario sí puede llevar al proletariado a la conquista del poder: en Rusia, en 1917; en Alemania y en Austria, en 1918; en España, en 1930. En Rusia había un potente partido bolchevique que durante varios años preparó la revolución y supo apoderarse firmemente del poder. Los partidos reformistas de Alemania, Austria y España no prepararon ni dirigieron la revolución: la sufrieron. Asustados por el poder que había caído en sus manos contra su voluntad, se lo pasaron benévolamente a la burguesía. De esta forma minaron la confianza del proletariado en sí mismo, y más aún, la confianza de la pequeña burguesía en el proletariado. Prepararon las condiciones para el ascenso de la reacción fascista de la que al final cayeron víctimas.
Siguiendo a Clausewitz, hemos dicho más de una vez que la guerra civil es la continuación de la política por otros medios. Esto significa que el resultado de la guerra civil depende sólo en una cuarta parte, por no decir en una décima, de la marcha de la guerra civil en sí, de sus medios técnicos, de la dirección puramente militar y, en sus tres cuartas partes, si no en sus nueve décimas, de su preparación política. ¿En qué consiste esta preparación? En la cohesión revolucionaria de las masas, en su ruptura con las serviles esperanzas en la benevolencia, en la generosidad, en la lealtad de los esclavistas “democráticos”, en la educación de cuadros revolucionarios que sepan desafiar la opinión pública oficial y sean capaces de mostrar, frente a la burguesía, nada más que la décima parte de la implacabilidad que la burguesía muestra respecto a los trabajadores. Sin este temple, la guerra civil, cuando las circunstancias la impongan —y acaban siempre por imponerla—, se desarrollará en las condiciones más desfavorables para el proletariado, dependerá mucho de la casualidad, e incluso en el caso de victoria militar, el poder estará en peligro de escapársele de las manos al proletariado. Quien no ve que la lucha de clases conduce inevitablemente a un enfrentamiento armado es ciego. Pero no es menos ciego quien no ve detrás del conflicto armado y su resultado toda la política anterior de las clases en lucha.

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